LA GARDUÑA. V EL ENCARGO
Don Beltrán de la Cueva despacha con don Rigoberto,
V
EL ENCARGO
Cuando de nuevo fue autorizado a entrar en el salón de audiencias, encontró don Rigoberto a don Beltrán sentado y con el rostro expresando honda pesadumbre.
—Acercaos, don Rigoberto. Venid hasta a mi lado —le indicó el Conde de Ledesma, con un tono de voz que proclamaba su atribulado estado.
Obedeció el caballero, situándose a su izquierda.
—La situación empeora por momentos, señor Rigoberto. Me acaban de informar de algo muy grave. Muy grave. No sé a dónde nos llevará esta situación, pero vislumbro que a una trágica solución —comentó Beltrán.
—Lo siento mucho, señor —respondió alarmado don Rigoberto.
—Mas, vayamos a lo que nos ocupa, que es bien distinto. O eso creemos:
Ha unos cuarenta días, apareció muerto en una calle, uno de los banqueros mas influyentes de la ciudad y del reino. Jacob, se llamaba. Nos había hecho grandes servicios, tanto al rey como a nos, e incluso había financiado algunas obras de adecuación como palacio, de este alcázar. Le apuñalaron por la espalda.
El alguacil mayor, don Álvaro de Zúñiga y Guzmán, a la sazón designado por el rey como el primer caballero del reino el tres de mayo próximo pasado —precisó el Maestre—, creyó en un principio que había sido un asalto de rufianes para robarle. O así le había informado el alguacil menor Juan Martín. Mas, unos días después, otro banquero, también judío, que Nissim tenía por nombre, fue encontrado muy malherido, apuñalado también por la espalda. Falleció dos días después. Se le encontró ya inconsciente y no recuperó la persencia.
Juan Martín, cambió entonces sus consideraciones y supuso que no eran una casualidad ambas agresiones, por lo que decidió comenzar una investigación. Entre otras cosas, porque la comunidad judía toledana se mostró muy preocupada y elevó sus quejas a Álvaro de Zúñiga, quien me informó de la situación.
Os hice llamar, porque me habló de vos don Diego de Tudela, el que fue Alférez de don Alonso Fajardo y que actualmente es capitán de de los continos, con gran contento de nos y del rey. Me informó de que sois discreto y, por cuanto no sois conocido en la Corte, me parecisteis el caballero más idóneo para encargaos la investigación de esas muertes.
Estaréis solo. Únicamente podréis poneros en contacto con Nuño y en sitios previamente concertados entrambos, asegurándoos de que no se os sigue o vigilan. Infiltraos en los bajos fondos del barrio de San Martín, donde abundan rufianes y sicarios y procurad investigar al respecto. Si os sorprende la Santa Hermandad, no revelad vuestra verdadera misión y dejaos, en el peor de los casos, castigar por su autoridad.
Cuando tengáis noticias fehacientes, poneos en contacto con Nuño y que nos informe de ellas.
Tomad esta bolsa de blancas. Es moneda pequeña y no llamará la atención cuando satisfagáis vuestros gastos. Hospedaos en alguna posada de poca monta o una mancebía. Os saldrá barata y tendréis acceso a la escoria social toledana.
¡Que Dios os otorgue sus bendiciones! —finalizó el Maestre. Podéis retiraos.
—Obraré como mejor pueda y esté a mi alcance, don Beltrán —respondió el joven caballero, impresionado por el encargo que le hacía el Conde de Ledesma. Deberé comenzar por familiarizarme con la ciudad —pensó.
Don Diego Martínez de Toledo, aguardaba en el despacho contiguo, que teníia asignado, sentado a la mesa de trabajo. El alto funcionario tenía un rictus facial que reflejaba preocupación.
—Andan las cosas muy turbias —murmuró mientras leía un informe. Levantó la cabeza y se dirigió a don Rigoberto.
—Cuidaos mucho, joven. Tomad este documento. Haced uso de él si os viéseis en gran aprieto. Es un salvoconducto real. Si os prendiera la Santa Hermandad o los alguaciles, y eso os supusiese gran quebranto que pusiese en riesgo la misión o vuestra integridad, mostradlo a la autoridad y se os dejará en paz. Sólo hay dos mas en el reino. Hais de tenedlo en cuenta —le explicó don Diego.
Don Rigoberto tomó el documento. Lo leyó y lo plegó, guardándolo bajo el jubón.
—Os lo agradecemos. Esperemos no tener que hacer uso de él —contestó el caballero. Se dieron la mano y salió a la antesala, donde esperaba Nuño.
—¿Nos vamos ya? —interrogó el cartero.
—Sí. He de llevar a cabo varias diligencias. Os contaré en vuestra casa. Ante todo, he de hacerme con ropas más adecuadas para la misión. Humildes, casi pordioseras, han de ser —comentó don Rogoberto.
—Creo que en eso podré ayudaos. Al menos, en lo que a facilitaos un sayal y unas calzas envejecidas por el uso. Tengo también algún capirucho ajado y un capote veraniego de cáñamo y estopa —le dijo Nuño.
Mientras se dirigían a casa del cartero real, don Rigoberto iba fijándose atentamente de los detalles de la plaza y de la calle de San Miguel. Necsitaba recordar todas sus características, para saber orientarse en caso de necesidad. Igual haría con el resto de plazas y calles de la ciudad. Debería saber comportarse como un toledano más.
Ya en casa de Nuño, su esposa Margarita extrajo del desván prendas de vestir viejas, en desuso por su marido que, siendo de semejante estatura y corpulencia, seguro que le serían de propio a don Rigoberto.
—Me han encargado investigar unos asesinatos recientes sucedidos en Toledo —informó don Rigoberto a Nuño, encontrándose a solas en la habitación que le habían cedido sus gentiles anfitriones. Estas ropas que me habéis facilitado me vendrán muy bien. Ahora quisiera escribir a mi esposa, para informarle de que mi regreso se retrasará un poco más de lo esperado.
—Mejor, situaos en la mesa del comedor, don Rodrigo. Os será más cómodo. Os traeré recado de escribir —le dijo Nuño.
Don Rigoberto escribió a su esposa, informándole de que el rey le había encomendado un encargo que le retendría en la ciudad toledana durante un tiempo. «Asuntos que me obligan a ser muy sigiloso y guardar secreto. Pero no tengáis cuidado, que estoy bien protegido» —le indicó, para no preocuparla. «Cuando podáis, escribidme contándome cómo sigue vuestro embarazo».
—Os ruego que se la hagáis llegar a mi esposa —dijo a Nuño, al tiempo que le entregaba la carta. ¿Dónde creéis que es más adecuado tomar hospedaje para mis pesquisas?
—Alojaos en el Mesón del Lino, en la colación de Santa Justa. Es una zona que abunda en tiendas y talleres de los herreros y están los corrales de albeitares. Se encuentra en mal estado, por lo que os será muy económica su estancia. Y no levantaréis sospechas, pues están obligados a hospedarse allí los marchantes del lino, cáñamo y otras frutas. Con vuestros conocimientos de agricultura, os defenderéis bien.
—Eso haré, Nuño. En cuanto a mi cabalgadura...
—Aquí estará bien atendido vuestro caballo durante el tiempo que necesitéis. Para mejorar vuestras apariencias, os traeré de Argés esta tarde unas mulas. Allí se pueden adquirir sin dar muchas explicaciones.También traeré los serones llenos de la fruta que encuentre.
—Decidme cuánto os cuesta todo ello y os lo pagaré debidamente —dijo don Rigoberto.
—No debéis preocupaos por ello, don Diego Martínez de Toledo me proveyó de suficientes dineros para vuestros gastos —contestó Nuño. Comamos ahora y procurad descansad.
Caída la tarde, regresó Nuño de Argés con tres mulas con sus serones repletos de uva y membrillos. Se los había comprado, tal cual, a un arriero a la entrada del pueblo, que se encontró por el camino. El aldeano, hizo su agosto, pues le pagó un buen precio, suficiente para duplicar la compra del número de mulas, a cambio de no preguntar ni pedir explicaciones.
Las cobijó en sus propias caballerizas, sin desaparejar, si bien les dispuso paja y agua en el abrevadero, junto a los caballos de Nuño y Don Rigoberto.
Aquella tarde la había dedicado don Rigoberto a pasear por la ciudad. Y creyó estar preparado para la misión encargada.
(Continuará...)

Cada capítulo más interesante un abrszo
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