LA GARDUÑA. XII LA CONSULTA
XII
LA CONSULTA
La tarde anterior había llegado Tariq, el pupilo de Leví, a Tarragoya. Había aprovechado el regreso desde Lérida, para visitar a su familia en Crevillente, acordando con su amo y maestro el verse en la alquería unos días más tarde.
Amaneció un día diáfano, con esa claridad que lucen las mañanas septembrinas tras haber despejado la tormenta de la tarde anterior.
Leví y Tariq comieron un poco de pan y queso y montaron en sus caballos, ya ensillados por Tiburcio, y se encaminaron a la fortaleza de Caravaca.
Se dirigieron hacia la Junquera, en cuyo abrevadero descansaban caballos y caballeros de la patrulla santiaguista de jornada.
—Dios os guarde—saludó Leví al llegar a su altura.
—Que os dé un buen día —respondió uno de los tres adalides que componían aquella patrulla. Vestían dos de ellos palatoque blanco de Santiago, abierto por los lados para facilitar la cabalgadura, con la cruz roja en forma de espada de la Orden al pecho. Cota de malla y gambesón, con bacinete en la cabeza y grebas y quijotes en piernas y muslos, así como guanteletes en los antebrazos. Lucían espadas bastardas al cinto.
El otro soldado era concejil y llevaba un capote pardo, que le cubría una sobreveste ajada por el uso y de color oscuro, sobre un jubón de cuero. No vestía ni cota de malla ni protección en brazos y piernas. Un bacinete de hechuras baratas le cubría la cabeza. Y una ballesta era todo su armamento.
—¡Mi buen Leví! ¡Alabado sea el Santísimo, aunque vos seáis judío! —exclamó el santiaguista de más edad, que había reconocido al médico. ¿Váis a pasar consulta a Caravaca, verdad? Lo pregonó ayer el alcalde, don Juan Melgarejo.. Tenéis preparado los trastos necesarios en la plaza del Concejo.
—Así es, estimado Suero. Marchemos pues. Nos aguardan. Quedad con DIos, se despidió Leví.
—Nuestro Señor Dios y el bienaventurado Señor Santiago guíen vuestros pasos y guarden vuestra noble persona —le respondió el caballero.
Dejando a un lado Fuen-Barreanda, continuaron hacia el Estrecho de las Cuevas, en la ribera del río Quípar, donde estaba establecido el puesto aduanero del portazgo y desde el que su guarnición vigilaba constantemente. La componían dos atalayeros con lanzas, dos ballesteros y un escudero santiaguista al mando, resguardados desde una gruta fortificada.
Enseñó su sello de físico al cabo, que le acreditaba como médico del concejo de Caravaca. El joven escudero no conocía a Leví y le exigió que se identificara. El deambular de los médicos por el alfoz caravaqueño era habitual y estaban exentos de impuestos.
Continuaron el cauce del río hasta,después de vadear el río Chopea, abandaonarlo y alcanzar el paraje del Baño, donde se bendecían las aguas cada tres de mayo sumergiendo a la Santísima Cruz en las de las cercanas Fuentes que nutrían a la acequia mayor. Llegaron a la llamda popularmente puerta de Santa Ana, única de acceso al interior, por lo que oficialmente se le denominaba Puerta de la Villa, Era una recia oquedad abierta en el lienzo de la muralla de tapial. Estaba poderosamente protegida y flanqueada por dos grandes cubos o torres de defensa que permitían a los ballesteros de la Orden hostigar de forma cruzada a cualquier hipotético asaltante. Y, al igual que el castillo de afuera, tenía un diseño acodado para impedir que la caballería enemiga embistiera las hojas de madera a plena velocidad o utilizara arietes con facilidad. En total unas cuatro leguas habían recorrido desde Tarragoya.
Sobre la misma, estaban las salas capitulares, donde se reunía habitualmente el Concejo en tiempos de invierno y constituía el verdadero núcleo administrativo diario, donde se custodiaban los documentos oficiales, se cobraban tasas de portazgo y se reunían de forma privada los regidores y el Alcaide de la Orden de Santiago.
Intramuros, cerca de la Parroquia Mayor de El Salvador, estaba la Plaza del Concejo, donde se celebraban las asambleas vecinales y las sesiones capitulares, sobre todo en verano. Junto a ella, una casa de no muy grandes dimensiones, albergaba alguna de las cámaras de los regidores. Hasta ese espacio llegaron Leví y Tariq, tras el consabido paso de identificación ante la guardia al paso por la Puerta del Concejo.
En la plaza habían dispuesto todo lo que podría necesitar el médico: una camilla de camino de lona, una mesa y varias banquetas.
Aguardaban bastantes pacientes su turno para ser examinados por Leví. El encargado del cercano Hospital del Concejo, había organizado la consulta. Sin perder más tiempo, comenzaron.
—¿Qué os sucede, joven? —preguntó leví a un mozalbete de unos doce años, que llevaba dislocada la muñeca izquierda. Aguantaba las lágrimas de dolor para aparentar su capacidad de resistencia ante la abundante concurrencia de enfermos, pero el rictus de su cara indicaba que estaba sufriendo mucho,
—Me caí y me manqué —respondió el muchacho con voz lastimera.
—¿Os duele aquí? —preguntó el físico mientras hundía su dedo en la muñeca del enfermo.
—¡Ay! ¡Sí, síííííí! —respondió con un gran quejido.
—Bebed un poco —le dio a Tariq un frasco que Leví sacó de su arquetilla. Contenía un jarabe de vino con manzanilla y amapola. Se lo dio a beber al mozuelo y le ordenó esperar a que le hiciese efecto.
Mientras tanto llamó a otro enfermo.
—¿Y vos, qué mal tenéis? —le dijo a una mujer de unos cuarenta y tantos años. Iba acompañada de un hombre, su esposo, que se sentía, sin duda. Incómodo con aquella consulta.
—Creo que se me ha secado la madre —le dijo con voz susurrante. Y tengo ardimientos que suben desde mis partes al pecho —le contestó con timidez.
—¿Sentís opresión en el pecho?
—Y me falta el aire a veces —continuó explicando sus síntomas.
—Estáis en la edad crítica, sin duda. Consecuencia de vuestra edad. Tomó papel y pluma y comenzó a escribir en latín una receta para que le fuera hecha por el boticario: un electuario de polvo de raíz de valeriana, hojas de toronijl y una pizca de azafrán, todo mezclado con abundante miel. Es bueno para la bilis negra que se produce en vuestro estado. Y tomad en ayunas un cubilete de vino de sauzgatillo, que estabiliza la matriz. Lo podéis hacer vos misma: hervís las bayas machacadas en un mortero en vino y las dejáis reposar. Después lo pasáis por un cedazo fino y os lo tomáis —le prescribió Leví.
—Que DIos os llene de mercedes. Tomad esta media fanega de trigo, en pago de vuestros haberes —le dijo el esposo de la paciente. Y se fueron .
La escasez de dineros circulantes, hacía habitual el pagar en especies los honorarios de los profesionales. Especialmente los de médicos y boticarios. Sólo los caballeros e hijosdalgo hacendados disponían de maravedís o blancas, incluso enriques de oro, con los que pagar.
—Veamos esa muñeca. Debe haber hecho ya efecto el jarabe —dijo entonces Leví, yendo hacia el joven, que permanecía sentado.
Tariq sujetó firmemente el brazo del enfermo por el codo, mientras Leví le tomó la mano por los dedos y tiró con fuerza firme y continua en la dirección del brazo para separar los huesos de la muñeca y vencer la resistencia de los músculos contracturados. Mientras mantenía la tensión, el físico utilizó los pulgares de su otra mano para empujar el hueso desplazado hacia su cavidad natural hasta sentir que retornaba a su lugar.
Un gran grito rasgó la plaza y el muchacho se desvaneció.
Lo tumbaron en la camilla de camino y aprovechó el médico para untar la muñeca con un emplasto de clara de huevo y la envolvió con vendas de lienzo de lino limpio. Para inmovilizar la articulación, Tarig le colocó unas cañas atadas con ligaduras a los lados del antebrazo y de la mano.
Recobró el sentido en muy poco tiempo.
—Ya tenéis recolocada vuestra muñeca, joven. Mantenedla, al menos, una semana entablillada y no hagáis esfuerzos con esa mano —le recomendó Leví.
El que debía ser el hermano mayor del joven, le entregó un par de gallinas, como remuneración.
Siguieron atendiendo a los enfermos que guardaban cola para ser vistos por Leví, con la ayuda de Tariq. Un par de tercianas, para los que recetó cocimientos de corteza de sauce blanco, muy abundante en los bosques de ribera locales. Varios males de vientre, a los que indicó un tratamiento idéntico al que le prescribió al joven Guillem Ibáñez, en Orihuela: un tónico para cortar la diarrea y abundante hidratación.
Aquella jornada se ocuparía Leví de unos treinta enfermos. Lo que le supuso recoger varias fanegas de trigo y de centeno. una docena de gallinos, otras tantas arrobas de vino y de aceite e, incluso, una carga de leña. Cuando finalizó la consulta a media tarde —sólo interrumpida para tomar un bocado y permitid los rezos de las horas— llamó a Sebastián, el hospitalero.
—Os queremos hacer merced de todas estas vituallas, para que las destinéis al mantenimiento del hospital de vuestro encargo. Sé que os hacen falta —le dijo Leví a Sebastián.
—Que Dios os lo pague, buen Leví.
El Hospital del Concejo, tanto albergaba a peregrinos como internaba a heridos y enfermos. Estaba situado junto a la Puerta de la Villa. Siempre necesitado de mantenimientos y reparaciones. Así que aquellos víveres le venían muy bien al administrador de la alberguería piadosa.
Antes de marchar, Leví quiso visitar a un viejo amigo que residía en la calle de la Barbacana, junto a la cerca de la villa. Le extrañó que no hubiese ido a saludarle. Quizá no se hubiese enterado de que iba a pasar consulta, pero le resultaba curioso, pues se había pregonado bastante, según le habían comentado.
Giró desde la calle Barbacana por una azuqueca que formaba un patio común. Vio la puerta de la casa de su amigo cerrada.
—¿Buscáis a Lorenzo el batanero? —le preguntó un vecino.
—Así es.
—Sois Leví, disculpad que no os haya reconocido. Lorenzo estará en el batán, enviudó hace un año y pasa allí los días enteros en sus faenas. Como sabéis, no tuvo descendencia. Y tiene por aprendiz a un sobrino —le explicó.
—Me alegra el veos, Antón. Os agradezco la información. Trataré de saludarle yendo de regreso a Tarragoya. ¿Os encontráis bien?
—Con los achaques de la edad, pero bien a Dios gracias —contestó Antón el Viejo. ¿Y vos?
—Bien, igualmente. Quedad con Dios —se despidió Leví.
Al ir a cruzar la puerta, llevando del ramal a sus respectivos caballos, uno de los guardias les dio el alto.
—Señor Leví, aguardad. El escribano del concejo desea hablar con vos —le dijo el soldado.
Al poco llegó el bachiller Gregorio. De unos cuarenta años, vestía una loba negra, un bonete redondo y, al cinto, un escribanillo en que guardar los tinteros y las plumas de su oficio. También llevaba al otro lado de su cintura, una escaracela, con los sellos propios y los del Concejo. Calzaba borceguíes negros y, por las maneras de su loba, aparecían las mangas de un jubón de cuero pardo.
—En nombre del Concejo, señor Leví, quisiera pedios que volváis a ejercer como médico en Caravaca. El regidor Melgarejo, que ha tenido que dejar la villa por unos días, me ha encargado que le proponga el asunto y le comunique que, a falta de ratificar por el Consejo, se le remuneraría con doce mil maravedís anuales, treinta fanegas de trigo y otras tantas de cebada, treinta arrobas de vino y dos de aceite de oliva para vuestro consumo doméstico.
Se os exime de los impuestos municipales, salvo las penas, y casa franca sin pagos ni cargas militares. ¿Os acomoda? —le preguntó el bachiller.
—Pero yo he de residir en Tarragoya, con mi hija y mi yerno — respondió Leví con escasa convicción.
—Es del alfoz caravaqueño. Y vos podríais ir y venir, alojándoos en la casa que os facilite el Concejo, cuando os plazca o necesitéis venir. Y en ella tendríais vuestra consulta —le argulló Gregorio.
—Decidle que sí al regidor. Acepto en los términos propuestos.
—Que DIos os lo pague —le contestó el bachiller.
(Continuará...)

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