LA GARDUÑA. XXXIII EL REGRESO A TARRAGOYA

 

 

  Don Rigoberto y doña Raquel

XXXIII

EL REGRESO A TARRAGOYA

 

    Fueron dos jornadas de cabalgada extenuante para cubrir las casi treinta leguas que separan Chinchilla de Caravaca. Durante el primer día, los doce jinetes avanzaron a marchas forzadas bajo el cielo plomizo de octubre, devorando los llanos albaceteños por sendas secundarias para evitar las guarniciones del Marqués de Villena. Durmieron al raso, embozados en sus capas y al abrigo de unos riscos, alimentándose del queso y el tocino que traían de la venta.

    La segunda jornada fue la más dura: los llanos se transformaron en las sierras abruptas que marcan la entrada al Reino de Murcia. Los caballos, fatigados y con los cascos gastados por la piedra, ascendieron los últimos puertos hasta que, a media tarde, el paisaje se abrió para mostrar las fértiles tierras de Caravaca

    Al enfilar el paraje de Tarragoya, el olor a tierra mojada de la reciente tormenta, alivió el cansancio del grupo. Al percibir lejanamente el ruido de las cabalgaduras, salió al atrio toda la familia a recibirles. Próculo y Catalina, los padres de don Rigoberto, avanzaron los primeros, seguidos de cerca por Suero y Tiburcio, sus hermanos. En el porche del edificio principal, contiguo a la torre, ya terminado de fabricar, Raquel recortaba su silueta, sosteniendo con ambas manos su prominente vientre en el noveno mes de gestación.

    Don Rigoberto desmontó de un salto, dejando las riendas en manos de su hermano Tiburcio, al que abrazó, y caminó a grandes zancadas hacia ellos.

    Catalina rompió a llorar y se arrojó a sus brazos antes de que el caballero pudiera siquiera despojarse de los guanteletes de cuero.

    —¡Alabado sea Dios, la Virgen María y la Vera Cruz, hijo mío! —exclamó la madre, acariciándole el rostro cubierto de polvo del camino—. Cada noche ha sido una agonía pensando que os habías metido en la misma boca del lobo.

    —El viaje ha sido duro, madre, pero estamos sanos y salvos —respondió don Rigoberto, besándole la frente con profunda ternura—. No os preocupéis más.

    Próculo dio un paso al frente. Estrechó a su hijo menor en un abrazo recio, dándole unas fuertes palmadas en la espalda.

    —Bien regresado, Rigoberto. Esos soldados tienen los rostros desencajados; se nota que habéis cabalgado con el diablo en los talones. Suero, Tiburcio... llevad a los hombres al interior y que sacien a los caballos. Se han ganado el descanso.

    —De inmediato, padre —asintió Suero, haciendo una señal a los soldados de la escolta para que lo siguieran hacia los establos.

    Fue entonces cuando don Rigoberto se volvió hacia el porche. Raquel había bajado el primer peldaño de piedra con lentitud, dibujando una sonrisa temblorosa en sus labios. El caballero acortó la distancia que los separaba y la envolvió en un abrazo protector, midiendo la fuerza para no presionar su abultado vientre. Ella hundió el rostro en el cuello de su esposo, respirando el olor a cuero y fatiga que traía consigo.

    —Cada amanecer rezaba por este momento —susurró Raquel, mirándole a los ojos mientras él le acariciaba las mejillas—. El niño no ha dejado de moverse en todo el día, como si supiera que su padre cruzaba las tierras de Tarragoya.

    Don Rigoberto colocó una de sus manos desnudas sobre el vientre de su esposa, sintiendo la firmeza de la vida que estaba a punto de nacer.

    Aún sostenía el caballero la mano sobre el vientre de su esposa cuando una figura sobria y de andadura pausada cruzó el umbral del porche. Vestía una túnica negra de paño fino y portaba un cinto del que colgaba una escarcela de cuero con instrumental. Era Leví, su suegro. Sus ojos oscuros, cargados de la sabiduría de quien ha escrutado mil semblantes enfermos, se posaron primero en su hija Raquel y, de inmediato, en la figura polvorienta de su yerno.

    Don Rigoberto, mostrando el profundo respeto que le profesaba, inclinó la cabeza a modo de saludo.

    Alborozado en extremo de hallaros sano y salvo, maese Leví —dijo el caballero con cortesía—. Veo que cuidáis de mi casa y de mi mayor tesoro.

    Leví esbozó una sonrisa mansa bajo su barba y avanzó hasta situarse al lado de Raquel. Tomándola con suavidad extrema de la muñeca izquierda, comenzó a medirle el pulso, un gesto que el viejo galeno repetía de manera casi inconsciente.

    —Mi deber ha vuelto a ser con la salud de esta villa, don Rigoberto, pero mi corazón está en esta hacienda de Tarragoya —respondió el médico con voz pausada y profunda—. Vuestro regreso es el mejor bálsamo que podíais traerle a mi hija. Las emociones fuertes alteran los humores de la sangre, y en este noveno mes, la quietud es más valiosa que el oro.

    Raquel miró a su padre con complicidad, dejándose tomar el pulso sin borrar la sonrisa.

    —No os preocupéis, padre, que el latido de mi pecho ha recobrado su ritmo en cuanto he visto llegar a los caballos —aseguró ella.

    Leví soltó la muñeca de su hija con delicadeza, satisfecho con la firmeza del pulso, y clavó una mirada más severa y analítica en las facciones cansadas de don Rigoberto. Como médico habituado a tratar las heridas y las fatigas de los hombres de armas, detectó al instante la tensión acumulada en los hombros del caballero.

    —Tenéis la mirada de quien ha visto encenderse hogueras que costará apagar, yerno mío —observó Leví en voz baja, dando un paso hacia el centro del grupo—. Vuestros hombres están exhaustos y vos traéis el polvo del norte pegado a la armadura. Antes de nada, os prepararé a vos y a vuestra compañía una reconfortante bebida de agua de rosas y jengibre para templar los nervios del viaje.

    —El maestre Leví tiene razón, hijo —intervino Próculo apoyado en su cayada—. Entremos a la casa. Que limpien vuestras ropas y os refresquen.

    Ya en el interior, despojado del peso del metal, don Rigoberto dio un paso al frente para romper los protocolos. Tomó a su compañero por el hombro y lo presentó formalmente ante sus padres y resto de la familia.

    —Os presento a don Bernabé, Vizconde de Valleverde. Ha sido mi verdadero ángel custodio en todas estas jornadas; sin su templanza y su acero, Chinchilla habría sido nuestro fin.

    Próculo inclinó la cabeza con hondo respeto y Catalina bendijo al recién llegado. Raquel y Leví, le agradecieron sus desvelos con sendas leves reverencias. Aquella noche, las cocinas de la alquería de Tarragoya trabajaron sin descanso bajo la estricta dirección de doña Catalina. Se sirvió una cena abundante y reconfortante, bien distinta a los ranchos de los caminos: carnes de cordero y verduras tiernas de la huerta, hogazas de pan blanco y el vino limpio de los toneles familiares. Por fin, tras semanas de zozobra, los catorce hombres pasaron una noche de sueño reparador, arrullados por la quietud de la propiedad.

    Al alba de la mañana siguiente, el atrio volvió a bullir con el herraje de las monturas. Los caballos, limpios y saciados, piafaban listos para la marcha. Frente al portón principal, los dos caballeros se detuvieron frente a frente para la despedida.

    —Cuidaos mucho, don Rigoberto —dijo don Bernabé, sosteniendo las riendas de su montura—. A partir de ahora no estaré junto a vos como hasta ahora he estado, como vuestra sombra. Las tierras de esta frontera son vuestras, pero el camino a la Corte vuelve a ser un nido de víboras.

    Don Rigoberto, conmovido por la lealtad de su protector, le tendió la mano antes de fundirse con él en un gran abrazo que selló su hermandad.

    Mal se pagan vuestros servicios con palabras, Bernabé. Que la Cruz de Caravaca os guíe en un buen viaje de regreso a Toledo. Id con cuidado vos también; haced saber a los fieles del rey que aquí guardamos su estandarte.

    El Vizconde de Valleverde asintió con gravedad, montó de un salto y espoleó a su caballo. Don Rigoberto permaneció inmóvil junto a Próculo y Raquel en el porche. Se quedó estático, contemplando la partida de la comitiva, viendo cómo el grupo de jinetes se reducía en el horizonte hasta que la densa nube de polvo que levantaban los cascos de los caballos se perdió por completo en la lontananza.

 

(Continuará...) 

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