LA GARDUÑA. IV EL ALCÁZAR

 

Alcázar de Toledo

IV

EL ALCÁZAR 

 

    Nuño y don Rigoberto, accedieron al Alcázar poco después de la hora tercia pues, una vez realizadas sus oraciones y desayunado, se encaminaron hacia la Plaza de San Miguel y, desde ella, por la puerta Omeya, flanqueada por dos impresionantes torreones en los que se alojaba la guardia. Estaba al mando directo de Beltrán de la Cueva, guarda del rey y Maestre de Santiago.  

     Dos pajes de lanza custodiaban el acceso al recinto defensivo. A unos de ellos se identificó Nuño como cartero real, aunque era bien conocido por aquellos soldados. Fueron acompañados hasta el interior de la torre de la izquierda entrando, donde se encontraba el sargento de guardia.

    La fuerza era la temible Guardia Morisca. Vestían a la usanza musulmana, porque la formaban moros conversos granadinos en su mayoría. Una fuerza de élite de infantes y caballeros que montaban a la jineta, y cuyo comandante, Barrasa, era de la total confianza del rey.

    Cuando fue informado el sargento del objetivo de su visita, lo comunicó inmediatamente al comandante, quien les pidió que aguardaran en el zaguán de la Casa Torre, donde se alojaba la guardia, hasta recibir instrucciones.

    Señor le dijo Barrasa a don Diego Martínez de Toledo, notario mayor, ha llegado el cartero Nuño de la Bureba acompañado del caballero Rigoberto de Majarazán, al que se le esperaba. Aguardan instrucciones.

    El despacho de don Diego Martínez de Toledo, constituía la antesala del de Beltrán de la Cueva, en el ala derecha de la alcazaba. Un ventana al exterior, permitía una buena iluminación de la estancia y, delante de ella, una mesa de despacho estilo castellano. Una silla de respaldo alto, con un mullido cojín rojo, servía de lugar de asiento del escribano. Dos sillas de tijera, con una banda flexible de cordobán por asiento, codales de nogal y correón, también flexible, de respaldo, permitían sentarse a despachar con el funcionario.

    Esperad aquí. Voy a informar al Maestre afirmó don DIego.

    

    Beltrán de la Cueva ocupaba la sala contigua. A semejanza de la de don Diego, tres ventanales dejaban pasar la luz del día, iluminándola con gran suficiencia. Una mesa de considerable tamaño con fiadores de hierro, cerca del centro, estaba cubierta de planos y documentos. Y, muy cerca, de cara a la pared,  un escritorio servía para el despacho de firmas, sobre un tablero abatible, que hacía las veces de cubierta. En él se podía ver un rico y completo recado de escribir.

    Vestía el hábito maestral, blanco con una gran cruz de Santiago en el pecho, con dos veneras doradas a cada lado de su esclavina. Su nombramiento como Maestre de la Orden de Santiago estaba siendo muy discutido. Y él, aumentaba más su apariencia, para sentar su condición.        

    Don Beltrán interrumpió don Diego, al Maestre, que se encontraba absorto leyendo un documento.

    ¿Qué se os ofrece? le preguntó Beltrán a Martínez de Toledo.

    El caballero don Rigoberrto de Majarazán espera a que se le den instrucciones en el zaguán de la guardia. Viene acompañado por el trotero real Nuño de la Bureba, tal y como se le ordenó Expllicó el notario.

    Hacedle pasar inmediatamente, don Diego. Es asunto muy urgente.

    Le dio Martínez de Toledo las oportunas instrucciones al comandante de la guardia y, unos diez minutos después, Nuño y don Rigoberto estaban en su despacho.

    Don Rigoberto, el Maestre de la Orden de Santiago os recibirá inmediatamente. Debéis pasar solo. Le indicó el alto funcionario.

    Abrió don Diego la doble puerta de entrada, e invitó con un gesto a don Rigoberto a que pasase al interior de la estancia y cerró la puerta de nuevo, quedando con Nuño.

    ¡Ave María! Dijo un poco tímido don Rigoberto, para hacerse presente.

    ¡Gratia plena!  contestó Beltrán de la Cueva.

    Estaba el Maestre en pie, delante del gran sitial de ceremonias. De unos treinta años, era un apuesto caballero, con alta distinción. Yerno del Marqués de Santillana, por haber casado con doña Mencía de Mendoza, había hecho una gran carrera política, ascendiendo desde paje hasta alcanzar la más alta consideración del rey.

    Era el Conde de Ledesma, entre otros señoríos, y desde mayo de aquel año Maestre de Santiago.

    Pasad, don Rigoberto, acercaos. Le ordenó Beltrán.

     Gracias, señor replicó don Rigoberto.

    Os agradecemos mucho el rey y yo, la merced que habéis hecho de venir con tanta premura a vernos. Pero el asunto es urgente.

    Vos me diréis, don Beltrán.

    ¿Os ha hecho buena compañía Nuño de la Bureba? le preguntó.

    Sí. Y ha tenido la gentileza de hospedarme en su casa respondió don Rigoberto.

    Es un fiel servidor. Hoy en día van escaseando personas como él. ¿Estáis al tanto de los asuntos de la corte? le preguntó abiertamente Beltrán de la Cueva.

     No mucho, mi señor. Soy un caballero ajeno a disputas palaciegas respondió don Rigoberto.

    Están presionando al rey, para provocar mi caída en desgracia afirmó entristecido Belrán. Don Alfonso Carrillo de Acuña, obispo de Toledo, ha iniciado una campaña difamatoria contra nos, que alcanza incluso a la reina y a su hija, adjudicándome su paternidad. Hasta el punto de llamarle La Beltraneja, despectivamente. Le siguen muchos nobles. Y temo lo peor. Al rey le tildan de impotente.

     Don Rigoberto escuchó atentamente. Había oído los rumores de la atribución de paternindad al Maestre.

    He generado envidias y animosidades, sobre todo después de ser designado Maestre de Santiago y pretenden derrocar a Enrique IV y proclamar rey al infante Alfonso. ¡Pero si es un crío! Tiene solo diez años le explicó Beltrán.

     Se sirvió en una copa, un poco de vino de una jarra dorada que había en una mesa cercana. Lo sorbió despacio y continuó:

    Creo que se está incubando una guerra civil en Castilla, de consecuencias enormes, don Rigoberto. Dios quiera que me equivoque, pero así lo preveo.

    La reina Juana es mujer virtuosa y su hija, la legítima heredera de Castilla. Despojarla de sus derechos dinásticos es un vil atropello. Debo de esforzarme en evitar ese conflicto. Pero este no es el asunto por el que os he llamado, don Rigoberto. Se trata de un asunto de menos gravedad, pero enigmático y que puede afectar a la estabilidad económica del reino.

    Golpearon entonces la puerta con insistencia.

     ¡Entrad! Autorizó Beltrán.

     Visiblemente alterado, accedió a la sala don Diego Martínez de Toledo.

    Señor advirtió a don Beltrán he de informaos de un incidente de suma gravedad.

    Don Rigoberto os ruego que salgáis durante un poco de tiempo, mientras me informa don Diego. Luego continuaremos.

     Obedeció el caballero y salió de la habitación, con rostro preocupado.

 

(Continuará...) 

 

 

 

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