LA GARDUÑA. XI EL BAUTIZO
Don Rigoberto recibe la marca
XI
EL BAUTIZO
Llegaron hasta la casa a la que habían conducido la noche anterior a don Rigoberto. Un casa de hechuras típicas toledanas, con una fachada construida por un muro de piedras que se encajaban entre espacios de ladrillo: el conocido aparejo toledano, propio de la vieja técnica de los alarifes mudéjares. Una gran puerta de madera de doble hoja, con clavos de hierro, bajo un arco de herradura apuntado y enmarcado en un alfiz de ladrillo tallado. Dando hidalguía a la casona, se superponía el escudo nobiliario de la familia y que don Rigoberto leyó al instante: pertenecía a los Sampedro. Pasaron el zaguán en recodo, para evitar miradas indiscretas desde el exterior. Un banco corrido en piedra, al lado derecho desde la entrada, permitía hacer esperas sentado.
Seguidamente, un patio central porticado, que era el eje distribuidor de toda la casa, rodeado por pilares de madera sobre zapatas labradas, sustentadoras de los pisos superiores. En el centro del patio destacaba un aljibe que recogía el agua de lluvia. El suelo estaba pavimentado con ladrillos dispuestos en espiga. Una casa lujosa.
Subieron las amplias escaleras hasta el primer piso y accedieron al gran salón de recibir. Destacaba por su techumbre de madera en armadura de par y nudillo, minuciosamente labrada, pintada en tonos rojos, azules y dorados, con motivos heráldicos.
Al centro, el escudo policromado de la casa: dos llaves de plata cruzadas en sotuer con los ojos hacia arriba, acompañadas en el jefe por una estrella de ocho puntas de oro.
Poco después, apareció un anciano de lento caminar, arrastrando los pies. «¿Es este mozo el postulante?» —preguntó dirigiéndose a don Rigoberto.
—Este es. Y a fe que ha postulado con buen pie, porque ha conseguido en su primer día, cien maravedís. Aquí están —dijo Juan, enseñando la bolsa que los contenía. Alonso de Alquipir tiene por nombre.
—Estaréis un año de novicio, como chivato, pero podríais ascender a floreador antes, si os lo merecéis y fuese necesario. Se os dará comida y se os hospedará a nuestra costa. ¿Os place?
—Sí nos place —señor...
—Capataz de Santa Justa. Con eso os sobra para conocerme y llamarme —le contestó con árido tono. —Juan: acompañadlo a la sala de la iniciación.
El Capataz de la Sombra, golpeó el hombro de don Rigoberto, llamando su atención. —Venid conmigo.
Fueron a una sala cercana. Carecía de ventanas y se encontraba iluminada con una sola antorcha. Todas sus paredes tenían un banco de piedra corrido. Y, en la de enfrente a la puerta de entrada, había un sitial de madera de alto respaldo y una mesa delante. Sobre la tabla un crucifijo, una biblia, dos puñales cruzados y recado de escribir.
—Desnudaos de cuerpo y poneos esto. Anudarla a vuestro cuello —le dio una especie de capa parda.
Le instruyó sobre la ceremonia en la que iba a ser bautizado y lo que debería responder a cada pregunta que se le iba a hacer. —Esperad aquí a que se reúna la Junta.
Quedó a solas don Rigoberto en aquel salón tenebroso, en el que las sombras que producía la llama de la antorcha de sebo, semejaban a las de las ánimas errantes. Recordó cuando veló armas en vísperas de ser armado caballero por don Alonso Fajardo. Aunque dominaba sus nervios, un desasosiego le alteraba el corazón. Sabía que jugaba con fuego y era fácil quemarse. Comenzó a rezar un Rosario, para ocupar su mente y ayudar a pasar el tiempo.
Se despojó de las ropas que vestía, quedando sólo con las calzas y dejando su torso desnudo. Guardó junto a sus genitales el esquero con las monedas que llevaba, después de apretarlo bien para evitar que sonasen al andar.
De improviso se abrió el portón y entraron unos ocho o diez encapuchados con antorchas, iluminándose la sala. Fueron colocando los hachones en los anillos de forja que circundaban a la estancia. Y tomaron asiento en los bancos de las paredes.
—¡Silencio! ¡El capataz! —gritó el que parecía ejercer de maestro de ceremonias.
Al poco entró el anciano con el que don Rigoberto había hablado al llegar. Continuaba arrastrando los pies. Vestía una ropeta de color azul noche sobre el jubón. Calzas negras y un tabardo pardo de buen paño y puyas de cordobán por calzado. Espada con los gavilanes a la vista, puñal orejero a la cintura, limosnera al cinto y un gran rosario de hueso al cuello.
Se dirigió al sitial del fondo del cuarto y se sentó.
Dos hermanos encendieron un braserillo que pusieron sobre un trípode junto a la mesa.
—Dios guarde a los hombres de bien y confunda a las justicias —dijo situándose entre el sitial y la mesa. —¿Está el nido a buen recaudo y libre de soplones?
—Lo está —contestaron al unísono los miembros de la asamblea. En su mayoría guapos y floreadores.
—Y comenzó a recitar: «en el nombre de Dios Nuestro Señor y de la Santísima Virgen, por la gracia concedida a nuestro santo ermitaño Apolinario, doy por abierta esta Junta de la Santa Cofradía.»
—Hermanos, un nuevo sarmiento busca ser injertado en nuestra cepa; un postulante aguarda a las puertas para probar su fe y su sangre. Guardad el silencio de las sombras, que la asamblea de noviciado va a comenzar —continuó. Viene presentado por nuestro hermano Juan, quien responde con su propia vida por su lealtad y destreza. Venid hasta aquí, hijito —le ordenó el anciano a Don Rigoberto, que se acercó solemnemente.
—¿Quién sois y ante quién buscáis amparo? Le preguntó el Capataz de Santa Justa.
—Alonso de Alquipir. Mi padrino es Juan de Tordesillas, que me acompaña a mi lado —contestó don Rigoberto.
—¿Venís por vuestra libre voluntad u os trae el miedo a la justicia del Rey?
—Venimos por libre voluntad.
—Si la justicia os prende y os aplica el tormento del agua o el potro, ¿qué dirán vuestros labios?
—Mis labios callarán aunque mi carne se rompa.
—¿Estáis dispuesto a derramar la sangre de tu propio hermano de madre si este traiciona a la Cofradía?
—Estamos dispuestos.
—¿Qué diezmo y tributo debéis entregar a las arcas de nuestro santo patrón?
—La tercera parte de todo lo ganado con el hierro o la astucia —contestó.
—¿Traéis las manos limpias de soplos y el pecho libre de engaños? —le interrogó el capataz clavando su mirada en el postulante para detectar el más mínimo titubeo que, de apreciarlo, interrumpiría sin más la ceremonia con fatales consecuencias.
—Las traemos —afirmó el joven extendiéndolas con las palmas hacia arriba.
Extrajo entonces el puñal de orejas, tomó la mano izquierda del novicio, extendió el brazo y le produjo un corte rápido y superficial. Comenzó a sangrar sin que don Rigoberto se inmutase. Besó entonces la hoja ensangrentada del arma, como símbolo de sumisión a la violencia de la hermandad.
Mientras sangraba, Juan de Tordesillas puso los dos puñales que estaban sobre la mesa en el pecho desnudo de don Rigoberto y éste, con gran solemnidad, poniendo su mano derecha sobre la biblia, pronunció la fórmula de compromiso: «juro a Dios y a mis hermanos, fidelidad eterna a la Garduña; guardar silencio sobre todo lo que vea y oiga; obedecer ciegamente a mis superiores; socorrer a mis hermanos en cualquier peligro y entregar fielmente la tercera parte de todo lo que gane a las arcas de la cofradía. Si así lo hiciere, Dios me lo premie; y si no, estos puñales traspasen mi pecho y mi memoria sea maldita por siempre».
—Yo, en nombre de la Santa Cofradía de la Garduña, te recibo por hermano. Cumple tu juramento y tendrás amparo; fáltale, y la muerte será tu castigo —le respondió el Capataz, mientras le cauterizaba la herida con la hoja candente de su puñal, que había dejado sobre las ascuas del brasero, sin que don Rigoberto hiciese gesto alguno—. En adelante se os conocerá como Alonso el Gavilán.
Por último, el Capataz de Santa Justa, tomó un afilado punzón, lo mojó en tinta de humo hecha con carboncillo muy picado disuelto en vino, y le tatuó la marca de la hermandad en la mano izquierda: tres puntos negros equidistantes entre el pulpejo del pulgar, el del índice y el centro de la palma de la mano.
—Abrazad al novato —ordenó el anciano y, a seguido, comenzando por Juan de Tordesillas, le fueron abrazando uno tras otro los miembros de aquella asamblea de malhechores.
(Continuará...)

👏👏👏
ResponderEliminarPero qué inocentes eran todos en esos tiempos ... sólo con su palabra todo estaba dicho...y a costa de su sangre " equivalente"a no quejarse por nada 👏👏 gracias maestro 😘
ResponderEliminarEn la boca del lobo has metido al pobre Rigoberto.
ResponderEliminarEspero que te apiades de él y no le hagas pasar muchas fatigas.
Queda emocionante el relato. 👍👍