Entradas

LA GARDUÑA. XXV EL PERHIJAMIENTO

Imagen
                                                                    Firma de la escritura de adopción XXV EL PERHIJAMIENTO        Amaneció ese viernes con una neblina densa que subía desde el Tajo, ocultando los primeros movimientos en la casa de los Sampedro. Don Rigoberto no perdió un instante. A primera hora, valiéndose de la perfecta excusa de tener que vender las mulas que lo habían traído a la ciudad imperial el primer día, abandonó la casona señorial. Esta vez no caminaba solo; a su lado iba Sebastián el Pesquero, que ya ejercía oficialmente como su escolta y asistente personal, vigilando cada uno de los pasos del flamante heredero.      Antes de enfilar el laberinto de callejuelas, don Rigoberto se detuvo en un rincón apartado y clavó una mirada severa en su asistente, sujetánd...

LA GARDUÑA. XXIV LA EXALTACIÓN DE LA VERA CRUZ

Imagen
        Procesión de la Santa Cruz de Caravaca XXIV LA EXALTACIÓN DE LA SANTA CRUZ        Durante aquella semana, don Rigoberto había rondado varias veces el Mesón del Lino, con la secreta esperanza de cruzarse con María la Trujilla , pero la mujer parecía habérsela tragado la tierra. Aunque el deseo y la frustración le carcomían las entrañas, el caballero se obligaba a mantener un semblante imperturbable; bajo ningún concepto podía trascender que le había cobrado su virtud. Aquella transacción, tan carnal como clandestina, debía permanecer sepultada bajo el peso de su identidad como Alonso de Alquipir.      Aquel jueves 14 de septiembre amaneció con el repique clamoroso de todas las campanas de Toledo. Era el día de la Exaltación de la Santísima Cruz, y la ciudad imperial se engalanaba con sus mejores paños y tapices para recibir a la gran procesión litúrgica. Don Rigoberto, vistiendo por fin las ricas ropas nobiliarias que Juan de...

LA GARDUÑA. XXIII LA DISPENSA

Imagen
  Espadería de Pedro Sahagún el Viejo   XXIII LA DISPENSA        El viernes transcurrió con la pesadez propia de los días rutinarios, sumido en una aparente calma que a nadie lograba engañar. Abajo, en las humedades de la sillería, Blas el Cojo aguardaba su destino entre lamentos, mientras que Sebastián andaba ya en libertad por el patio interior, libre de sospechas tras el vuelco de la víspera. Aprovechando la laxitud de la jornada, don Rigoberto intentó acercarse hasta el Mesón del Lino con la firme intención de ver a la Trujilla , pero la fortuna no estuvo de su parte y el intento resultó en vano. Lejos de contrariarse, el caballero prefirió no insistir ni rondar en exceso las inmediaciones; sabía bien que levantar el más mínimo recelo entre los parroquianos o el servicio del mesón podría acabar descubriendo que había tomado la flor de la moza, exponiendo la honra de María a las malas lenguas de Toledo.      A la mañana siguiente, don Rigo...