LA GARDUÑA. X LA PRUEBA

 Taberna del Mesón del Lino

 

X

LA PRUEBA

 

    Tomad uno de esos farolillos del aparador de la puerta y dejad una blanca en ese cuenco, por la vela. Cuando regréséis, lo devolvéis -le ordenó el hombre.

    Don Rigoberto lo asió y prendió el cirio con otro encendido que se encontraba en un candelero sobre el tablón del mueble. Depositó la moneda y siguió los pasos de aquel desconocido, no desprovisto de desconfianza.

    Tanteó con la mano izquierda la daga que llevaba al cinto. Se puso el capuchón y se embozó el capote con su mano derecha. Al alejarse del Mesón, apenas se percibía la iluminación de los hachotes de su puerta y sólo la tenue luz de la candileja que llevaba alzada en su mano izquierda, le permitía ver el suelo que pisaba por aquellas angostas y tenebrosas calles que, entrada ya la madrugada, devolvían el sonido mate y sordo de los pasos sobre el desgastado pavimento de boliches.

    Dado el toque de queda por las campanas de la ciudad, estaba terminantemente prohibido el callejear, salvo fuerza mayor. Así que andar de trasnocha, podía tener el mal final de encontrarse con una patrulla de alguaciles y ser preso sin más contemplaciones. Por ello se llevaba el farol casi escondido bajo el embozo, alumbrando lo mínimo para no tropezar y caer.

    De pronto, al volver una esquina, dejó de ver al hombre a quien seguía. Levantó más el farol para ampliar el área iluminada, pero no logró verlo.

    Dio unos pasos más, adentrándose en la calle, y dos hombres se le abalanzaron inmovilizándole. Sintió un golpe contundente en la cabeza, se sumió en la oscuridad y perdió el conocimiento. 

*  *  *

    Recobró el sentido. Se encontró tumbado en el suelo en un cuarto poco iluminado. Le dolía la espalda. Tocó su cabeza y palpó un tolondrón voluminoso en el parietal derecho, por encima de la oreja.

    Un fornido individuo parecía estar dormitando sentado en una banqueta, con la espalda apoyada en una pared y las piernas estiradas. Buscó con sus dedos, bajo el jubón, el esquero en que portaba las monedas. Estaba en su sitio. Con su otra mano, comprobó que la daga también se encontraba en su cinto. No aparentaba haber sido objeto de robo.

    Intentó incorporarse y con sus movimientos sacó de su somnolencia al hombre que le vigilaba.

     Tended vuestro ímpetu, joven le ordenó el desconocido, que no podréis salir vivo de esta casa si buscáis riña. Aguardad.

    Atrancó la puerta por fuera al salir. Transcurrió un pequeño rato y regresó con el hombre al que había acompañado don Rigoberto desde el Mesón del Lino.

    Perdonad las formas, pero es el método más idóneo para impedir que conozcáis dónde os encontráis le explicó el jugador de naipes. No podemos arriesgarnos, como comprenderéis.

    Bien me podíais haber velado la vista con una carátula o un capuchón ciego, en vez de golpearme se quejó don Rigoberto.

    Sí, podríamos. Pero no queremos. Mi nombre es Juan de Tordesillas. Este es Pedro el Sapo refiriéndose al grandullón. Y sujetaos una moneda con un trapo en ese tolondrón que os ha nacido en la cabeza. Os lo bajará de cardenal a clérigo llano.

    Alonso de Alquipir, en la frontera con el Reino de Granada contestó don Rigoberto.

    Nos dedicamos a hacer algunos trabajillos, digamos, algo oscuros, por los que nos pagan muy bien. Desde descuidos y hurtos hasta grandes robos. E incluso alguna mojada por encargo. ¿Estaríais dispuesto a enrolaos? le preguntó Juan de Tordesillas.

    ¿Cuánto se cobra? le interrogó don Rigoberto.

    Un tercio de todo lo que afanéis. A cambio, se os dará protección y cobertura para que no os prenda la justicia le respondió el Capataz de la Sombra, como era conocido el facinoroso. Una de las partes es para el chivato, si es que os ha facilitado información.

    Me place. ¿Y cómo he de obrar?

    Os pondremos a prueba. Si la pasáis con éxito, os haremos miembro de nuestra cofradía.

    Acepto, pues confirmó don Rodrigo.

    Mañana tarde nos veremos de nuevo en el Mesón del Lino. Procurad averiguar sobre algún mercader capaz de ser tan ganso como para dejarse descuidar la bolsa. Y ya veremos qué tal os portáis.

    No os defraudaré contestó don Rigoberto.

    Fue encapuchado y sacado del edificio a  ciegas, escoltado por los dos individuos que le guiaban. Tres calles más allá, lo despojaron del antifaz y le entregaron el farol que había cogido en el Mesón del Lino.

    Id con Dios y cuidaos le dijo uno de ellos. Hacia allá está el Mesón indicando con el índice de la mano derecha la dirección a seguir.

    Don Rigoberto no reconocía la calle en la que se encontraba, pero se dirigió en la dirección señalada. Al final de aquella calle, se podía ver cierto resplandor. Alcanzó su esquina y vio las luces de los hachotes de la fachada del Mesón a unos cien pasos. Aceleró el ritmo de la marcha, llegó al portón, que estaba sólo encajado, lo empujó y se abrió lo suficiente para dejarle paso.

    Alonso de Alquipir, cuarto siete le dijo al vigilante de noche que se hallaba cerca de la puerta, iluminando su cara con el farol.

    Pasad y haced el menor ruido posible. Respetad el sueño de los demás.

    Subió las escaleras, pasó lo más sigiloso que pudo por el ruidoso corredor y llegó hasta su habitación. Abrió la puerta empujándola, entró en la habitación y la atrancó. Se echó en el catre y apagó el farol. Sería cerca de la hora de Laudes.

     Trató de ordenar sus ideas. «¡Cual cuadrilla de malandrines!» pensó don Rodrigo. «Mas creo estar en el camino acertado. Estos malhechores, de uno u otro modo, me llevarán a los asesinos de esos banqueros que tanto preocupan al rey y a su valido». 

* * *

    Golpearon la puerta. Don Rigoberto despertó y se lanzó a abrirla. Era él espingardero. Pasó adentro.

    Buenos días. ¿Aún estáis en la cama? Se ve que trasnochásteis. ¿Os fue bien con los envites? saludó Álvaro el Madrleño.

    Mas bien, no... respondió don Rigoberto.

    Pues os vendrá bien que os devuelva vuestros maravedís.

    Sin duda. Me dejaron sin blanca.

    Hay que dominar bien el arte del engaño para vencer a la Flor. Y más con esa caterva de tahúres profesionales que llenan las leoneras explicó el soldado.

    Y que lo digáis. ¡Mal San Lázaro les de!

     Y si se niegan a pagar, cuando ganas, peor que peor. Mas, ¡ea! Vestíos y vayamos a la taberna a que me cure la Trujillo y desayunarnos.

    Llevaba Álvaro el brazo derecho en cabestrillo, Por lo que le costó desahacer el nudo de la tapa de su escarcella, para extraer las monedas. «Tomad. Y muchas mercedes».

     El agradecido soy yo. He de comprar lino y regresad afirmó don Rigoberto.

    Eso será si no os despellejan de nuevo esta noche...

    Se llegaron hasta la taberna. Preguntaron por la Trujilla y pidieron vino caliente con pan duro, para hacer sopas.

    Al poco llegó la moza con una jofaina, vendas limpias y un cuartillo de vino caliente.

    Buenos días os de Dios, buenos mozos. A ver cómo va esa herida dijo María.

    Destapó la herida, limpió los labios. Comprobó que no estaba empozoñada y, aunque sí había sangrado, ya no lo hacía. Tenía un buen aspecto. Tomó el frasco del caro ungüento que le vendió el cirujano y se lo aplicó sobre la llaga, mientras murmuraba el conjuro de las heridas, que tantas otras veces había realizado: «en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo... aparta el mal y trae la salud. Que los santos médicos, San Cosme y San Damián intercedan ante Dios. Amén.»

    Cubrió con nuevas vendas la herida del brazo. Tomó tres blancas que le entregó el soldado y se despidió donosa: «quedad con Dios, o con el diablo, como mejor prefiráis, buenos mozos» yéndose alardeando de lozanía.

    ¿Es muy grande Alquipir? preguntó Älvaro a don Rigoberto.

    Es sólo un pequeño castillo de guarnición. Se encuentra entre Torre Jorquera por poniente y la fortaleza de Cehegín por el levante, en la retaguardia de la frontera.

     ¿Y venís desde tan lejos? ¿Es que no hay lino para comprar por aquellas partes?

     No de la calidad que se puede encontrar en Toledo. Y quiero comerciar con esos paños y ganarme unos buenos dineros revendiéndolos a la Encomienda de la Orden de Santiago de Caravaca  contestó do Rigoberto.

     Pues que os vaya bien el negocio, Alonso. Si estáis por aquí mañana, nos volveremos a ver. Aún me quedan cuatro días más de permiso y he de buscar a ese bellaco malnacido que no paga sus deudas. Que Dios os dé un buen día  se despidió.

    Don Rigoberto regresó a la habitación. Comenzó a esbozar un plan para aparentar haber hecho la guaña y apropiado de una importante cantidad de dineros, que atribuiría a un comerciante burgalés, poniendo sus propias monedas. Lo importante era deslumbrar a la cuadrilla de rufianes, para ganar su confianza.

    Entrada la tarde, apareció Juan de Tordesillas por el Mesón del Lino. Don Rigoberto se había unido a un grupo de paisanos que celebraba un buen negocio de paños. Juan se les acercó e hizo una seña a don Rigoberto.

    ¿No os place tomar asiento y brindar con estos hombres por la buena ventura de sus tratos? le dijo don Rigoberto.

     En otro momento lo haría con mucho gusto, pero ahora nos conviene que nos apartemos de estos señores, para librar nuestros negocios  le contestó Juan.

     Como os plazca más.

    Se levantó don Rigoberto y fueron a sentarse a una mesa sita en una zona más esquinada de la taberna, entre una columna y la pared.

     Y bien. ¿Cómo os ha ido?  le preguntó Juan a don Rigoberto.

     No me fue mal. ¡Loado sea Dios! De parte de un burgalés confiado  y puso el caballero una bolsa con cien maravedís encima de la mesa.

    Buenos inicios habéis tenido. Venid conmigo de nuevo. Vayamos a hacer las cuentas le ordenó el Capataz de la Sombra.

 (Continuará...)

Comentarios

  1. Ya veremos cómo sale D. Rigoberto de su aventura con malandrines y follones.
    ¡Y nos quejamos de la delincuencia q hay ahora! Awuellos tiempos sí que eran inseguros.

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