LA GARDUÑA. III LA MANCHA
Posada de Abajo de El Pedernoso.
III
LA MANCHA
Alcanzaron Toledo al tercer día de su salida de Riópar.
Desde la fortaleza riopense, habían partido hacia Albacete. Los caballos estaban descansados y fuertes para afrontar unas nuevas veinte leguas aquel día. Se encaminaron hacia Alcaraz, por el camino de Villaverde, bordeando las montañas. Dejaron a un lado la fortaleza alcareceña, dirigiéndose entonces hacia Roca Sancti Petri, cuya fortaleza situada en lo alto de una gran peña, daba nombre al lugar y era conocido como el Castillo de las Peñas.
En aquellos momentos estaba integrado en el Alfoz de Alcaraz, pero lo cierto era que la zona estaba en constante disputa entre el Marqués de Villena y la propia fortaleza de Alcaraz.
Se detuvieron en las cercanías del también inexpugnable castillo roquero de Peñas de San Pedro, en una fuente que, entre otras funciones, hacía las veces de lavadero público. Era cerca de la hora tercia y las aldeanas se afanaban en escurrir los tejidos para ponerlos a secar cuando el sol comenzase a estar más presente. Ellas, mientas tanto, aprovechaban para fregar algunos cacharros, a la sombra de un gran nogal.
Unos metros más allá, aguas arriba, una balsa hacía de abrevadero y a él se dirigieron los dos viajeros. Su presencia avivó la curiosidad de las lavanderas, que murmuraban sobre quiénes podrían ser aquellos forasteros.
—Buenos días os de Dios —saludó Nuño alzando la voz para ser oído—. Soy cartero real, permaneceremos sólo el tiempo de que refresquen nuestros caballos. No os seremos incómodos.
Las mozas cuchichearon, gastando entre ellas expresiones de admiración para con aquellos apuestos y educados jinetes.
Reanudaron la galopada encaminándose hacia la Nava el Almez, a unas tres leguas, donde las caballerías volverían a abrevar. Era importante para los equinos beber agua en torno a las cuatro leguas en aquella época veraniega, para conseguir su máximo rendimiento.
Ya en Albacete, se hospedaron en el Hospital de San Julián, en el Arrabal, recién construido y casi sin terminar. Era una ciudad con tres castillos, rodeados los tres por una gran cerca: el situado en la Cuesta, el que se alzaba en el Alto y el del Cerrillo de San Juan. Se habían levantado en los puntos más altos de la llanura en la que estaba fundada.
El Hospital de San Julián, estaba en el castillo del Alto. Tenía buenas caballerizas a la derecha del patio de entrada y dos naves dormitorios diferenciadas: la de enfermos y la de peregrinos y viajeros, en espacios en común, ocupado por una treintena de camastros cada una.
Entre uno y otro dormitorio, una nave central hacía las veces de cocina y comedor.
Al llegar, se identificó Nuño como cartero real y les facilitaron los camastros mejor situados del dormitorio, los dos primeros a izquierda y derecha. Dejaron parte de la impedimenta junto a los respectivos lechos, nada que fuese de valor o pudiese ser objeto de la codicia ajena. Si bien, sólo había un viajero más ocupando en esos momentos el dormitorio y que había tomado el último catre del fondo. En la penumbra de la escasa iluminación de aquel lugar, no se distinguían los rostros.
Tomaron de cena unos galianos de torta cenceña, con torcaces, plato que era habitual de la zona, más frecuente en invierno, pero no desdeñable para las noches de verano. Mientras comían, el otro viajero se acercó a la mesa. Se situó en el extremo contrario. Don Rigoberto le reconoció rápidamente. Era el mismo aldeano huraño de Riópar, que intentaba pasar desapercibido y que no se le viese el rostro, lo que resultó imposible ante la sagacidad del caballero.
—Nos alegra el veos de nuevo —le saludó don Rigoberto.
—Igualmente —respondió lacónico el siniestro personaje.
—Nos parece que llevamos el mismo camino —afirmó Nuño.
—Eso parece, al menos hasta este momento —ratificó don Rigoberto—. ¿Podríamos saber vuestro nombre?
—Bernabé —contestó el aldeano, mostrando pocas ganas de conversar.
—Perdonadnos. No queremos importunaos —dijo el caballero.
—Gracias —respondió secamente el enigmático sujeto.
A la mañana siguiente partieron los viajeros casi a la vez. Un poco antes Bernabé. Tras de él, Nuño y don Rigoberto. Después de dejar un generoso donativo para el hospital, en pago del hospedaje, reanudaron su viaje hasta el Pedernoso, también del Marquesado de Villena, donde hicieron noche. En su barriada de Mesones, tomaron posada en la de Abajo, a las afueras, en una habitación doble y se hicieron cargo de los caballos. Tenía un espacio de cocinas, donde elaborar los platos que quisieran los propios viajeros, adquiriendo la leña y las viandas. También se vendía, ya elaborado, un caldo de estofado perpetuo, consistente en el resultado de la cocción de garbanzos, coles y cebada o avena, que se renovaba diariamente echándole agua y los ingredientes que tuvieran a mano, según la temporada. Tomaron dos sabrosos cuencos cada uno.
Aquella hospedería estaba muy concurrida. Casi llena. Era lugar habitual de descanso para viajeros y equinos, junto con la de Arriba, en el trasiego de personas y mercancías desde Andalucía, Murcia, Cartagena y Alicante, con el centro de la península.
Atacaron las últimas veinte leguas que les distanciaba de Toledo, a primera horas de la mañana, atravesando los paisajes de La Mancha, llanos y secos en aquella época, en que los labriegos preparaban los barbechos con el arado romano arrastrado por una yunta de bueyes.
En la orilla de las juntas de los ríos Záncara y Gigüela, hicieron un alto sin entrar al Alcázar de Consuegra, posesión de los hospitalarios de San Juan, donde destacaba la gran Torre del Prior. Allí refrescaron los caballos y comieron don Rigoberto y Nuño el queso y el pan, que habían adquirido en El Pedernoso, como tentempié.
Al anochecer, llegaron a Toledo. Tras cruzar el puente de Alcántara y bordear la muralla septentrional, entraron a la ciudad por la Puerta de la Bisagra —cuyo nombre aún arrastraba el eco de su origen musulmán, Bāb al-Šaqra, la Puerta de la Sagra— y se encaminaron a toda prisa hacia la casa de Nuño.
—Os alojaréis en mi casa, señor don Rigoberto —dijo Nuño—. Allí podréis descansar con acomodo después de tan largo y pesado viaje.
—Os lo agradezco en el alma, Nuño. Aceptaré vuestra generosa oferta durante unos días. Supongo que seré recibido pronto por el rey —le contestó don Rigoberto.
Llegaron a la casa, sita en la empinada Bajada de San Miguel, encajada entre la plaza de la iglesia de San Miguel el Alto y el Corralillo del mismo nombre. Al abrigo del viejo Alficén toledano, este sector era el lugar habitual donde moraban los mensajeros y emisarios de la Corona. Su ubicación estratégica, a la sombra misma del Alcázar, les permitía atender prestos cualquier llamada urgente de las autoridades locales o los alcaides, estando listos para ensillar sus caballos y serpentear por las laberínticas cuestas en busca de las puertas de la ciudad.
Presentó a don Rigoberto a su esposa, Margarita de Catral, a su hijastro y a su suegro, que se mostraron corteses y hospitalarios.
Margarita enseñó al caballero su dormitorio: un cuarto no muy grande, pero suficiente para albergar una cama amplia y un aguamanil. Unas estacas clavadas en la pared permitían colgar la ropa. Una habitación inmediata hacía las veces de recámara y, a continuación, estaba la letrina.
—Mañana, iremos a palacio para advertir que ya estáis en Toledo y que se os puede recibir —dijo Nuño.
—¿Creéis que tardará mucho en señalar la audiencia? —preguntó don Rigoberto.
—Dependerá de diversas circunstancias, don Rigoberto: la urgencia del asunto, las ocupaciones del rey o de su principal, etc. Mañana podremos hacernos una idea, cuando informemos al mayordomo de que ya estáis en Toledo —le respondió.
Se retiraron a descansar.
Margarita y Nuño hicieron el amor con deseo mutuo, pese al cansancio del varón por el largo viaje. Después de tantos días sin verse, disfrutaron mutuamente con verdadera pasión. Ella se había enamorado locamente de Nuño, más allá del agradecimiento que, por prometerla en matrimonio tras su viudedad, le había despertado inicialmente. Le quería y admiraba.
—¿A qué suponéis que se debe que el rey haya llamado a don Rigoberto a la corte, esposo mío? —preguntó ella, mientras descansaba en su pecho.
—Lo desconozco. Está Castilla muy convulsa. El Marqués de Villena conspira contra Beltrán de la Cueva y ha ganado para su causa a muchos nobles. Especialmente los obispos de Burgos y de Coria, que se han manifestado públicamente en contra del rey. No son buenos tiempos, esposa mía.
(Continuará...)

Va enganchando
ResponderEliminarBueno, el relato sigue su, de momento, andadura sin sobresaltos, pero muy interesante por su minuciosa descripción de lugares, costumbres, y hasta de la gastronomía de la época.
ResponderEliminar¡Cuánto has tenido que estudiar e investigar de la época tan complicada como interesante! 👏👏🙋