LA GARDUÑA. XIV LA PISTA


 

 

En el Mesón de los Perdidos

 XIV

LA PISTA

      Don Rigoberto hizo su primera comida en el comedor comunal de la Garduña. Pese al calor que aún hacía, una olla con abundantes legumbres y algo de tocino, fue el plato del día.

    La sala de comer, era una habitación de la planta baja que tenía las paredes gruesas enyesadas de blanco. En la de la derecha entrando, contigua a las caballerizas, se podía leer en su último tercio: «buen ojo, buen oído, buenas piernas y poca lengua», el lema de la Garduña.

    Las pocas ventanas que poseía daban al patio central. Eran estrechas y se cerraban con recias muescas de madera. El suelo, de barro cocido, estaba en parte cubierto por esteras.

   Al centro, la mesa era un largo tablón soportado por caballetes que, una vez finalizadas las comidas, se retiraba y apartaba en una de las paredes, lo que permitía trocar la estancia en sala social y de esparcimiento, al disponer de unas mesitas para jugar al ajedrez o a las tablas reales o, simplemente, se conversaba.

    Un aparador de buenas hechuras, donde se guardaban escudillas, cuencos, cucharas, jarras de barro vidriado, paños de lienzo  y otros utensilios, completaban el mobiliario.

   Eran seis los sentados a la mesa: cinco chivatos y postulantes y el guapo que la presidía. Antes de servir la comida don Rigoberto, por ser la primera vez que asistía a comer, el presidente le obligó a pronunciar la oración inicial: «Señor Dios, bendícenos e bendice aquestos tus dones, que por la tu largueza hemos de tomar. Por Nuestro Señor Jesucristo. Amén».

    A lo que respondió seguidamente la presidencia con la fórmula «el Rey de la Gloria eterna nos haga partícipes de la su mesa celestial. Amén», lo que sonaba para el resto de comensales más a amenaza que a  bendición .

     Se persignaron tras el amén, utilizando exclusivamente los tres primeros dedos de la mano derecha. Para ellos, este gesto sagrado no era solo fe, sino un pacto de silencio: romper el secreto de la Garduña se pagaba con la muerte a cuchillo.

    El presidente estaba sentado en el único extremo con banco de madera, con un látigo y una daga a la vista sobre el tablón. Su función era vigilar el comportamiento de la chusma de la hermandad, medir su sumisión y evaluar quién tenía el temple necesario para ascender.

    Dio un golpe en la mesa, lo que indicaba la autorización a comer, imponiéndose el silencio más absoluto. Los chivatos no tenían derecho a hablar entre ellos durante el rancho.

    A continuación, el cocinero trajo un perol humeante y tiznado de hollín desde las cocinas y lo asentó con un golpe seco sobre una trébede puesta en mitad de la mesa. Pese al calor que aún hacía en aquellos días de septiembre, contenía una olla de garbanzos y lentejas, con algunas verduras y trozos de tocino. Unas cebolletas y unos dientes de ajo estaban al alcance de la mano directamente sobre la mesa, para comer a dentelladas. Dos hogazas de pan negro y duro, con más de harina de centeno que de trigo, para poder romper con las manos y acompañar o rebañar el caldo de la comida, también se habían dispuesto sobre el tablero. Y un aguapié de baja calidad, elaborado al echar agua en el orujo de vino ya pisado y apurado en el lagar, se tenía por bebida.

    Solo se escuchaba el ruido de las cucharas y escudillas de madera y los tragos al aguapié.

    Acabado el rancho, un sirviente retiró los enseres que estaban sobre la mesa, y que limpió someramente pasando un trapo húmedo. Luego desmontaron el tablero y los caballetes de apoyo, retirándose a sus respectivos aposentos.

    Alonso, aguardad le llamó el guapo antes de que saliera de la sala. Esta tarde, media hora antes de las vísperas, id a ver al capataz a la sala de recibir. Quiere parlar con vos.

    Allí estaré. Descuidad respondió el joven.

    Pasó la tarde paseando por Toledo. Visitó el Mesón de los Perdidos, como así se le conocía, pues daba albergue a las bestias y animales que se extraviaban, hasta que sus dueños iban a recogerlas.  

    A diferencia de otros mesones, carecía de patio descubierto. Era un caserón bajo, oscuro y laberíntico, con gruesos muros de mampostería. En la planta baja se abría el portalón de entrada, que permanecía siempre enfangado por el trasiego de los animales recuperados. El suelo era de tierra,  cubierto de paja sucia para absorber los desperdicios y los orines. Las caballerías, asnos y bueyes compartían casi el mismo espacio que los clientes de la planta baja. El olor a estiércol, sudor animal, cuero rancio y humo de las chimeneas era constante y penetrante, impregnando los techos bajos de vigas de madera ennegrecidas por el hollín. Peo era el sitio ideal para escuchar soplos, vigilar quién entraba en Toledo con dinero y observar el movimiento de las patrullas de los cuadrilleros de la Santa Hermandad.

    Fue a sentarse en la mesa contigua, donde dos individuos de hosca apariencia bebían en silencio.Iba a pedir medio cuartillo de vino, cuando uno de los vecinos le espetó «si os pedís medio azumbre, nos dejamos convidar».

    Eso está hecho respondió el caballero. Soy Alonso el Gavilán y haré merced de invitaos gustosamente. ¡Mozo! Poned medio azumbre de vino.

    Pues sentaos con nosotros y ahoguemos a un tiempo los pesares. Este es Lope Carrasco «el Bizco». Si le miráis a los ojos sabréis el porqué dijo el que había tomado la voz cantante. Y yo, Pedro de Vargas «el Grajo».

    Me place conoceos.

    ¿Qué se os ha perdido por aquí? le preguntó el Bizco, jugando con el nombre del Mesón.

    Matar el tiempo. Hasta poco antes de vísperas no tengo nada que hacer contestó con una expresión de hastío cuidadosamente fingida.

    Pues si lo que buscáis diversión, a mal árbol os arrimáis le respondo el Grajo.

    Más que diversión, busco información. les dijo directamente, sin más rodeos.

    No creo que podamos ayudar mucho contestó el Bizco, mientras sorbía de su jarro con vino.

    ¿Habéis oído hablar del asesinato reciente de dos marranos? preguntó don Rigoberto.

    ¡Psssssss! Hablad quedo y con tiento, que hasta las mesas escuchan le previno el Grajo. Quizá algo más de vino nos haga memoria.

    ¡Ponednos otro medio, buen mozo!

    —Seis maravedís montan entrambos medios —dijo con voz premiosa, comenzando a dudar tanto de si el convidador era hombre abonado, como de su memoria tras haber bebido.

    Como estos de vellón le contestó don Rigoberto poniéndolos sobre la mesa.

    Después de llenadas las jarras y bebido de ellas, el Bizco susurró: «¿por qué os interesan esos usureros?. Bien muertos están.  No os metáis en ese asunto, porque todo apunta a la Garduña. Es muy peligroso».

    ¿Sospecháis que...?

    Creemos, Alonso. Creemos. Y tienen sirenas y chivatos por todas partes. Así que olvidemos este turbio asunto cercenó la conversación el Grajo.

    Tomo buena nota de cuanto me habéis comentado mientras cerraba disimuladamente la mano izquierda para evitar que pudieran ver la marca. Olvidemos el negocio y bebamos. ¡Por nosotros!  brindó el caballero.

    ¡Por nosotros! contestaron a un tiempo los dos parroquianos.

    Se despidió y salió de la taberna meditabundo. «Ahora va a resultar que he dado con el grupo de malhechores a la primera». Se desvió un poco, para llegar hasta el Mesón del Lino a ver si podía ver a la Trujilla, sin éxito. Y algo más de tres cuartos de hora antes de las vísperas, estaba en su cuarto en la casona y, a la hora indicada, subió hasta la sala de recibir.

    Allí estaba ya don Jorge Sampedro. En actitud meditabunda,  con la mirada perdida, ocupando su sitial.

    Alonso, venid le ordenó el capataz, a lo que obedeció el joven con diligencia.

    »Estamos impresionados por vuestro modo de proceder. Especialmente habéis maravillado por vuestra actitud durante la comida al guapo que os presidía. Y Juan de Tordesillas, ya me habló de cómo os conoció en una partida de naipes y cómo os portasteis. Ya sabéis: «en la mesa y en el juego se conoce al caballero». ¿No ocultáis nada sobre vuestra ascendencia familiar?

    Mis padres son unos humildes agricultores en tierras de frontera. Incluso fueron tomados por rehenes y redimidos por los mercedarios. Me ocultó mi madre en una tinaja y me libré de ser capturado y me crié con mi tío, sargento santiaguista, quien me enseñó a leer y a escribir contestó  el joven, diciendo la verdad a medias.

    —Pues bien que os educó, a fe mía. No sólo mostrasteis valor al sufrir el corte en el brazo y su cauterio, sino también seso y crianza en la mesa y en el juego le dijo el anciano.

    —Gran merced me hacéis, don Jorge; procuraré ser digno de tales palabras le respondió el caballero.

    ¡Y hasta ya habéis averiguado mi nombre! —Sois muy sagaz, Alonso. Pocas cosas escapan a vuestra observación.

   »Mañana partiré a hablar de vos a nuestro Hermano Mayor. Como os comenté, espero que os dispense del año de noviciado y os pueda nombrar mi sucesor. ¿Hicisteis mis encargos?

   Solicité mi entrada en La Caridad y me preacogí a sagrado en Santa Justa. El cuño estará fabricado pasado mañana contestó don Rigoberto.

    ¿Y qué lema adoptásteis?

    Ex alto omnia conspicio.

    —Por vida mía... ¡«Observo todo desde lo alto»! Hasta en eso me maravilláis. Es lema digno, no ya de un capataz, sino de un Hermano Mayor de nuestra cofradía.

    —Id a tomar la cena y haced vuestras oraciones. Que descanséis —le despidió don Jorge.

    —Dios os guarde. Buenas noches.

* * *

    La habitación asignada a  don Rigoberto, más parecía celda conventual que de hospedaje; una cama de tijera plegable con una lona por somier y un jergón de bálago, cubierto por una manta y  una almohada de borra de lana. Un arcón de pino tosco, como único mueble de almacenaje sin cierre, con un par de calzas de repuesto, una camisa de lienzo rudo y una capa vieja para la lluvia.

    Y por mobiliario, un taburete de tres patas de madera de encina, pesado y rústico, un candil de piquera de hierro colgado de un clavo en la pared de yeso y  una jofaina de barro cocido sobre una repisa de obra, acompañada de un cántaro con agua fría, para el aseo diario.

    El caballero se quitó el calzado y se echó en el camastro, después de poner su jubón con sus monedas escondidas bajo la almohada. El catre, adosado a la pared por uno de los lados, estaba frente a un ventanuco que daba al patio interior y que debía permanecer siempre abierto para inspección de los guapos. «Se agradece que permanezca abierto, pues aún hace calor, pero en invierno en este frío Toledo, parece inconveniente» pensó.

    Se acomodó como pudo, bajó la intensidad de la luz del candil y quedó profundamente dormido.

 (Continuará...)

Comentarios

Publicar un comentario

Entradas populares de este blog

LA GARDUÑA. I TARRAGOYA

LA GARDUÑA. II RIÓPAR

LA GARDUÑA. III LA MANCHA