LA GARDUÑA. XXV EL PERHIJAMIENTO
Firma de la escritura de adopción XXV EL PERHIJAMIENTO Amaneció ese viernes con una neblina densa que subía desde el Tajo, ocultando los primeros movimientos en la casa de los Sampedro. Don Rigoberto no perdió un instante. A primera hora, valiéndose de la perfecta excusa de tener que vender las mulas que lo habían traído a la ciudad imperial el primer día, abandonó la casona señorial. Esta vez no caminaba solo; a su lado iba Sebastián el Pesquero, que ya ejercía oficialmente como su escolta y asistente personal, vigilando cada uno de los pasos del flamante heredero. Antes de enfilar el laberinto de callejuelas, don Rigoberto se detuvo en un rincón apartado y clavó una mirada severa en su asistente, sujetánd...