LA GARDUÑA. XXX EL GRAN SECRETO

 

 

 Don Rigoberto y el Hermano Mayor

XXX

EL GRAN SECRETO

 

     La misma tarde del entierro, don Rigoberto salió del caserón de los Sampedro y se adentró en las callejuelas empedradas rumbo a la Bajada de San Miguel, junto a la calle de las Postas, encaminando sus pasos hacia la casa de Nuño. Caminaba con paso firme; la firma de Enrique IV que guardaba en el jubón y la reciente sepultura del viejo marqués le habían otorgado el señorío absoluto de la casa. Ya no necesitaba pedir permiso a nadie.

    El motivo de su marcha era urgente: escribir un breve mensaje para su mujer que debía ser tramitado columbarmente hasta Caravaca, sabiendo que alguien de confianza llevaría después la misiva en mano hasta Tarragoya. Al ser un billete propenso a ser interceptado y leído por varios ojos en el camino, Rigoberto midió cada palabra con extrema cautela. Puso el mensaje en manos del cartero real, para que este lo tramitara a través de su red oficial de palomas:

    «Querida mía. Los asuntos que me trajeron a la corte, se han resuelto favorablemente. Mi regreso es próximo para estar a tu lado antes de que la nueva vida florezca. Mantén la calma y aguarda mi llegada. Tu esposo que te venera».

    Tras asegurar el despacho con el cartero real, Rigoberto emprendió el camino de vuelta. Cuando regresó, a media tarde, Juan de Tordesillas le salió al encuentro de inmediato para avisarle de la visita de fray Tomás de Torquemada, que acababa de llegar de improviso alegando que venía a despedirse antes de emprender su retorno a Segovia. El prior dominico le esperaba ya en la gran sala de recibir del palacio noble.

    Don Rigoberto se ajustó la capa de luto y cruzó el portalón de la sala. Torquemada permanecía de pie junto al ventanal, recortando su severo hábito blanco contra la luz agonizante de la tarde. Al escuchar las espuelas, el monje se giró despacio, clavando sus ojos de fuego frío en el caballero.

    —Buenas tardes tenga vuesa merced, don Alonso de Sampedro —pronunció el prior con una calma ceremonial que erizaba la piel. Hizo una pausa milimétrica, y una sonrisa gélida asomó en sus labios—. O... ¿debiera decir mejor vuesas mercedes, don Rigoberto de Majarazán?

    El caballero sintió que la estancia se congelaba. La mano se le fue instintivamente hacia el pomo de la espada, pero la voz de Torquemada le detuvo antes de que el acero asomara un dedo fuera de la vaina. El Hermano Mayor de la Garduña conocía, al milímetro, todo el secreto de don Rigoberto. El monje dio un paso al frente y, fijando sus pupilas implacables en el caballero, hizo un sutil y demoledor juego de palabras con el lema del Gavilán:

    Ex alto omnia conspicio... Desde lo alto todo lo vigilo, reza vuestra divisa. Si alto miráis vos, Gavilán, más alto mira vuestro Hermano Mayor, que soy yo. Nada escapa a mi red en esta Castilla enferma. Sólo Dios me supera.

    Don Rigoberto contuvo el aliento, con la sangre congelada en las venas ante la inmensidad del poder que tenía enfrente. Torquemada volvió a quebrar el silencio con suavidad implacable:

    —Aquí no somos enemigos, marqués. Es más, hay alguien aquí que desea saludaos. Alguien que os ha guardado las espaldas en la sombra con excesivo celo.

    Torquemada dio dos palmadas secas que resonaron en las vigas de madera. Al fondo de la estancia, tras los pesados cortinajes de terciopelo que daban al ala privada, se escuchó un crujido de botas. Las telas se abrieron y una silueta bien conocida por don Rigoberto dio un paso al frente.

    Era Bernabé. El mismo hombre que tanto le había ayudado ocultamente salía por fin de sus tinieblas.

    —Os presento formalmente a don Bernabé del Valleverde —dijo Torquemada, extendiendo el brazo—, noble toledano y vizconde de Valleverde. En el mundo del hampa le conocen como El Milano.

    Bernabé dio un paso al frente, rompiendo su habitual mutismo con una inclinación de cabeza impregnada de respeto pero exenta de sumisión cortesana. Fijó sus ojos astutos en el suplantador y tomó la palabra:

    —No os extrañéis de verme aquí, joven —dijo el vizconde con voz queda y arrastrada—. Os he seguido y protegido desde el mismo instante en que partisteis de Tarragoya. Cada paso vuestro, cada posada, cada peligro y cada encrucijada han estado bajo mis ojos por mandato de nuestro Hermano Mayor y de mi señor Beltrán. Si la soga no se ha cerrado en vuestro cuello antes de llegar al Alcázar de Segovia, ha sido porque mis hombres limpiaban el camino antes de vuestro paso.

    El joven comprendió por fin la inmensa telaraña en la que estaba atrapado. Bernabé, el Milano, era un doble espía de la Garduña y de don Beltrán de la Cueva. De ahí procedía su inmenso poder: de esa doble condición habían nacido los privilegios reales falsificados que le entregó a don Rigoberto en el pasado, para engañar al arzobispo Alfonso Carrillo de Acuña.

    Y es que el odio de Torquemada hacia el arzobispo Carrillo no era secreto, pero que la Garduña fuese su brazo armado lo cambiaba todo. El prelado dilapidaba fortunas de la Iglesia en contratar magos extranjeros y llenar sus sótanos de hornos y alambiques, obsesionado con la alquimia y la piedra filosofal. Para el puritano dominico, ese misticismo oculto no era una excentricidad noble, sino brujería y apostasía satánica; una justificación sagrada para que la cofradía buscase su ruina.

    Torquemada colocó una mano sobre el hombro de don Rigoberto con la firmeza de quien sella un pacto inquebrantable.

    —Vuestro padre adoptivo me prometió en la última visita que me hizo, que la cofradía serviría a la Cruz. Y yo os digo hoy que la prioridad absoluta de la Garduña será, por encima de todo, servir a la fe católica. Si para defender los altares de la Santa Iglesia de los herejes y los traidores, es necesario apoyar la corona de don Enrique y sostener su trono frente a los nobles rebeldes de Villena o de los prelados eclesiales, se hará. Protegeremos al rey en la medida en que su causa sirva a los designios de Dios, pero tenedlo claro: nuestra primera y verdadera lealtad no pertenece a ningún palacio terrenal, sino al Altísimo. Ese es el fin principal de la hermandad desde que el anacoreta Apolinario, que Dios le conceda la santidad, la fundara en 1412 por mandato de la mismísima Virgen María.

    Pactemos aquí el gran secreto, don Rigoberto: solo nosotros tres sabremos vuestro verdadero origen en el alfoz de Caravaca y la farsa del joven Sampedro. El mundo solo verá al heredero del marquesado sirviendo a los propósitos de la fe en Toledo y a don Rigoberto de Majarazán en la frontera.

    El prior dominico miró de reojo las ventanas, donde la noche toledana empezaba a devorar los tejados de Santa Justa.

    —Vuestro tiempo en Toledo ha terminado por ahora. Os recomiendo que dejéis a un delegado de vuestra total confianza aquí en la colación de Santa Justa para que vigile los movimientos de la ciudad y os mantenga informado. Vos debéis partir sin dilación. Regresad a Tarragoya de inmediato, pues os aguarda el próximo nacimiento de vuestro primer hijo. No permitáis que el heredero de vuestro linaje nazca en vuestra ausencia. Cabalgad, pues, marqués,

    Torquemada asintió con gravedad severa y desvió su mirada hacia el vizconde de Valleverde.

    —Bernabé —ordenó el prior, con su voz recia—. Vuestra misión con el Gavilán no ha concluido. Acompañaréis al nuevo marqués en su ruta de regreso. Vuestra espada y vuestros hombres guardarán sus flancos hasta que pise las tierras de Tarragoya. No toleraré que ningún contratiempo malogre lo que aquí hemos sellado.

    El vizconde dio un paso al frente y clavó sus ojos astutos en el joven caballero, asumiendo el encargo del fraile con una sobria reverencia.

    —Así se hará. Mis jinetes están en todo momento listos —asintió Bernabé, volviéndose entonces hacia el suplantador—. Dadme aviso inmediato en cuanto decidáis partir, marqués. Mis hombres se coordinarán con vuestra escolta para abrir la marcha en cuanto caiga la última campanada.

    —No os haré esperar, vizconde. Dejadme que resuelva el negocio de mi delegado y otros flecos y os daré aviso —asintió don Rigoberto.

    —Que la Santa Cruz guíe vuestros aceros y guarde nuestro gran secreto —sentenció Torquemada a modo de bendición final.

    Sin añadir una sola palabra más, el dominico y el espía cruzaron el portalón de la sala de recibir y se marcharon, dejando a don Rigoberto a solas en la penumbra, asimilando las nuevas reglas de su destino.

 

(Continuará...)

Comentarios

  1. "... tramitado columbarmente". Me encanta esos términos tan bonito que utilizas en tu narración. Y me gusta la historia contada de una manera pulcra, sin necesidad de más adornos literarios que el propio lenguaje.
    La bisa de tu nieto.

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