LA GARDUÑA. II RIÓPAR

 

 


 Distintivo del Alfoz de Alcaraz

 

II

RIÓPAR

 

 

    Con las primeras luces del alba, don Rigoberto y don Nuño estaban dispuestos para partir. Desayunaron unos cuencos con cerveza y sopas de pan y se pertrecharon para el camino.

    —Tomad el mando de la alqueria, mi buen padre -—le dijo don Rigoberto— y empleaos en Suero y en Tiburcio. Siguiendo instrucciones del rey, no me puede acompañar mi hermano —a quien había tomado como escudero— por lo que quedará a vuestras órdenes.

    Cuidaos mucho —le dijo a Raquel— y cuidad de lo que viene. No serán más que unos días.

    Besó en una mejilla a su esposa y salió del comedor de la torre, acompañado de Nuño. Unos palafreneros custodiaban los caballos a la entrada. Cabalgarían toda la jornada hasta la fortaleza de Riópar, donde harían noche. A unas veinte leguas a uña de caballo.

    Habitualmente, los jinetes no solían hacer jornadas de más de diez leguas, pero los carteros la duplicaban. Y don Rigoberto trataría de igualar el esfuerzo de Nuño.

    A todo galope, dejaron a un lado las fortalezas de Caravaca, de Moratalla, Socovos y Férez y, tras cruzar el río Segura, hicieron un alto a las afueras de Elche de la Sierra. Mientras abrevaban los caballos, caballero y correo se acomodaron para orar y tomar un bocado. En ello estaban cuando se les acercaron dos jinetes. Sobre sus sobrevestes amarillas (propias de la fortaleza elcheña), llevaban el distintivo del extenso Alfoz de Alcaraz, al que pertenecían aquellas tierras y de las que Elche de la Sierra era su primer lugar desde el sureste: dos llaves de plata puestas en sotuer y unidas por una cadena de sable. El Alfoz, a su vez, estaba en pugna en esos momentos con el marqués de Villena, el siniestro don Juan Pacheco, enfrentado abiertamente con Beltrán de la Cueva y enemigo de don Alonso Fajardo, quien aspiraba a incorporar a sus dominios todos aquellos territorios.

    —¡Dios os guarde hermanos! —dijo uno de los soldados—. ¿Qué se os ofrece por estos pagos?

    —Soy cartero real —contestó Nuño, mientras le alargaba su credencial.

    El jinete la leyó y devolvió respetuosamente. Las leyes del reino obligaban a dar cobijo y facilitar el paso franco y asistencia a los carteros, por los distintos territorios por donde debían cabalgar hacia sus destinos,

    —Nos hemos detenido aquí a reponer fuerzas —dijo Nuño—. Pretendemos llegar a Riópar, para hacer noche a su cobijo.

     —Os acompañaremos mientras estéis en término de Elche, aunque no es de creer que necesitéis custodia. No obstante, hay algunos moriscos refugiados en la sierra que importunan a los viajeros. Si os damos escolta, no  se atreverán. Y también están los soldados del Marqués de Villena, que tiene ocupados los lugares de Riópar, Cotillas y San Vicente.

     —Muchas gracias os damos —respondió Nuño.

     Aunque a paso más lento para facilitar el cabalgar de la escolta, reemprendieron la marcha. Al alcanzar los confines elcheños, los soldados se despidieron de Nuño y don Rigoberto, quienes espolearon a sus monturas para retomar el galope a la mayor velocidad posible.

    Vadearon el río Mundo, poco caudaloso en esas fechas del último mes de verano, y comenzaba a anochecer cuando llegaron a Riópar, justo cuando estaban a punto de cerrar la puerta del primer recinto de la impresionante fortaleza. El castillo, estructurado en tres anillos, solo disponía de edificaciones defensivas en su flanco sureste, pues por el resto de los vientos el escarpado acantilado del cerro constituía una defensa natural inexpugnable. Además, diversas fuentes naturales en el interior de los recintos aseguraban el suministro de agua potable.

    En la puerta del primer anillo se apostaba el cuerpo de guardia, donde dos soldados provistos de sobrevestes con las armas de la ciudad procedieron a identificar rutinariamente a los viajeros. Al mostrar sus salvoconductos de correo real, los centinelas les facilitaron el acceso y les indicaron el camino para ascender hasta la segunda cerca, donde podrían pernoctar. El primer anillo albergaba a la puebla propiamente dicha. El segundo cobijaba a la guarnición y al clero y, por último, el tercero servía de residencia al alcaide, a sus caballeros, y operaba como último bastión defensivo.

     Dejaron a un lado la flamante iglesia del Espíritu Santo, cuya construcción había finalizado recientemente, y ascendieron hasta la segunda puerta. Allí, un centinela los atendió de forma lacónica pero cortés, y les señaló una edificación para albergarse, cercana a la celoquia del tercer anillo.

    Llegaron al edificio indicado, al que accedieron a pie guiando a sus caballos por las riendas. En el interior, un mozalbete los recibió, tomó a los animales de los ronzales y, atravesando el patio, los condujo hasta las caballerizas, sitas en uno de los costados del inmueble. Allí los desaparejó y les dispuso forraje y agua fresca.

     La sala común disponía de una cocina en un extremo y una gran mesa en el centro, con bancos corridos a cada lado del tablero, como era habitual en estos albergues de soldados, correos y viajeros en general. Al fondo a la izquierda, según se entraba, una puerta abierta les indicó el cuarto donde pasarían la noche, al que accedieron iluminados por un candil. Tres camastros llenaban la habitación y un aguamanil servía para el aseo personal. Por toda decoración, en el centro de la pared donde apoyaban los catres, colgaba una cruz de madera.

    Don Rigoberto y Nuño se despojaron de su impedimenta y quedaron en sayo. Regresaron a la zona común y se sentaron a la mesa central, que ya estaba ocupada por otras tres personas: un alarife y su hijo, aprendiz del oficio, que se dirigían a Alcaraz a continuar las obras de la iglesia de la Santísima Trinidad, en plena fábrica; y un tercer personaje, enigmático y malencarado, que dijo estar de viaje sin precisar su destino.
    La pobre iluminación de aquel aposento, basada en varios candiles y en el fuego del hogar, convertía en tenebrosas las sombras de los huéspedes reflejadas en las paredes. Aquello dificultaba ver con nitidez los rostros de las cinco personas allí reunidas, así como del cocinero y de su marmitón, quien sirvió en cuencos de madera una sopa de verduras que don Rigoberto agradeció con halagos.

    —Que Dios os otorgue sus bendiciones por tan sabroso caldo —le dijo don Rigoberto al cocinero.

    —Muy agradecido —le respondió el guisandero, haciendo ademán de servirle algo más—. ¿Gustáis de otro cuenco?
    —No vendría mal repetir, si es posible —apuntó el hijo del alarife.
    —Eso está hecho. Que no se queden con ganas, señores —comentó el cocinero.
    Llenó de nuevo aquellos recipientes con una generosa ración de caldo de verduras y puso sobre la mesa una jarra de vino para que los viajeros llenaran sus vasos de cerámica. No era habitual tanta generosidad, si bien la presencia del correo real aconsejaba dejar huella de esplendidez; eran hombres influyentes y nunca se sabía en qué lugar podrían comentar el trato recibido en una u otra posada.
    Después de la cena, se retiraron a descansar a sus aposentos. Don Rigoberto agradeció al Supremo Creador las vivencias de aquel día y Nuño se encomendó, igualmente, a su protección y a la Virgen María.
    —Descansemos, mañana saldremos con el alba —dijo Nuño a don Rigoberto.
    —Hasta mañana. Buenas noches nos permita Dios nuestro Señor —respondió el caballero.
    Con la aurora, Nuño avivó la mecha del candil, cuya llama creció aumentando la claridad de la estancia. Despertó a don Rigoberto; oraron, se asearon y se vistieron. En unos quince minutos estaban fuera de la habitación tomando el habitual vino con sopas de pan y unos trozos de queso como desayuno. Al poco se les sumaron el alarife y su hijo, no así el forastero, que se había marchado ya, según informó el mozo cuando les entregó los caballos ya aparejados.
    —Cuánto os debemos dar por vuestro hospedaje —le preguntó don Rigoberto al cocinero.
    —Nada habéis de darnos, señor. Es obligación dar cobijo a los correos del rey —explicó el despensero, con el deje propio de la sierra de Alcaraz.
    —Permitidme, al menos, que premie al mozo de caballerizas por el buen cuidado que ha prestado a nuestras monturas —dijo don Rigoberto, mientras le ponía en la mano unas blancas.

(Continuará...) 

Comentarios

  1. Vaya, don Rigoberto en misión detectivesca. Veremos los peligros que tendrá q sortear
    Poco valía la vida de un hombre en época tan convulda.
    De ti depende.

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    1. Estás nombrando a todos los parajes que me recuerda a mi estancia en mi añorada Caravaca 🙌🏻

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