LA GARDUÑA- XIII EL ASEGURAMIENTO

Convento Carmelita de Toledo desde el puente de Alcántara

 

XIII

EL ASEGURAMIENTO

  

    De nuevo, don Rigoberto había regresado al Mesón del Lino bien entrada la madrugada.

    Durmió poco, pues a primera hora  Álvaro el Madrileño volvió a golpear en su puerta. Con disimulada cortesía le saludó y le acompañó a la taberna a desayunar y a que fuese curado por la Trujilla.

    Mientras vendaba al espingardero, don Rigoberto creyó ver en la mano izquierda de María la Trujilla la tres puntos negros de la marca de la Garduña. No hizo ningún visaje que pudiesen delatarles. Más tarde comprobaría si no le había engañado la vista.

    Hoy me marcharé. Dejo el Mesón informó don Rigoberto a Álvaro.

    Como novicio de la Garduña, se trasladaba a la casona de los Sampedro, donde se le había brindado alojamiento y manutención. Era necesario hacer minuciosamente cuanto se le indicase, para crear la suficiente confianza como para que no se levantasen sospechas sobre su verdadera identificación y su misión.

    ¿Habéis ya cerrado vuestros negocios? le preguntó el Madrileño.

    A punto están contestó don Rigoberto.

    Me alegro por vos. Si alguna vez volvéis por Toledo, podréis localizarme, si la muerte no me ha llevado antes, en la compañía de espingarderos de la guardia del rey. Estaré siempre a vuestra disposición se ofreció el soldado.

    Os agradecemos la vuestra merced contestó el caballero.

    Se tomaron por los antebrazos con las manos, en señal de amistad y se despidieron.

    Se dispuso a partir. Primeramente fue a ver al mesonero, para pagar el hospedaje.

    Nada debéis, joven. Vuestro adelantamiento de dineros cubre vuestro gasto. Podéis recoger vuestras mulas e id con Dios y con la Virgen le contestó el albergador.

    Mientras un mozo le traía las acémilas, trató de buscar a la Trujilla. Tenía gran deseo en averiguar si llevaba o no grabada la marca en su mano. Pero le fue imposible.

    ¿Podéis avisar a la Trujilla? Quisiera despedirme de ella preguntó a un mozo que echaba serrín al suelo de la taberna.

    Ha un rato que marchó del Mesón. Quizá salió a mercar. A proveer bastimentos para la casa, casi seguramente le respondió, al tiempo que se limpiaba el sudor de la frente con la manga.

    Despedidme de ella, os lo ruego.

    Descuidad, que así lo haré le respondió.

    Tomó del ramal la recua de mulas y salió del Mesón del Lino, encaminándose hacia la casona de la calle donde estaba la casa de los Sampedro,

    Enseñó su mano izquierda al portero, quien le dejó pasar hasta el patio interior. En su alrededor, en la planta baja, se distribuían las cuadras para las caballerías, los graneros y los almacenes donde se guardaban las tinajas de vino, el aceite y otros suministros y mercaderías. En el ala izquierda entrando, se habían habilitado cinco habitaciones para los chivatos, donde darles albergue. Una sexta habitación, mucho más amplia que las otras, hacía de sala de comer, salón de esparcimiento y cámara de reuniones, donde se impartían las instrucciones de los superiores de la cofradía.

     Después de acomodar a las bestias y  quedar a recaudo del mozo de cuadras en las caballerías de la casona, don Rigoberto (Alonso el Gavilán), fue llamado a la planta noble, en la primera planta.

    Tras un poco de espera, fue recibido por el Capataz de Santa Justa en la sala de recibir, donde había ya estado el día anterior.

    Pasad, Alonso, pasad. Sentaos donde os plazca le indicó el anciano.

    Tomó asiento en un arca de sentar, lejos de la poltrona donde se encontraba su interlocutor.

    Acercaos más a mí. Tomad esa cómoda silla de tijera, y colocadla por aquí  le ordenó.

    Alonso como veis, soy ya un anciano que tiene cerca la otra vida. He de buscar un sucesor y los guapos y floreadores que me rodean, no tienen suficiente juicio. Ni siquiera Juan, el Capataz de la Sombra, goza de una digna mollera. Sin embargo, vos sois otra cosa. La templanza con la que ayer soportásteis el corte en vuestro brazo y su cauterización, en impertérrito y firme ademán, me hace pensar que vos sois un elegido. He hecho muchos bautizos y  ningún primerizo respondió como vos.

    Si os portáis como espero, hablaré en vuestro favor con el Hermano Mayor para que os dispense del tiempo de permanencia como chivato y os nombraré mi sucesor en breve.

    Me honráis en suma contestó el caballero.

    Os daré ahora unas instrucciones personales le dijo el anciano. Hoy mismo, acercaos al Convento del Carmen y formalizar vuestra solicitud en la Cofradía de la Caridad. Pronto celebrará cabildo y podréis ingresar como hermano. Os asegurará el entierro y el lugar de descanso eterno, aun siendo ajusticiado.

     »Luego, llegaos hasta la alcaicería y encargad vuestro sello de bronce o plomo. Deberá contener un gavilán y la leyenda que creáis oportuna. Preguntad por el taller de maese Fernando de Alcalá. Es de cofianza.

    »Y por último, pasaos por la parroquia de Santa Justa y poneos en lista para acogeros a sagrado de ser necesario. Decid que sospecháis que se va a dictar orden de arresto contra vos. Pagad unas monedas y seréis inscritos sin muchas preguntas. Hacedlo como Alonso de Alquipir, el Gavilán, para que no hayan confusiones. A todo ello os acompañará vuestro padrino.

    La situación en Castilla, y en Toledo en particular, era tal, que bastaba sospechar que iban a denunciar a una persona, para que pudiese solicitar acogerse a sagrado. Frecuentaban las denuncias en falso. Si se temía que en el futuro se cometiera un delito en su contra o que sus enemigos políticos le fabricaran una acusación criminal, se recurría al soborno de un clérigo de la iglesia de las Santas Justa y Rufina, a fin de que llevara a cabo un fraude documental sofisticado.

   Dado que el derecho de asilo exigía una persecución o un delito ya consumado para activarse, el soborno no se utilizaba para inscribirse antes de tiempo, sino para falsificar el registro a posteriori. Si el individuo cometía un delito o era acusado de traición, tenía concertado con el clérigo la redacción de un acta de asilo con una fecha falsa anterior al despliegue de la justicia civil, simulando que ya estaba bajo la estricta protección de la Iglesia antes de que se le persiguiera.

    Y ese antedatado de actas, era lo que realizaban habitualmente los hermanos de la Garduña, para hacer valer el proverbio de que «hombre prevenido, nunca vencido».

    Lo que más le ocupó fue que le hicieran el cuño. Antes, había llegado hasta el Convento de Santa María del Carmen.

   Se trataba de un conjunto de arquitectura mudéjar toledana, edificado sobre la antigua iglesia mozárabe de Santa María de Alfizén. Se alzaba justo debajo del Alcázar, muy próximo al Puente de Alcántara, frente al Castillo de San Servando, al otro lado del río.· Estaba en una de las laderas más escarpadas de la ciudad, delimitado en su parte inferior por las murallas y las aguas del Tajo, donde los monjes poseían extensas huertas y disfrutaban de un entorno natural privilegiado.

   Fueron recibidos por el portero, un fraile lego que cojeaba ligeramente. Vestía túnica parda por encima de los tobillos, su escapulario identificador de la Orden con un hueco para el cuello para su colocación, con un cinturón de cuero negro y esclavina con capucha de color marrón.

   Deo gratias. ¿Quién llama a las puertas de Santa María del Carmen y qué buscáis en esta su casa?    

    Hermanos de la Caridad. Vengo a  proponer un nuevo pretendiente contestó Juan.

    —Pasad en buena hora y esperad en el zaguán. Iré a dar mandado al señor Mayordomo y al escribano de la Santa Caridad. Dios guarde vuestra compaña les indicó el portero.

    El zaguán era en suma austero. De techos altos con vigas de madera y paredes gruesas de mampostería encintada con ladrillo toledano. El suelo estaba pavimentado con guijarros del río Tajo, formando dibujos geométricos. Un banco corrido de piedra adosado al muro para acomodar las esperas, un gran crucifijo de madera y una pintura de la Virgen del Carmen en la pared, con una pequeña hornacina con un candil de aceite para iluminar el espacio al atardecer, formaban todo su mobiliario. Y una robusta cancela hecha con reja de hierro forjado, separaba el zaguán del claustro principal, impidiendo que se pasara sin permiso hacia la clausura.

    Pasad, acompañadme. Os recibirán en el locutorio contiguo —les dijo el fraile lego, indicándoles el lugar a donde debían dirigirse con el brazo extendido, tras su regreso del claustro con un andar forzado que intentaba disimular su cojera.

    Proveniente de la iglesia, un intenso olor a cera les golpeó en el rostro al entrar en el claustro y los cánticos conventuales de los novicios en el coro, envolvían a los visitantes en un ambiente de espiritualidad casi mística.

    Aguardaba en la estancia, Alfonso Gómez de Illescas, el escribano de la Cofradía de la Santa Caridad. Era una sala pequeña, situada inmediatamente al lado de la entrada al convento. Contaba con una mesa de madera de pino y unos escaños donde el escribano de la hermandad revisaba la documentación de los candidatos sin alterar la paz del convento. Rodeado de estanterías con legajos y documentos, un intenso olor rancio a pergamino y tinta de agallas inundaba aquella escribanía.

    El fiel de hechos, vestía de oscuro, con bonete y calzado de cuero negro y su imprescindible escribanillo al cinto.

    Así que deseáis ingresar en la Santa Caridad dijo mientras se acomodaba en su escaño, frente a la mesa.

    —Ciertamente. Le apadrinamos un servidor y don Jorge Sampedro. Aquí está documentado comentó Juan de Tordesillas, mientras le entregaba un documento firmado por los fiadores, y en los que los avalistas declaraban que el pretendiente era persona de buena fama y limpia de toda mala raza.

    Buen apadrinamiento. Si responde de él don Jorge, buenas agarraderas trae respondió el fedatario.

    »¿Acreditaciones de su casamiento y fe de bautismo de su párroco? continuó.

    Aquí están mientras Juan depositaba dos enriques de oro en la mano izquierda del escribano.

    Quedan acreditados suficientemente murmuró el secretario de la Cofradía, haciendo resbalar las monedas bajo un viejo libro de actas que descansaba sobre la robusta mesa de nogal.

    Don Rigoberto observaba aquel ritual detenidamente, como si no fuese él el principal de aquella escena. Le parecía estar viviendo una burlería onírica.  

    Tomó entonces papel y fue escribiendo:

    «El firmante, Alonso de Alquipir, por otro nombre el Gavilán pronunció en voz alta, mientras cotejaba el nombre con la carta de fiaduría aportadasuplico al señor Mayordomo y demás cofrades de la Santa Caridad, me asienten por hermano en vuestra santa hermandad. Por cuanto soy cristiano viejo de limpia sangre, vecino de buena fama, y vengo a dar la mi obediencia a las vuestras ordenanzas y a meter mis manos entre las de los vuestros hermanos para servir a Dios Nuestro Señor en el amparo de los pobres y almas de los finados.»

    Don Rigoberto firmó el documento y abonó treinta maravedís de vellón por la limosna de entrada, para satisfacer tanto los gastos de asentamiento, como para la compra de una libra de cera.

    Vuestro ingreso es ya solicitado y asentado en el Libro de Notas —dijo el de Illescas, mientras espolvoreaba arenilla sobre la página para secar la tinta. Quedáis mandado a parecer en la capilla con la vuestra cera, el domingo de la Trinidad para hacer el juramento solemne concluyó.  

     Os agradecemos vuestra diligencia, señor escribano le respondió el padrino.

  Dad recuerdos a don Jorge de mi parte se despidió invocando intencionadamente al noble toledano.

    Se dirigieron seguidamente al taller de maestre Fernando de Alcalá, en la alcaicería, a encargar un cuño de plomo.

    Les recibió un aprendiz, que avisó al platero con diligencia.

    Del interior del obrador, surgió un hombre de unos cincuenta años, de piel aceitunada. Ojos oscuros y penetrantes, de mirada astuta. Lucía una barba canosa, recortada de forma pulcra según la moda burguesa de la época. De familia conversa, vestía una túnica de paño recio de color pardo, protegida por un mandil de cuero grueso que le cubría el pecho y el regazo. Las manos aparecían ennegrecidas por el carbón de los hornos.

    ¿En qué puedo servios? preguntó con cortesía rutinaria.

    Necesitamos un cuño de plomo hueco o  abollado, para Alonso el Gavilán, que me acompaña. El os explicará cómo ha de fabricarse dijo Juan, mientras mantenía su mano izquierda abierta enseñando la marca de la Garduña.

    El platero enseñó también la suya, en rápido ademán rutinario, en la que se veían los tres puntos negros identificadores de la siniestra hermandad.

    Llevará al centro un gavilán e irá bordeado con el lema «ex alto omnia conspicio».

    Tendré la matriz para pasado mañana dijo, mientras tomaba nota del diseño.

    Regresaré entonces en dos días contestó don Rigoberto.

    Más tarde, cincuenta maravedís, fueron suficientes para cohechar a un sacristán y a un turbio clérigo de la parroquia de Santa Justa, y dejar preparada el acta de acogimiento a sagrado antedatada.

    Eran tan habituales esas actas preventivas, que estaban redactados  los borradores de antemano en papel de trapo. Cerca de la hora de comer, habían terminado sus asuntos de la jornada, tendentes a asegurar su futuro.

    ¡María, ¿qué hacéis vos aquí?! exclamó don Rigoberto al cruzarse con la Trujilla que salía de la casa de don Jorge Sampedro, al tiempo que entraban en ella los dos hombres.

    He venido a dar un recado ¿y vos? le contestó con cierto nerviosismo.

    Don Rigoberto miró la palma izquierda de la mano de María, en la que estaban tatuados los tres puntos negros de la marca. El caballero enseñó la suya para que la viera. Ambos quedaron identificados.

    ¿Viviréis aquí? preguntó la Trujillla.

    Así es contestó el caballero esbozando una leve sonrisa entre los labios, mientras sus miradas chocaban directamente.

    Vendré a visitaos. Quedad con Dios, Alonso. Me urgen en el Mesón  se despidió la moza.

    Id con él le contestó el caballero.

 

(Continuará...) 

 

Comentarios

  1. enhorabuena Gregorio, me encanta ir leyendo cada capitulo. mil gracias

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  2. Qué interesante capítulo, y qué curiosos todos esos trámites administrativos a que tiene que someterse D. Rigiberto18 de julio de 2026 a las 23:23

    Y qué curiosos trámites que debe cumplir D. Rigoberto. ¿De dónde sacas tan minuciosa información. 👍🥖

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