LA GARDUÑA- VII LA VENDIMIA

 

Doña Raquel 

 

VII

LA VENDIMIA

 

    El embarazo de Raquel continuaba su curso. Había sobrepasado ya la séptima falta y sufría cierto cansancio al compaginar las tareas domésticas con la administración de las tierras, en ausencia de su esposo pues, si bien su suegro y sus cuñados se encargaban de la dirección de las tareas agropecuarias y su suegra de la cocina, ella se encargaba de las finanzas.

    Aquella mañana había regresado su padre, Leví de Caravaca. El médico había permanecido una larga temporada en Lérida, instruyéndose con su colega y maestro cirujano Cresques Abiatar, un converso de fama y un gran astrólogo, más conocido con Abnarrabí. Le había acompañado Leví hasta la corte en Zaragoza, para intentar convencer a la reina Juana Enríquez de la conveniencia de intervenir de cataratas al rey Juan. La reina, temerosa de que fracasase la operación, se negó. Y, en consecuencia, Leví viajó hasta Tarragoya para estar presente en el momento del parto  de su única hija.

    En esos momentos estaban dedicados a las faenas de vendimia. Una buena arte de las tierras enfitéuticas estaban plantadas de vides. Producían una uva propia del Levante, que se venía cultivando desde el dominio cartaginés. Con ella se elaboraba un vino clarete y algo dulzón, muy apreciado. Se esperaba una gran cosecha, con la que obtener buenos dineros, a la par de asegurar el consumo propio.

    Prácticamente finalizadas las obras, el conjunto parecía suficientemente adecuado para dar servicio tanto de almacén, como de alojamiento de personas y animales. En torno a la primitiva Casa-torre, los edificios de su heredamiento eran cómodos y funcionales, sin lujos, pero sin ausencias notables.

    El edificio destinado al albergue del personal, corrales y caballerizas, poseía un sótano en el que se habían dispuesto tinajas para vino y orzas para el aceite. Desde el lagar partían unos canalillos de piedra ahuecada, por los que discurría el mosto, llenando las tinajas. Durante el día, los carros tirados por bueyes acarreaban la uva hasta unas grandes artesas, donde se arrojaba y en las que unos hombres, con las piernas bien lavadas y arremangadas y con un gran delantal de cuero, pisaban la uva ejecutando una especie de danza mágica. Se extraía en primer lugar el mosto yema, que fluía por gravedad por los canalillos. Para los hollejos y raspones, se había dispuesto de un moderno sistema de prensa de viga, que consistía en un tronco que hacía de palanca, haciendo girar un gran husillo de madera, que presionaba los restos sólidos tras el pisado. Este otro mosto se consideraba de menor calidad y se depositaba en otras tinajas.

    La fermentación ocurría de forma espontánea, después de la bendición, que llevaba a cabo un sacerdote, para lo que había llegado a Tarragoya don Sebastián, sacerdote enviado a los campos por el vicario de Caravaca, don Diego Chacón, para tales menesteres y recoger las primicias para el clero local.

     Adjuthorium nostrum in nomine Domini dijo el sacerdote iniciando el rito.

    Qui fecit caelum et terram contestaron los feligreses.

    Dominus vobíscum.

    Et cum spíritu tuo.

    Oremus alzó la voz el oficiante, mientras trazaba en el aire el signo de la cruz con su mano derecha.

  Benedic, Domine, hunc fructum novum vineae, quem rore caeli, et abundantia pluviarum, alimento quoque serenitatis atque tranquillitatis temporum ad maturitatem perducere dignatus es: et concede nobis hoc mosto cum gratiarum actione utentibus, ut in nomine tuo liquefactum et purificatum in lacubus nostris, sit omnibus hoc sumentibus remedium salutis, et contra omnes insidias inimíci tuitio salutaris. 

    Per Dominum nostrum Jesum Christum Fílium tuum: qui tecum vivit et regnat in unitate Spíritus Sancti Deus, per omnia saecula saeculorum —finalizó su oración el sacerdote, mientras con el hisopo esparcía agua bendita por todo el lagar.

    —Amen —contestaron los presentes mientras se persignaron.

    Después de la ceremonia de la bendición del mosto, se celebró una fiesta, en la que se asó un cordero para que todos comieran y se bailó tanto zapateados como de brinco y, por supuesto, se danzaba la popular carola, de gran moda en esos momentos: se formaba  por los mozos y mozas cogidos por las manos, un círculo y se desplazaban lateralmente, dando un paso largo a la izquierda y, tras unir los pies, uno corto a la derecha. Periódicamente hacían una reverencia al son de panderos, cascabeles y alguna flauta de caña, mientras alguien cantaba improvisando un galanteo y a coro se contestaba aceptando o rechazando la propuesta amorosa. Contemplaba el jolgorio doña Raquel sentada a una mesa colocada en los ejidos de la vivienda, junto a sus suegros y su padre. A la fresca.

    ¿Tenéis noticias de vuestro esposo? preguntó Leví a su hija.

    Ninguna. Aunque es pronto para tenerlas, si es que no regresa antes de enviarme alguna carta le respondió Raquel El problema es que aún no tenemos palomas de posta en Tarragoya. Terminaron de rehacer hace unos días el palomar de la Torre.

    Me encargaré de eso contestó el judío. Son muy necesarias.

    Las palomas mensajeras eran un lujo imprescindible. Una pareja de cría dada la subida de precios por la carestía podía valer ciento cincuenta o más maravedís,

    Mañana iré a visitar al palomero del castillo de Caravaca comentó Leví. Es buen amigo mío. Sané a uno de sus hijos de calenturas.

    Haceos acompañar por Tiburcio, padre mío le dijo Raquel. Será quien se encargue de nuestro palomar como hatero de la alquería.

    Tiburcio había sido encargado por su hermano de administrar el hato de la torre, consistente en el  abastecimiento de víveres, tanto los de propia producción como los que adquiría en  Caravaca y de la supervisión y bienestar de los animales, incluidas las palomas mensajeras, a las que adiestraría.

    Antes de que se fuera la luz del sol, comprobó Leví el estado en que habían dejado el palomar, situado en un tercio del último cuerpo de la Torre, en uno de los lados donde tenía una aspillera que permitía la salida y entradas de las palomas, pero no de las aves depredadoras. Estaba bien encalada, lo  que era imprescindible para evitar enfermedades y parásitos a las aves, y podría albergar ocho o diez palomas con holgura.

 (Continuará...) 

 


Comentarios

  1. Qué bonitas descripciones de la vida cotidiana.,👍👍

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  2. Habrá que revisar los conocimientos, ya lejanísimos, del latin..., y lo que es de admirar es el conocimiento de términos del autor.

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