LA GARDUÑA. VIII LAS PALOMAS DE POSTA

 

  

 
 Palomar de Torre Tarragoya

VIII

LAS PALOMAS DE POSTA


    Aprovechando el fresco de la brisa del amanecer, Leví y Tiburcio se encaminaron a caballo hacia Caravaca. El judío no había regresado desde su última partida, motivada por la toma de la fortaleza por don Pedro Fajardo.

    Había dejado muy buenos amigos en la villa. Entre ellos, el bueno de Juan el colomet. Aragonés de origen, se había dedicado desde niño al cuidado de las palomas mensajeras y a su adiestramieto. Era muy reconocido por su labor. Y ben pagado. Cuando el sueldo anual de un palomero era de unos cuatro mil quinientos maravedís anuales, Juan el colomet, percibía una quitación de quince mil maravedís anuales, de entre los que el acostamiento en metálico eran nueve mil maravedíes, en tres entregas cuatrimestrales de tres mil maravedís, como quitaciones en especie, percibía el equivalente a cuatro mil maravedís, con treinta fanegas de trigo al año y varias cántaras de vino directamente de las bodegas del castillo; y, además, tenía derecho a paños de librea que, una vez al año, por Navidad, el comendador le entregaba varias varas de lana o sayal de buena calidad, a menudo con los colores de la Orden, para confeccionar su ropa y la de su familia. Esto equivalía a unos 2.000 maravedís.

    Gozaba, asimismo, del privilegio de la exención de pechos y ocupaba gratis una de las casas del castillo. Era, sin duda, un palomariego muy valorado.

    Después de identificarse a la guardia en la puerta de Santa Ana de la cerca de la villa y dar cuenta del motivo de su visita, siguieron descabalgados por la empinada cuesta de la plaza del concejo hasta la puerta en zigzag del castillo de afuera, donde se volvieron a identificar.

    Leví comprobó que la villa había recobrado su ritmo normal, después del duro asedio que había sufrido por las fuerzas de Pedro Fajardo y don Diego Chacón, y haber  sido metida a saco con posterioridad.

    Fue reconocido por varios vecinos que le saludaron afectuosamente y celebraron su regreso a Caravaca. El colindante de su antigua casa, le abrazó llorando, recordándole que le había curado del fuego de San Antón, sin necesidad de hacer el Camino de Santiago o ingresar en un hospital antonino.

    Se trataba de una enfermedad demoníaca, que en los casos más graves, los enfermos sentían un calor abrasador insoportable en las extremidades, como si fuesen quemados vivos por un fuego invisible, llegando hasta la necrosis negra del tejido y la consiguiente caída de dedos, manos o pies sin derramamiento de sangre. Asimismo, producía fuertes delirios y alucinaciones aterradoras.

    Leví había aprendido a curar la enfermedad con su primer maestro, Alfonso de Chirinos que, ya anciano, le tomó como aprendiz en Cuenca, hacia 1425. El autor de la obra Menor daño de la medicina, de obligado estudio de los médicos, era un físico muy prestigiado.

    Le cambió drásticamente la dieta alimenticia, dándole de comer únicamente pan blanco o de San Antón. Y mejoró. Le aplicaba ungüentos refrescantes en las extremidades afectadas, un vino con hierbas de propiedades analgésicas y vasodilatadoras y trató el baile de San Vito, que llegó a tener, con hidroterapia.

    Aunque el pueblo llano atribuía la sanación a un milagro obrado por San Antonio a través de la dieta del pan de trigo candeal, Leví supo por Alfonso de Chirinos que era la ingesta del pan de trigo, y el abandono del de centeno, el verdadero sanador de aquella temible dolencia.

    Agradeció Leví aquel recibimiento inesperado y prometió regresar a los dos días, para visitar a los enfermos que lo quisieren.

    Ya en el interior del castillo, se dirigieron a la casa de Juan el colomet, junto a la Torre del Palomar, al noroeste de la fortaleza. Era una casa humilde, pero suficiente. Leví le llamó desde la puerta, que se encontraba abierta como era habitual y salió su mujer, Margarida, al oír las voces.

    ¡Leví! ¡Ha regresado Leví! exclamó muy contenta por aquella visita. ¡Jaume! ¡Jaume! Ven acá. Corre al palomar y dile al padre que ha venido a vernos Leví el médico.

    Al poco llegó el palomero y tomó de los antebrazos a Leví, en un saludo cariñoso, que implicaba agradecimiento.

    ¡Mi buen Leví! ¡Alabado sea DIos! ¡Qué deséais de nosotros? Si está en mis manos os lo proporcionaré dijo Juan. Mas, pasad por favor, a mi modesta casa. Dadnos algo de comer y beber, Margarida.

    Estimado Juan, mi yerno, don Rigoberto de Majarazán, ha tomado en enfiteusis unas tierras de la Orden de Santiago en Tarragoya y necesitamos palomas mensajeras para dar servicio a este castillo o algún otro, si fuese necesario -se explicó Leví.

    He conocido que había casado con vuestra hija, pero desconocía que no hubiera postas en Tarragoya. ¿No os parece extraño?

     Lo es. Pero al parecer, al abandonarse la alquería, las palomas mensajeras o se las llevaron o, simplemente, se fueron en busca de comida, al dejar de ser atendidas y alimentadas precisó el médico.

    Tiburcio, es hermano de don Rigoberto dijo Leví señalando al joven que le acompañaba. Y será el palomero de Tarragoya, por lo que os ruego que lo instruyáis en la crianza de mensajeras.

    Tengo en el palomar una pareja nueva, que os puede servir. Y os facilitaré un par de palomas de aquí, para que nos enviéis una posta cuando deseéis o necesitéis especificó Juan.

    Mientras dais un bocado, os traigo las palomas.

    Al poco regresó con dos jaulas de mimbre, cubiertas con lienzos, para evitar que las   palomas se pusieran nerviosas durante el viaje.

    En esta dijo Juan, levantando el brazo y enseñando la jaula que sostenía con la mando derecha van los dos palomos de esta casa. Cada vez que tengáis que enviar algún mensaje, los soltáis y vendrán directamente a este palomar. Son de balde. Cuando os quedéis sin ellos, venid a por más.

    En esta otra, va la pareja reproductora. Para entrenarlas, habéis de tener en cuenta que las palomas tienden a ir al palomar que le es habitual en busca de su comida. A su nido. Cuando los pichones que críen esta pareja ya puedan volar, los debéis adiestrar en el regreso. Para eso cogéis una de estas jaulas ciegas y los trasladáis, primero como un cuarto de legua, y los soltáis. Se irán a su palomar. Poco a poco vais aumentando el trecho, una legua, dos, cinco... hasta que no tengáis duda de que reconocerán su palomar y sabrán orientarse, sea la distancia que sea. Entonces nos traéis uno o dos pares de ellos, para poder soltarlos cuando necesitemos comunicar alguna noticia.

    Estas no puedo regalarlas prosiguió, pues he de dar cuenta al comendador, pero os hago un buen precio: cien maravedís por las dos. Ya sabré justificarme ante la Orden.

    Os estamos muy agradecidos, Juan contestó Leví, mientras extraía de su bolsa los cien maravedís pedidos y los ponía encima de la mesa. Hemos de irnos. Y muy reconocidos por este tentempié, Margarida.

     Señor Leví ¿podría saludar a mi tío Beltrán? Es el Jefe de la Guardia de la Vera Cruz. Será sólo un momento escaso preguntó Tiburcio.

    Os aguardaré en la Casa del Concejo, he de ir a pedir autorización para pasar consulta. No os demoréis  le contestó el médico.

    Tiburcio fue hasta la puerta del castillo de adentro y preguntó a la guardia por su tío.

    Le llamamos. Aguardad le dijeron.

    Al poco, apareció Beltrán. Era el jefe de la guardia de la Santísima y Vera Cruz. El responsable de su custodia y seguridad. De baja estatura y robusto y fuerte, aunque sargento santiaguista, la tropa le denominaba el capitán, por sus dotes de mando y por el ejercicio de su alta responsabilidad. Vestía sobreveste negra, con la cruz de Santiago en rojo en el pecho, encima de una brigantina de cuero protectora, con un capacete por casco.

    ¡Querido sobrino! ¡¿Cómo os encontráis?! ¡Qué alegría el veos? exclamó el sargento.

    ¡Querido tío!

     ¿Qué se os ofrece? ¿Cómo están vuestros padres?

    Se encuentran muy bien en Tarragoya. He acompañado al suegro de don Rigoberto a procurar palomas mensajeras para la posta de la alquería, que carece de ellas informó el joven.

    ¿Y vuestra cuñada?

     Avanzada su gestación, se encuentra bien, querido tío. Todo cursa muy bien respondió Tiburcio.

     El sargento rebuscó en una escarcela que le pendía del cinturón y extrajo una pequeña reproducción en madera de la Vera Cruz.

     Tomad. Darla a vuestra cuñada para que le proteja  a ella y a su vástago cuando nazca. Que la engarce en el cestillo o en la cuna del recién nacido, con un lazo de cinta carmesí. Está retocada con la Santísima Cruz. Posee y transmite su sacralidad. Le guardará del mal de ojo y otros hechizos dijo Beltrán, mientras respetuosamente la ponía en manos de su sobrino.

    Se la daré en vuestro nombre. He de partir. Cuidaos. Que DIos os guarde se despidió el joven.

    Dios os guarde igualmente a vos y a toda vuestra familia se despidió, a su vez, el freyre sirviente de armas, mientras le abrazaba.

    Entre tanto, Leví se llegó al edificio que albergaba al Ayuntamiento. Lo recibió el alcalde Mayor, Juan Melgarejo.

     Me alegra el volver a veos, Leví dijo el alcalde.

    Y yo a vos, don Juan. Quisiera pedíos permiso para pasar consulta pasado mañana. Estoy en Tarragoya en casa de mi yerno, don Rigoberto de Majarazán solicitó el médico.

    Por supuesto que sí. Seguís siendo médico de esta villa. Lo pregonaré  en la plaza, para que veáis a cuantos lo deseen señaló el Alcalde.

    Cuando no disponían de mejor lugar, los médicos pasaban consulta en una plaza, donde situaban una mesa y una camilla de camino de lona, de las utilizadas para el transporte de enfermos. Un par de banquetas completaban el mobiliario de fortuna, junto con el instrumental y ungüentos diversos que Leví portaba en su arquetilla.

    Os estoy muy agradecido. Si no deseáis nada más de mi, os dejamos. Hemos de regresar a Tarragoya.

    Id con Dios se despidió Melgarejo.

    Continuaron descendiendo por las abigarradas e intrincadas calles de la villa, sujetando las riendas de sus caballos, a los que habían amarrado en los borrenes traseros, las jaulas ciegas en las que portaban las palomas. Al salir de la puerta de Santa Ana, volvieron a montarlos y comenzaron su regreso. 

(Continuará...) 

 

Comentarios

  1. Imaginación desbordante de Gregorio. Matices y detalles qué te hacen rememorar el momento como si nos trasladaramos de siglo. Es absolutamente brillante la prosa de Gregorio, de un realismo desbordante y cautivador.

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  2. Te introduce en la historia con precisión quirúrgica. Seguimos.

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  3. Es difícil encontrar novela histórica sobre la región de Murcia, Caravaca de la Cruz y las personas vinculadas a ella tuvieron mucha importancia en los años anteriores a la toma de Granada, Gregorio Piñero Sáez trata su historia con gran maestría, dándole a la narrativa fluidez y suspense que engancha desde el capítulo uno, sin duda lo recomiendo.

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  4. Pedro Jesús Sánchez1 de julio de 2026 a las 22:01

    El relato de Gregorio tiene una ambientación que nos transporta al siglo XV (como el anterior Soez cosa es un clavo) y transmite conocimientos de esa época que nos eran ignorados, como la cura del "fuego invisible". Una lectura amena e interesante

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  5. Me gusta mucho y como escribe tan bien cuamdo lo.lees te transporta a esa época, con una gran maestría.Me sucedió lo mismo que cuando leí Los pilares de la tierra de Ken Follet. Es novedoso que escriba sobre un suceso histórico de nuestra región. Todo lo.que he leído.de Gregorio me ha encantado. Es un maestro de la pluma.

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  6. Me ha encantado conocer ese interesante mundo de las palomas mensajeras.

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  7. Me ha encantado la imagen del palomar. También hay algunos conceptos que, para los "profanos", sería curioso conocer como: "impuestos de pecho". En la edición definitiva ¿estaría bien un apartado de notas?

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