LA GARDUÑA- XXIX REGRESO Y LUTOS

 

 

 Atravesando la Sierra de Guadarrama

XXIX

REGRESO Y LUTOS

     

    

    Antes de pisar el patio de armas, don Rigoberto se desvió hacia las dependencias privadas del capitán Barassa. El aposento, sobrio y con olor a cera de abejas, ofrecía la última tregua antes de la intemperie. Sobre una recia mesa de nogal descansaba la sobreveste que debía sellar su transformación definitiva, la misma que él mismo había dejado al entrar al alcázar.

    El cambio de vestimenta no era un mero trámite, sino un acto de sepultura. Con ayuda de un paje silencioso, don Rigoberto se despojó de las ropas que portaban los emblemas de Majarazán. En su lugar, el muchacho desplegó las vestiduras con los colores y las armas de la casa de Sampedro. Cada costura, cada brocado y la insignia bordada en el pecho proclamaban ahora al heredero oficial del marquesado de Sampedro, legitimado por la firma de Enrique IV.

    Barassa entró en la estancia justo cuando el caballero se abrochaba la capa. El viejo militar observó el cambio con una mezcla de respeto y severidad, sabedor de los peligros que aguardaban a quien cabalga entre los secretos de la corona y las sombras del reino.

    —Os sienta bien ese escudo, don Rigoberto —dijo Barassa, con una voz profunda que denotaba fatiga—. En Segovia los hombres cambian de piel con facilidad, pero pocos lo hacen con la bendición del rey y de su privado.

    —Las exigencias de la tierra y del linaje, comandante —respondió el joven caballero, sosteniendo la mirada con la altivez que exigía su nuevo rango—. Castilla se agrieta y cada cual debe asegurar sus muros.

    —Cuidad que esos muros no se os caigan encima —advirtió Barassa, dando un paso al frente y estrechando la mano del caballero con firmeza—. El camino a Toledo está infestado de ojos y los hombres del marqués de Villena no ven con agrado a quienes portan el favor de don Beltrán. Llevad los ojos abiertos y la mano en el pomo.

    —No os quepa duda, capitán. Agradezco vuestro hospedaje y vuestra discreción. Que la Virgen os guarde en esta plaza —se despidió don Rigoberto con una sobria inclinación de cabeza.

    —Buen viaje, señor de Majarazán. Que el acero os sea fiel —sentenció Barassa, abriéndole la puerta que conducía directamente a las escaleras del patio de armas.

    Don Rigoberto avanzó con paso firme para llegar al patio, reunir a la comitiva y emprender el regreso a Toledo.

    Junto a las tres caballerías estaban Roi el Cebreiro que mantenía los ojos fijos en las monturas con gesto hosco, y Sebastián el Pesquero. El cansancio del viaje de ida y la asfixiante presión de la corte los tenían al límite de sus fuerzas.

    El tintineo de las espuelas de don Rigoberto al descender los últimos peldaños rompió el mutismo del patio. Ambos hombres se enderezaron al ver los brocados y el porte señorial de su líder, pero don Rigoberto sabía que la fidelidad de sus hombres no se alimentaba de telas costosas ni de firmas regias, sino de metal contante y sonante.

    Sin mediar palabra, el caballero metió la mano bajo la capa, buscando la bolsa que el rey Enrique IV le había entregado en el despacho. Desató los cordones de cuero y, con parsimonia estudiada, fue extrayendo cuatro relucientes enriques de la silla.

    —Un buen viaje merece una buena paga, y el favor del rey alcanza para quienes guardan el orden de esta marcha —anunció don Rigoberto con voz firme y baja, aunando el tono imperioso con la discreción—. Pero el oro de la corona exige bocas cerradas y ojos atentos en el camino. Lo que se ha visto y oído en este Alcázar os pertenece solo a vosotros dos y se queda en Segovia.

    Para asegurar un silencio absoluto se acercó a los dos hombres de su pequeña comitiva. Miró fijamente a Roi el Cebreiro y dejó caer dos enriques de oro en su palma curtida. El peso y el brillo del doble metal noble hicieron que el rostro hosco del hombre se relajara al instante, sepultando cualquier recelo bajo la codicia. Acto seguido, se plantó ante Sebastián el Pesquero y le entregó también dos monedas de oro que sellaban definitivamente el pacto de lealtad inquebrantable entre ambos.

    —A las monturas. Partimos de inmediato, señores —ordenó don Rigoberto, ajustándose los guantes de cuero.    

    En pocos minutos, los caballos cruzaron el rastrillo del Alcázar y descendieron en solitario por las empinadas y empedradas calles de la ciudad, dejando atrás las torres de Segovia cuando el sol aún no amenazaba con ponerse.
    Antes de enfilar la ruta del sur que los devolvería a Toledo, el caballero detuvo la marcha frente al Mesón de los Arrieros, un modesto establecimiento de extramuros situado en el arrabal, donde el constante trasiego de carretas y bueyes garantizaba el anonimato de un grupo tan reducido. Necesitaban vituallas para resistir las duras jornadas que les aguardaban a través de la sierra sin depender de posadas concurridas.

    El Pesquero entró en la taberna mientras el Cebreiro vigilaba los caballos, y regresó al cabo de poco tiempo cargado con las provisiones necesarias para las jornadas de marcha: varias hogazas de pan bazo, recias cuñas de queso curado de oveja, tiras de tocino salado listas para el fuego de campamento y un gran pellejo de vino colmado que aseguraría el calor en las noches frías que se anticipaban en el puerto.

    Con las alforjas bien provistas y las cinchas revisadas, don Rigoberto alzó la mano, señalando el horizonte donde el sol empezaba a teñir de gualda las nubes.

    —A Toledo, sin dilación —sentenció, espoleando a su caballo.

    Los tres jinetes partieron al galope, levantando una polvareda en el camino real. Don Rigoberto cabalgaba al frente de su escueta y silenciosa escolta, sintiendo el peso del pergamino real contra sus costillas.

    La sierra de Guadarrama se alzó ante los tres jinetes como un muro de granito y pinos negros al comenzar el ascenso. Don Rigoberto, Sebastián y Roi formaban una comitiva muda, unida únicamente por el galope de los caballos. No había espacio para las palabras .La primera jornada del regreso fue una penosa escalada contra el viento. Al caer la noche, los tres hombres evitaron las ventas principales del puerto, temerosos de las patrullas nobiliarias y de los salteadores que infestaban los pasos que dividían las tierras de la meseta. Buscaron refugio en una desvencijada majada de pastores abandonada, a resguardo de los riscos. Allí, al amparo de un fuego rácano que apenas levantaba humo, el Pesquero abrió el fardo del Mesón de los Arrieros. Cenaron en silencio, cortando el queso de oveja con sus dagas y masticando el tocino frío, mientras el pellejo de vino pasaba de mano en mano para combatir el fresco de septiembre en la sierra.    

    El nuevo día amaneció con una niebla cerrada que retrasó la marcha por el descenso de la vertiente sur. Cruzaron el Real de Manzanares manteniéndose en los márgenes de los caminos reales, ocultando sus identidades bajo recias capas de viaje de lana parda. La montura del joven caballero acusaba el esfuerzo del viaje, obligándolos a moderar el trote al adentrarse en las llanuras madrileñas. Esa segunda noche los sorprendió en las cercanías de un humilde monasterio de franciscanos. Los monjes, rigurosos en su voto de hospitalidad y ajenos a los blasones que don Rigoberto ocultaba bajo la lona, les permitieron pernoctar en el pajar del recinto a cambio de un par de monedas de plata. El olor a paja seca y el murmullo de los rezos nocturnos de los frailes ofrecieron la única tregua pacífica en mitad de la huida.

    Al alba de la tercera jornada, el avance se tornó implacable a través de los campos baldíos que antecedían al reino de Toledo. El paisaje se tornaba más seco, salpicado de rastrojos y encinares ralos. Los caballos, extenuados por la falta de forraje fresco, avanzaban con las cabezas bajas. El cansancio de los animales les obligó a detenerse al anochecer en una mísera posada de arrieros a pocas leguas de Illescas. Era un lugar peligroso, lleno de salteadores, fugitivos y buscavidas que abarrotaban el dormitorio común. Don Rigoberto prefirió pagar el triple por un pequeño cuarto privado en el piso superior, una leonera con olor a humedades donde los tres hombres durmieron hacinados, turnándose en velas de tres horas junto a la puerta con el acero desenvainado.

    Finalmente, al mediodía del domingo veinticinco de septiembre, el perfil de las murallas de Toledo y la imponente silueta del alcázar recortada sobre el foso del río Tajo aparecieron ante sus ojos. Los tres jinetes, cubiertos de polvo, con las barbas crecidas y las ropas deslucidas por el rigor del camino, detuvieron sus monturas ante las puertas de la ciudad. Don Rigoberto se ajustó el jubón de los Sampedro, enderezó el cuello y palpó el pergamino real que guardaba en el pecho.

    La marcha desde Segovia había terminado; las etapas de penuria y noches en vela quedaban atrás, pero la verdadera batalla por el control de la Garduña y la farsa de su linaje apenas comenzaba en las calles de Toledo.

    Don Rigoberto dio la señal de alto en la puerta de Bisagra. Al aproximarse los guardias de la ciudad con las alabardas en alto, el caballero no dudó. Se descubrió el rostro, echando hacia atrás la capucha de lana, y mostró la heráldica de los Sampedro que lucía debajo. Con voz imperiosa y firme, se identificó formalmente ante los oficiales de la puerta, haciendo valer el apellido que ahora amparaba su farsa. Los guardias, al reconocer los colores de una de las casas más respetadas de Toledo, bajaron las armas y franquearon el paso de inmediato con solemnes reverencias.

    Se adentraron en el laberinto de callejuelas empedradas hasta alcanzar el caserón señorial de los Sampedro. Tras desmontar y confiar las bestias a Sebastián el Pesquero y a Roi el Cebreiro, don Rigoberto se encaminó hacia el interior de la residencia principal.

    Al pie de las escaleras que conducían al piso noble, una figura familiar le cortó el paso. Juan de Tordesillas aguardaba con el rostro demudado. El hombre dio un paso al frente y, con un hilo de voz cargado de gravedad, le informó de que su padre estaba gravemente enfermo de calenturas y se encontraba postrado en su dormitorio. La advertencia cayó como una losa de hielo sobre Rigoberto, quien subió los peldaños de dos en dos.

    Al llegar a la alcoba principal, el olor a cera quemada, vinagre y paños húmedos le confirmó los peores augurios. Encontró a don Jorge de Sampedro consumido por unas violentas calenturas que le hacían temblar bajo las pesadas mantas. A su lado, un cirujano le practicaba una inútil sangría. El anciano noble apenas era ya una sombra de sí mismo. Don Rigoberto se acercó a la cabecera de la cama y se arrodilló frente al moribundo.

    Con pulso firme, extrajo de su pecho el pergamino sellado en Segovia. Le enseñó el documento real que autorizaba de forma oficial la sucesión del marquesado, extendiéndolo ante la cansada vista de don Jorge. El viejo caballero pareció recobrar un destello de lucidez al reconocer el sello de Enrique IV. Una mano temblorosa y ardiente por la fiebre se posó sobre el brazo de Rigoberto, aferrándolo con una fuerza que parecía imposible para un agonizante.

    —Alonso... hijo mío... —masculló el anciano, con los ojos fijos en el suplantador—. El pergamino asegura la tierra... pero el cielo exige más de nosotros. Escúchame bien antes de que mi lengua calle eternamente.

    Don Rigoberto se inclinó, conteniendo el aliento.

    —La hermandad... la Garduña... no debe ser solo un nido de puñales —susurró el marqués, y un golpe de tos le desgarró el pecho—. Te lego mi nombre y mi sangre para un propósito mayor. Te encomiendo una gran misión: debes procurar que la Garduña se emplee enteramente en la defensa de la fe católica. En estos tiempos de reyes débiles e infieles a las puertas del reino, los cuchillos de la cofradía deben proteger los altares de la Santa Iglesia. Júramelo.

    —Os lo juro por mi alma, padre —respondió el joven caballero, sintiendo que el mandato de don Jorge chocaba y se entrelazaba de forma salvaje con el encargo político que don Beltrán de la Cueva le había impuesto en Segovia.

    Satisfecho con el juramento, el anciano dejó caer la cabeza sobre el almohadón. Rigoberto se levantó con el rostro desencajado y mandó llamar con urgencia a los sacerdotes para que dieran los óleos sagrados al moribundo y salvaran su alma.

    Aquella misma noche, bajo el manto cerrado del cielo de Toledo, don Jorge de Sampedro exhaló su último suspiro. El viejo marqués moría dejando el título en manos de don Rigoberto y sembrando en su pecho una misión sagrada que transformaría para siempre el destino de la cofradía criminal.

    El tañido fúnebre de las campanas de la parroquia de Santa Justa comenzó a doblar al alba, derramando un lamento metálico e inacabable sobre los tejados toledanos. El caserón señorial de los Sampedro mudó sus ropajes por los paños de la severidad y el luto. Don Rigoberto, vistiendo ya como el legítimo heredero del marquesado, decretó que las exequias fúnebres por el alma de don Jorge se prolongaran durante varios días. Oficialmente, la pompa y la dilación litúrgica respondían al abolengo de la casa y a la necesidad de recibir a los nobles y clérigos de las comarcas vecinas.

    El cuerpo de don Jorge expuso su rigidez en la capilla ardiente del palacio, preparado a conciencia para resistir los cuatro días de honras fúnebres. Los boticarios se habían afanado en un meticuloso y cruento embalsamamiento: tras eviscerar el cadáver, lavaron las cavidades con vinagre y fuertes alcoholes, rellenando el pecho y el vientre con una densa mezcla deshidratante de sal, áloe y polvo de estoraque antes de coser la carne con hilo de cáñamo. Sobre la piel, una unción final de mirra y aceites resinosos sellaba los poros para retrasar la putrefacción bajo los ropajes de gala. El resultado era una fragancia densa y casi sagrada que saturaba la estancia, envolviendo el túmulo en una ilusión de eternidad que desafiaba la descomposición de la carne. Juan de Tordesillas, con el rostro demudado por la pérdida, organizaba el goteo incesante de caballeros y frailes que acudían a rezar el Requiem æternam. Don Rigoberto permanecía de pie junto al túmulo, con el rostro oculto a medias por una pesada capucha de luto negro. El juramento sagrado que le había hecho a su padre moribundo —emplear la cofradía en la defensa de la fe— dependía enteramente de capturar el hilo que lo condujera hasta la cabeza de la red criminal.

    No fue sino hasta la tarde del tercer día cuando la penumbra de la casona se vio sacudida por una presencia imponente. Un sobrio séquito a lomos de mula, cruzó la puerta de Bisagra, trayendo al hombre cuyo viaje desde el norte justificaba la espera. Precedido por el severo ondear de un hábito blanco y una capa negra, avanzó por el patio fray Tomás de Torquemada, prior del convento dominico de Santa Cruz la Real de Segovia. El monje, de mirada rigurosa y fuego frío en las pupilas, infundía un respeto reverencial a su paso. Anduvo hasta la estancia que hacía las veces de capilla ardiente en la planta baja; lo hacía con paso firme y la gravedad solemne propia de la alta autoridad eclesiástica que venía a honrar al difunto marqués y a dar el pésame al nuevo heredero.

    Torquemada se detuvo frente a don Rigoberto. Su sola cercanía cortaba el aliento.

    —Mis oraciones acompañan el alma de vuestro padre, don Alonso —dijo el prior con una voz pausada, que resonó en las bóvedas como una sentencia—. Murió en tiempos aciagos, donde los enemigos de la fe medran en las sombras del reino. Ahora os toca a vos sostener el estandarte de este linaje. Velad porque vuestro acero sirva principalmente a los altares de la Santa Iglesia.

    El caballero inclinó la cabeza, sintiendo que las palabras del dominico eran un eco directo del juramento secreto que le acababa de hacer al moribundo.

    —Así lo haré, reverendo padre. Mi espada y todo lo que domino, se postrarán ante la fe de la Santa Madre Iglesia—respondió don Rigoberto, midiendo cada sílaba.  

   Torquemada asintió despacio y se retiró hacia los bancos de vigilia, recortados por la luz de los cirios, para unirse al rezo de las letanías nocturnas.

    Al amanecer del cuarto día, Toledo se despertó bajo un manto de silencio sepulcral, roto únicamente por el redoblar incesante de las campanas. Había llegado el momento del último traslado. Bajo la presidencia a los ojos de todos, de don Alonso de Sampedro, la procesión fúnebre brotó de las arcadas del caserón señorial para adentrarse en el laberinto de las callejuelas imperiales rumbo a la iglesia de las Santas Justa y Rufina. El despliegue del luto fue absoluto, una exhibición de dolor y poderío que congeló la vida cotidiana de los arrabales. Abrían la marcha los monjes mendicantes, portando grandes cruces de madera negra y cirios de cera purísima que goteaban sobre las losas húmedas. Tras ellos, un lúgubre coro de plañideras contratadas rompía el aire con sus quejidos rituales; sus llantos impostados, alaridos de dolor y salmodias desgarradoras, que resonaban contra los altos muros, erizando la piel de los que se asomaban a las celosías. Los deudos y sirvientes de la casa marchaban con el rostro cubierto por capuces de bayeta negra que arrastraban sus faldones por el barro del camino.

    Integrados con estudiada discreción en el cortejo, desfilaban los guapos y floreadores de la colación de Santa Justa. Estos bravos de los bajos fondos toledanos, diestros en el manejo de la daga y el acero, avanzaban embozados en capas oscuras de lana basta. Su presencia allí no respondía a la devoción cristiana, sino al estricto protocolo de la sombra: formaban la escolta invisible y armada de la cofradía, camuflados entre la marea de luto para asegurar que ningún imprevisto perturbara la ceremonia de la casa noble que tanto significaba para su red.

    El féretro de don Jorge, cubierto por un pesado paño de terciopelo negro con las armas de los Sampedro bordadas en hilo de oro viejo, era portado a hombros por seis caballeros. Inmediatamente detrás, con paso firme y la mirada clavada en la madera, caminaba don Alonso. Vestía el luto riguroso que correspondía al nuevo marqués: una capa de paño de Amberes tan oscura que parecía absorber la escasa luz del día, aunque bajo los pliegues de la tela, su mano derecha rozaba de continuo la empuñadura de la espada de Sahagún. Marchaba como el hijo que despedía a su padre y mentor y marchaba como el guardián de Santa Justa.

    La comitiva reflejaba la inmensa relevancia política del deceso. A los costados de don Alonso, guardando el riguroso orden de precedencia cortesana, marchaban las más altas dignidades enviadas para la ocasión. Por parte de la corona, asistían los delegados regios enviados a toda prisa por don Beltrán de la Cueva, atentos a que la sucesión del marquesado no alterara los intereses reales en el norte. Tras ellos, con capas pluviales de seda morada y rostros de mármol, caminaban los delegados arzobispales en representación de la poderosa sede Primada de Toledo.

    La marea de luto inundó finalmente las naves de las Santas Justa y Rufina, donde el humo denso del incienso y el olor a cera quemada nublaban los arcos de herradura califales y las techumbres mudéjares del templo. Colocado el féretro sobre el túmulo central, el murmullo de las plañideras y el llanto de la calle se extinguieron de golpe cuando una silueta blanca y negra ascendió los escalones del púlpito. 

    Fray Tomás de Torquemada, prior del convento dominico de Santa Cruz la Real de Segovia, se recortó contra la penumbra del altar. No llevaba notas; sus manos curtidas se apoyaron sobre el pretil y sus ojos, cargados de un celo implacable, barrieron el auditorio antes de romper el silencio. Su voz, honda y desprovista de adornos cortesanos, resonó con la fuerza de un trueno contenido al pronunciar el sermón fúnebre.

    Memento, homo, quia pulvis es, et in pulverem reverteris... —comenzó el prior, clavando su mirada directamente en don Alonso—. Lloramos hoy la partida de un varón justo, don Jorge de Sampedro, un caballero que supo alzar su acero no para la gloria de los hombres, sino para el resguardo de la fe en una Castilla que hoy se desangra en la tibieza. El mundo se corrompe fuera de estos muros, los infieles medran y los soberbios desafían la corona de Dios. Pero este linaje que renace en su heredero tiene una deuda con el Altísimo.

    Torquemada extendió un brazo acusador hacia el crucifijo y luego hacia el féretro. Su oración de difuntos mutó rápidamente de un elogio al difunto a una rigurosa advertencia al nuevo marqués.

    —Vuestro padre os lega la tierra, don Alonso, pero el Cielo os exige el alma y el brazo. No hay término medio en la defensa de los sagrados altares. Quien guarda silencio ante la herejía es tan culpable como el que la ejecuta. Limpiad vuestra casa, velad vuestras armas y recordad que los ojos del Señor miran tanto el brillo de vuestros blasones como la rectitud de vuestros caminos ocultos. Que su alma descanse en la paz de los justos, y que vuestro acero, señor de Sampedro, no tiemble cuando la Santa Madre Iglesia requiera sus servicios. 

    Un escalofrío recorrió la espina dorsal de don Alonso. Las palabras del prior dominico volvían a ser una réplica exacta, casi milagrosa, de la última voluntad de su padre moribundo. Desde su banco de luto, Alonso asintió despacio, hipnotizado por la autoridad del monje.

    La procesión y la misa habían cumplido su propósito ante los ojos del rey y de la Iglesia. Ahora, con las últimas oraciones extinguiéndose en la nave, el sepelio tocó  a su fin, cuando fue depositado el féretro en la cripta de la capilla de los Sampedro en la iglesia de Santa Justa.

 

(Continuará...) 

Comentarios

Entradas populares de este blog

LA GARDUÑA. I TARRAGOYA

LA GARDUÑA. II RIÓPAR

LA GARDUÑA. III LA MANCHA