LA GARDUÑA. IX LA PARTIDA DE NAIPES

 

Don Rigoberto rodeado de Tahúres

IX

LA PARTIDA DE NAIPES

 

    Fue despertado por unos gritos que provenían del patio. Don Rigoberto dio una brinco y se incorporó inmediatamente, desatrancó la puerta y se abalanzó sobre la barandilla del corredor. Vio en el patio del Mesón a dos individuos que reñían a garrotazo limpio y un gran corro de gente azuzándolos para incitarles a ir a más.

    Uno de ellos llevaba en la mano derecha un gran garrote, de más de casi dos varas de largo, con una gran regatón de hierro en un extremo y un fiador en el otro, para asirlo a su muñeca y evitar perderlo durante la pendencia.

    El otro, se armaba con una porra de menor longitud, poco más de una vara, pero con un gran clavo de cabeza gorda en la punta, convirtiendo un golpe con ella en una infalible arma letal.

    De pronto, uno de los del corro lanzó una daga al de la porra, que cogió al vuelo con la mano izquierda. Inmediatamente cambió con habilidad de manos las armas, quedando con la maza en la mano izquierda y el puñal en la derecha. Y comenzó a tirar golpes con la afilada misericordia.

    El asunto se ponía serio. Se abalanzó uno sobre el otro intentando golpear con el garrote. Con el brazo izquierdo, su oponente, paró el envite con su porra y, en un rápido movimiento, contraatacó con el puñal en el pecho del agresor inicial, desgarrando la sobreveste y resbalando en el jubete, que quedó a la vista. Ese descubrimiento le delató. Se trataba de un espingardero sin duda, porque los jubetes solían ser usados por los hiladores de pólvora del rey, dado que les era imposible el portar escudo para su defensa.

    A la vista del coleto, los combatientes detuvieron la lid. Un solado tenía terminantemente prohibido el pendenciar con civiles. El ordenamiento de Alcalá, si no llegaba a mayores, preveía una caloña de hasta sesenta maravedís, en moneda vieja: treinta para las arcas reales y treinta para la indemnización al agredido. Mas, como regía el principio de que el soldado estaba para proteger la paz y no para agredir a los civiles, la autoridad militar solía duplicar la multa y sancionar con azotes, si no había sangre.

     El espingardero trató de huir en ese momento.

    Ya solucionaremos esto a solas y en mejores tiempos dijo mientras trataba de poner distancia y atravesar el corro de gentes que le rodeaba. Le fue imposible. Fue empujado hasta el centro del patio por un parroquiano que casi le doblaba en estatura y corpulencia. Quedó aturdido y, en ese momento, su rival le propinó una mojada en el brazo derecho, de cuya herida comenzó a sangrar abundantemente.

    Algunos de los que presenciaban la baraja, sujetaron al agresor para que no continuase en su ataque. Otros se fueron para el herido, que llevaron al salón de la taberna y dispusieron sobre una mesa, taponando la herida con un trozo tela y practicándole un torniquete con una cinta de cuero.

    Una vez que dejó de sangrar en abundancia, subió hasta la habitación contigua a la de don Rigoberto, en cuyo lecho quedó echado.

    Mientras llegaba el maestro de llagas, la Trujilla atendió al ferido de punta, poniendo trapos empapados en vino caliente sobre la herida, que tenía mal aspecto pues no había sido limpia y había producido desgarro.   

    Don Rigoberto entró en la habitación y le preguntó a María cómo lo encontraba.

    Estoy tratando de evitar que se emponzoñe la herida contestó la moza. El puñal ha hecho desgarros. Esperemos al de las llagas.

    El Cirujano llegó al poco. Destapó la herida y comprobó que, pese al torniquete, sangraba bastante.

    Abrió su arquetilla y extrajo una bacinilla para recoger la sangre y con una tienta comprobó la profundidad de la herida. Era considerable. Limpió la herida con más vino y comenzó a rezar un conjuro contra la hemorragia, mientras procedía a asurcar los labios del corte con una aguja de plata e hilo de seda:

    «Longinos hirió a Nuestro Señor Jesucristo en su costado de la su santa lanzada, y non salió dende sangre nin agua, nin dende dolió nin dende pudrió. Así non salga sangre de la herida de este siervo de Dios, nin dende duela, nin dende demanar mal ninguno. En el nombre del Padre, del Hijo e del Espíritu Santo. Amén.»

     Y prosiguió:

     «Tente, sangre, en la vena, como se tuvo Christo en la su cena. Cierra, carne, con la tu piel, como cerró la mar sobre el pueblo de Israel. Por la gracia de Santa María, que esta llaga sane e non corrompa en este día.»

    Después, puso un emplaste hecho de telarañas sobre la boca de la herida y lo comprimió poniendo una cinta de cuero.

    El maestro de llagas, sudaba. Era algo más de medio día y estaba resultando muy caluroso. Extrajo de su arquetilla un frasco con un ungüento y se lo dio a don Rigoberto:.

    Esto es un bálsamo de herba perforata, trementina, mirra y resina de almáciga. Ayuda a cicatrizar, calma el dolor  y seca las heridas evitando que emponzoñen. Aplicarlas en cada cura por las mañanas. Durante tres días. La herida de este mozo es importante.

    Don Rigoberto no supo qué responder. El cirujano le confundía, sin duda, con un pariente del herido. Y no vio necesidad de desvanecer el error. Miró a la trujillo, que le hizo un signo afirmativo moviendo la cabeza.

    Son ciento cincuenta maravedís. Cincuenta por las curas y cien por el bálsamo le dijo el médico.

    Don Rigoberto sacó de su esquero, que ocultaba bajo el jubón, las ciento cincuenta monedas y se laa entregó al maestro de llagas, agradeciéndole sus servicios.

    Después de la cura, mientras le volváis a poner vendas limpias, orad lo siguiente: «en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Así como Nuestro Señor Jesucristo sanó a los enfermos y cerró las llagas, así cierre Dios esta herida. San Juan bendito, que diste virtud a esta hierba, aparta el mal y trae la salud. Amén.» Y se marchó rutinariamente.

    No os preocupéis por esa suma de maravedís, que os la pagaré íntegra. Quedo muy agradecido por vuestro gesto le dijo el herido a don Rigoberto.

    Eso espero respondió lacónico el caballero. ¿A qué vino esa baraja?

    Deudas de juego. Ese putón me adeuda una gran suma de dineros que le gané anoche jugando a la Flor. Le exigí su pago y se negó le respondió.

    ¿Se juega por aquí? preguntó don Rigoberto.

    ¿Que si se juega? ¡Descreo de la santísima Madre de Dios! Aunque está prohibido por el rey, hay leoneras ocultas en todo Toledo, en las que se envida fuerte. Abajo hay una sala enmascarada tras un aparador, donde se puede entrar con poridad a una señal establecida le explicó el soldado.

    ¿La conocéis?    

    En la galería inferior, hay un aparador, que realmente hace las veces de una ingeniosa puerta corredera. Golpead dos veces rápido y aseguido. Una pausa, y un golpe. Os preguntará el manderecha que haga de portero «¿qué es lo que buscáis a estas horas?» Contestadle «paño fino» y, correrá el mueble sobre unas guías y os abrirán la puerta.

    Ahora he de irme a mi casa de aposento antes de que se haga más tarde. Si no doy razón de vida, podrían avisar al sargento y me causaría problemas apostilló el espingardero. Mañana os traeré vuestros dineros. Álvaro el Madrileño, a vuestro servicio. Quedad con Dios y gracias por todo. Que Dios os lo pague.

    Vayamos a vuestra habitación, Alonso le rogó la Trujilla.

    Al entrar en el cuarto, María encajó la puerta por dentro y se sentó en la única silla que había en la estancia.

    Os veo muy verde, señor Alonso. No sé si estáis suficientemente vezado para entrar en el oscuro mundo del juego. Perdonad que os advierta. Es muy peligroso. Mas, si queréis, yo os indicaré dónde envidar, sin que os rodeéis de tahúres indeseables le dijo la Trujilla a don Rigoberto.

    Os lo agradeceré. Un rato de diversión me vendrá bien  contestó el caballero.

    Al finalizar las completas, vendré a buscaos. ¡Ah! Y, si os place, también podemos divertirnos juntos en otros menesteres le dijo insinuante la moza.

    Comió don Rigoberto de la olla perpetua del Mesón, pasó la tarde paseando por las calles de Toledo, dibujando un mapa del trazado en su mente. Cenó algo de queso y tocino, todo con un buen pan y un cuartillo de vino y,  poco antes de la hora acordada, don Rigoberto subió a su habitación a esperar a María. Dejó la puerta entreabierta.

    Seguidme, Alonso. Vayamos a la leonera le dijo María, mientras le tomaba del brazo izquierdo.

   Descendieron hasta la planta baja y llevó María a Don Rigoberto a un pasillo escasamente iluminado. A los pocos metros había un aparador. Golpeó la pared dos veces con rapidez. Hizo una pausa y volvió a golpear una vez más.

    ¿Quién vive? -dijo el portero.

    La Trujilla. Traigo un primiello respondió.

    Se deslizó el mueble sobre el tabique y dejó al descubierto un hueco, en el que un coime —que le remiró de arriba a bajo le pidió dos blancas para la vela de sebo con que alumbrar la mesa. Se las entregó don Rigoberto. La partida duraría lo que durase la vela. Unas dos horas.

    En aquella mesa por una que estaba al fondo a la derecha esperan a un jugador para empezar. Podéis sentaos en ella indicó el malhumorado hombre. En otras dos mesas más se afanaban en sus juegos ocho personas.

     Le dejó a su suerte la Trujilla, y don Rigoberto, tomó asiento donde le habían señalado. «Dios os guarde y buena andanza» saludó don Rigoberto.

    Mantenga Dios la compañía. Veamos adónde quiere la ventura que vayan hoy los maravedís respondió al saludo uno, de ojos hundidos y fatigados por las interminables noches a la luz de las velas, mientras encendía la que estaba sobre la mesa, que hizo brillar su calva al iluminarse.

    ¡Guarde Dios los cuerpos, hermanos de la blanca! ¡Corran los naipes y muera la sed! exclamó otro, cubierto por un capuchón y aspecto borrachín, mientras alzaba un pichel de peltre con vino.

   Jugaron a la «Flor». Se trataba de reunir en la mano tres cartas del mismo palo. Ganaba el que mas puntos sumase entre las tres El dador repartió los naipes una vez mezclados a conciencia, uno a uno. Eran de cartulina gruesa encoladas. El invento de la imprenta había reducido mucho el precio de un mazo y se habían popularizado los juegos de envite. Acomodaron las cartas en sus manos para mirarlas con sigilo. El calvo, comenzó a raspar con  la uña del índice el lomo de una de ellas, tratando de quitar una diminuta mancha en el lomo. Realmente era una marca hecha con tinta. Para tranquilizar al primiello de don Rigoberto, el jugador trató de tranquilizarle «No miréis con tanto recelo el lomo del naipe, que esa mancha no es trampa ni ardid, sino cagada de mosca de las muchas que cría el sebo de las velas de esta casa. Jugad y no temáis».

    No envidaron los jugadores en las dos primeras manos. A la tercera, don Rigoberto recibió tres cartas del mismo palo.

    —A buen puerto llega mi ventura... ¡Flor en mesa, señores! ¡Tres hierros de espadas guardo! exclamó don Rigoberto.

    No cantéis victoria antes de que la candela muera. Que este viejo calvo huele vuestra flor... ¡y os echa la contraflor! Poned seis blancas más sobre el tablero si queréis ver mis naipes.

    Don Rigoberto aceptó el reto. Se descubrieron los naipes y perdió. El calvo tomó las monedas jugadas por los cuatro.

    Acababa la vela y a punto de terminar la partida, don Rigoberto había quedado sin blanca y tuvo que abandonar la partida.

    Me habéis desollado, señores. He de retirarme de la mesa comunicó don Rigoberto al resto de jugadores.

Hoy sois un perdedoso. Quizá mañana... dijo uno de ellos.

    En el fondo, lo que deseaba don Rigoberto era aparentar que había quedado limpio. Era el cebo que había buscado. Y lo había conseguido. Antes de salir de la sala, uno de los jugadores se le acercó y le dijo al oído: «si queréis, sé dónde podéis ganaos algunos maravedís».

    Me vendrían muy bien conseguir unas cuantas monedas respondió.

    Seguidme.

 (Continuará...)


Comentarios

  1. Que estrés este capitulo 😜😂😂😂

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  2. ¡Qué atrevido don Rigoberto! Pronto se.vio metido en vereda

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