LA GARDUÑA. VI EL MESÓN DEL LINO

Vista del Mesón del Lino

 

 VI´

EL MESÓN DEL LINO 

 

    Poco antes de la hora de maitines, estaban ya , Nuño y don Rigoberto, dispuestos para iniciar aquella jornada, preludio de las pesquisas. 

    El joven caballero se había vestido como cualquier campesino: camisa de lino con faldón, calzas y calzón holgado, una saya hasta la rodilla, sujeta en la cintura con un cordón y el capote de cáñamo. Se anudó en los pies unas albarcas de cuero crudo.

    Al amanecer, se abría la puerta de la Bisagra a arrieros y quincalleros. Se trataba de unirse a los que llegaban y se encaminaban hacia Zocodover o a alguno de los mesones de la zona. A don Rigoberto le interesaba unirse a los que traían fruta a la ciudad, desde los pueblos agrícolas cercanos. Así que acordó con Nuño a que le diera aviso cuando viera a los campesinos acercarse, para que don Rigoberto, sin levantar sospechas, se uniese con sus tres mulas a las retahílas de acémilas.

    Era de tener en cuenta que los  funcionarios municipales cobraban el portazgo a la entrada de la ciudad. Un impuesto obligatorio, que bien nutría a las arcas del ayuntamiento. Mas, Nuño, el día anterior, cuando llegó a Toledo después de comprar las mulas en Argés, hizo valer su condición de cartero real para no pasar por el fielato y no declararó las frutas que portaban. De modo que debía obviarse tal circunstancia.

    A una indicación de Nuño, don Rigoberto salió de casa con las tres mulas y se unió a varias más que se dirigían hacia el Mesón del Lino, con monótono paso. Se hicieron una seña de despedida y el caballero encaminó sus pasos hacia lo desconocido.

    Junto a la plaza de la iglesia de las Santas Justa y Rufina, en la calle Santa Justa, se alzaban los edificios que componían el Mesón del Lino. De estilo mudéjar, se accedía a un espacioso zaguán y un gran patio por una puerta de doble hoja, El patio estaba diseñado para albergar los carros y caballerías de los comerciantes y viajeros. En el edificio, una serie de almacenes albergaban las mercancías para protegerlas de la humedad y de los amigos de lo ajeno. Y, en las plantas superiores, con avanzado deterioro, construidas en madera se disponían junto a un corredor exterior, las habitaciones que alojaban a los huéspedes.

    En un lateral, entrando a la izquierda, el posadero registraba y distribuía a personas, caballerías y mercancías. A su lado, un funcionario municipal revisaba la documentación fiscal y la de las acémilas y bueyes de transporte. Trató don Rigoberto de disimular su nerviosismo. La falta de las cartas de pago del portazgo, podían exigir el dar demasiadas explicaciones. Improvisaba una excusa cuando un hombre se le acercó.

     Os compro esos fardos de membrillas. Os doy sesenta maravedíes de vellón por cada uno dijo el frutero.

    Don Rigoberto desconocía si el precio que se le ofrecía era o no el adecuado. Pero, sin duda, le venía como anillo al dedo, pues evitaría dar explicaciones.

    Llevo también uva...

    Os la compro toda por otros sesenta maravedíes. En total trescientos maravedíes de vellón. ¿Os place?

    Trataba don Rigoberto de no aparentar inseguridad, al tiempo que procuraba no exponer mucho su rostro, cubierta la cabeza con un capirucho que le llegaba hasta los hombros y un capote sobre el todo, que también le cubría la cabeza y ocultaba su rostro en parte.

    Cabizbajo, pensó con rapidez: «la venta supondrá ahorrar las explicaciones sobre el portazgo. Puedo decir que vengo a comprar Lino e inviertir la farsa. Creo que debo aceptar la oferta».

    Me place, pues. Trescientos maravedíes y son de vos contestó don Rigoberto. Aunque pareciere en otra época un alto precio, la gran carestía que sufría Castilla tanto por la mudanza de la moneda efectuada por la corona, como por la proliferación de cecas privadas ilegales que habían inundado el mercado con dinero falso o de baja ley (con menos contenido de oro y plata), lo convertían en un valor razonable.

    Acarrearlos hasta ese carruaje de ahí le indicó el comerciante señalando a un carro que arrastraba un mulo entrado en años.

     El comerciante sacó una bolsa que llevaba oculta bajo el capote, contó trescientos maravedíes y se los entregó a don Rigoberto.

    Contadlos.

    No es necesario. Me fío de vos y de vuestras cuentas.

    El comprador ofreció su mano derecha que estrechó don Rigoberto, En ese momento, a la luz  aún de las antorchas del zaguán, creyó reconocerle. Era Bernabé, el aldeano huidizo con el que coincidieron en Riópar y Albacete. Don Rigoberto soltó la mano y titubeó. Optó por ir a descargar rápidamente las mulas y disponer las frutas en el carro, bajo la atenta mirada de Bernabé y la ayuda de un mozo que le acompañaba.

    ¡Que Dios os guarde!  Dijo el comprador.

    Id con Dios contestó don Rigoberto.

   ¡Qué casualidad! pensó. Esperemos que no me haya reconocido. Tomó sus mulas y se dirigió a registrarse como huésped del Mesón del Lino.

   ¿Nombre? le preguntó el posadero.

   Alonso. Había elegido ese nombre en honor de don Alonso Fajardo.

    ¿Procedencia?volvió a preguntar mientras anotaba las respuestas.

    Alquipir.

    ¿Cómo decís?

    Alquipir, en la frontera granadina. Se le ocurrió identificarse con la fortaleza ceheginera de la Orden de Santiago. Supuso que no sería muy conocida.

     ¿Motivo de su estancia?

    Adquirir Lino y otros contestó lacónicamente don Rigoberto.

    Os alojaréis en la habitación siete del primer piso, al final del corredor. ¿Cuántos días estaréis?

    Tres o cuatro días.

    No se cobra por vuestra pernocta. Si deseáis sábanas limpias, un maravedí de vellón. Si deseáis comer o más mantas, son aparte. Si deseáis que se os limpie la habitación, otro maravedí más. Podéis tomar agua para llenar la cántara o el aguamanil, en el pilón. indicando con desdén rutinario el centro del patio.  

    Por las mulas se os cobra por el forraje con el que se alimenten y la paja, cuatro maravedís al día, más otros dos más por el pesebre. Seis maravedís por bestia al día.

    Tomad estos cincuenta y seis maravedís por los tres días de establo de las tres mulas y una limpieza de la habitación con sábanas limpias dijo don Rigoberto al pagar por adelantado.

     Se os cambiarán las sábanas y se limpiará la habitación enseguida. Mientras, si queréis, podéis desayunar en el mesón.

    Llevó del ramal don Rigoberto a las mulas hasta uno de los pesebres, donde se hizo cargo de ellas un mozo, y se dirigió al salón del Mesón.

   El aspecto tabernario era poco saludable. Excasamente iluminado y con las mesas con tableros impregnados de manchas de grasa y de vino. Un olor penetrante, mezcla de alcohol fermentado y vino agrio, guisos rancios, pescado seco y sudor y orines, repugnaba nada más que asomar.

    El suelo, de tierra y paja, acumulaba suciedad.

     Escaso de parroquianos a aquella primera hora, sólo un par de  huéspedes, recién levantados, se encontraban en el interior unas mesas más allá de la tomada por el joven caballero. El mesonero sirvió a don Rigoberto una sopa de escaque: un tazón con vino y una rebanada de pan de centeno asentado. Una cuchara de palo, completaba el ajuar.

    Tomó don Rigobero aquella primera comida, con lentitud. Trataba de ordenar sus ideas y centrarse en cómo iniciar su investigación. «Prefiero desayunarme con cerveza» se dijo. Lo cierto es que en gran parte de Castilla, la cerveza era casi desconocida. Se consideraba exclusiva del norte de Europa y de algunos pueblos africanos. Sólo en algunas zonas del levante, donde se cosechaba cebada, se consumía cerveza con sopas de pan.

     La habitación está ya preparada, por si queréis ir a verla le dijo el mesonero, interrumpiendo sus pensamientos.

    Don Rigoberto, que había permanecido cubierto y ocultando en parte la faz, contestó con un agradecimiento seco. Pidió la cuenta: dos blancas, que puso sobre la mesa.

    Subió las escaleras a buen ritmo y pasó el corredor esquivando algunos fardos que estaban en medio del paso. Parecía que se iba a caer en cualquier momento aquel piso. Crujía bajo los pies de don Rigoberto, como si se fuese a quebrar, al tiempo que chirriaba en sus crujías. Cuando llegó a la habitación número siete, una moza ponía una manta sobre los pies de una cama sencilla, aunque de cierta amplitud.

    Perdonad. Creí que ya estaba terminado de arreglar el cuarto se disculpó don Rodrigo.

    Sólo he venido a traeros esa manta, por si os fuese necesario dijo con desparpajo la mujer. Tendría unos veinte años. De tez morena, vestía sobre la camisa una saya parda de lana, ajustada a la cintura con un cordón. Una falda con mucho vuelo completaba su figura. Envolvía su cabello con un pañuelo blanco, y un devantal de lienzo por encima, que protegía al resto de prendas de manchas. Calzaba unos chapines de lona con suela de madera.

    Tomaos el tiempo que necesitéis comentó don Rigoberto.

    Ya está. Que tengáis buena estancia le dijo la moza, mientras miraba de arriba a bajo al caballero. Mi nombre es María Rodríguez, apodada y más conocida como la Trujilla. Si necesitáis algo, sólo tenéis que pedírmelo.

    Era la hija de la cocinera, Aldara. Natural de Trujillo, había venido a Toledo con su hija cuando, quince años atrás, quedó viuda. Pudo colocarse en el Mesón del Lino de cocinera y subsistir con cierta decencia. María hacía las tareas de limpieza de habitaciones.

    Os agradezco vuestras atenciones respondió con cortesía don Rigoberto.

    Y ¿cómo os llamáis vos? Le preguntó. 

    Alonso. Alonso de Alquipir contestó el caballero.

    Pues quedad con Dios, Alonso.

    Quedó a solas en aquel cuarto, ni muy ancho  ni muy estrecho. Un aguamanil en la pared de la izquierda, tras de la puerta, con un lienzo para secarse y una silla de anea, era todo el mobiliario que contenía, a la par del lecho.

    Atrancó la puerta y se echó sobre la cama. Se quedó dormido.

 

(Continuará...) 

 

 

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