LA GARDUÑA. XV EL TRAIDOR

 

Tortura

 XV

EL TRAIDOR

 

    Fue despertado por unos gritos aterradores. Unos gritos que, entre lastimeros y suplicantes, denotaban dolor y solicitaban socorro. 

    Don Rigoberto salió inmediatamente al patio central de la casa. En camisa, tal y como descansaba, después de calzarse sus albarcas de cuero y coger su daga de debajo del jergón.  Trató de localizar de dónde provenían aquellos verdaderos alaridos. Sin duda, procedían del primer piso, de la sala donde se había celebrado la ceremonia de su bautizo.

   Subió los peldaños de dos en dos, mientras continuaba escuchando los quejidos. Empujó la puerta y observó una escena atroz: junto a una de las paredes, colgaba un hombre de unos treinta años, atado de manos a una argolla del techo, mientras varios guapos y floreadores lo rodeaban, golpeaban y amenazaban con una daga de orejas. 

    —¡Deteneos! ¡Vive DIos! ¡¿qué hacéis?! —exclamó don Rigoberto, mientras se abalanzó sobre el que amenazaba con el gran puñal al desgraciado, dándole un golpe en el brazo y haciéndole caer el arma.

    La sorpresa paralizó a aquellos malhechores, lo que aprovechó el joven caballero para interponerse delante del torturado y, con su acero en guardia, impedir más agresiones.

    —¡¿Cómo osáis estas acciones, sin presencia del capataz?! —preguntó en voz alta don Rigoberto, buscando así, además, excusa para su conducta.

    Conocía que la pena en la Garduña para un traidor era la muerte. Y, si él le defendía, también le correspondería igual destino. Así que bueno era el tomar una excusa válida y contundente para amparar su proceder.

    —¡Llamadlo, aunque sea a estas horas! —ordenó con tono imperativo el caballero.

    —No se encuentra en la casa. Partió de viaje hará ya más de dos horas —contestó el guapo que había presidido la mesa del comedor el día anterior.

    —¿Y pretendéis darle muerte con el desconocimiento de don Jorge? ¿Habéis perdido la cordura? Las ordenanzas de la hermandad mandan que el acusado de traición sea juzgado y que pueda hacer su defensa, y vosotros queréis mandar a dar finamiento sin juicio a este hombre. ¡Eso es quebrantar la justicia y no lo he de consentir! —exclamó don Rigoberto con manifiesta indignación, que impresionó a los malhechores. Nunca nadie se había opuesto a sus intenciones y menos con aquella vehemencia.

    El guapo que llevaba la voz cantante y que conocía los deseos de don Jorge de nombrar a Alonso el Gavilán como su sucesor, sopesó la conveniencia de hacerle caso. Primero, porque, efectivamente, no había sido juzgado el denunciado de traición y ello era contravenir gravemente la ley de la casa; y, en segundo lugar, porque si iba a convertirse en el capataz, no convenía contradecir al Gavilán en aquella causa que con tanto ahínco defendía.

    —¡Cesad todos! Lleváis razón, Alonso —dijo—. Ha de ser sometido a juicio. Nos hemos precipitado. Las evidencias de la traición son tales, que no hemos sido capaces de cumplir con las ordenanzas, Aguardaremos a don Jorge.

    —Bien está entonces. El denunciado queda bajo mi custodia. Devolvedle sus ropas —contestó don Rigoberto.

    —Muchos bríos muestra el chivato —dijo el Capataz de la Sombra que acababa de llegar.

    —Aquestos hermanos iban a dar muerte a este cuitado, demandado de traición, sin ser oído ni juzgado, en contra de nuestras ordenanzas. Hube de oponerme reciamente —se explicó don Rigoberto. 

    —Los hermanos tendrán sus razones —planteó Juan de Tordesillas.

    —¡Soy inocente! ¡Soy inocente! —exclamó quejicoso el torturado.

    —En el juicio se verá. Aguardemos al regreso del Capataz de Santa Justa, como es de orden —dijo don Rigoberto, mientras cogía de un brazo al inculpado, después de cortar sus ligaduras.

    »Vayamos a mi cuarto. Allí quedaréis bajo mi guarda.

    Dejó que se echara sobre el camastro y él tomó asiento en la banqueta.

    —¿Cómo os llamáis? —le preguntó don Rigoberto.

    —Sebastián Vázquez, el Pesquero. Soy gallego, de Toroño. Y os aaeguro que soy inocente. Jamás traicionaría a nada ni a nadie —dijo el pobre hombre.

    —Os creo, aunque en el juicio ya se verá. Tendréis derecho a defendeos y mostrad vuestra inocencia. Ahora descansad. ¿Necesitáis ser curado? ¿aviso a un físico o a un cirujano? —se ofreció don Rigoberto.

    —No es necesario. Estos moratones se irán con el tiempo y, pese al dolor, no creo tener nada roto —le replicó Sebastián.

    —Descansad ahora. Voy a las cocinas a preparaos unos emplastes, para reducíos la inflamación. Atrancad la puerta cuando salga —le dijo don Rigoberto.

    Fue el caballero hasta las cocinas y preparó allí un ungüento de hinojo picado y manteca de cerdo, para extender sobre los cardenales, que había aprendido de su suegro. Se lo aplicó en las zonas inflamadas una vez regresó a la habitación y dejó al herido descansando.

    Como no quería dejarlo solo, golpeó en la puerta de la habitación vecina. La ocupaba un chivato también gallego, de Cebreiro. Supuso don Rigoberto que el hecho de ser casi paisanos sería garantía de buena custodia. Le pidió que le hiciera compañía, mientras estuviera ausente.  

    —Quedad con él y vigilad su descanso para que nada ni nadie le perturbe. Regresaré en breve —le ordenó don Rigoberto.

    —Descuidad —contestó el joven chivato que reconocía ya implícitamente la autoridad de Alonso el Gavilán.

    Salió de la casa con paso decidido hacia la colación de San Miguel, donde tenía entendido que estaban los talleres de los mejores espaderos. El repique de sus campanas llamaba a la oración sexta, quebrando el aire caluroso de Toledo cuando llegó a la calle de las Armas, entre Zodocover y San Miguel. Optó al azar por entrar al primero establecimiento que se le antojó, llevado por su instinto y arropado, eso sí, por un gran cartel de hierro forjado colgante sobre el cabezal de la puerta.

   Entró al obrador, donde el constante ritmo metálico y acompasado de los martillos de los oficiales batiendo el hierro, competía con el rugido del gran fuelle de cuero que avivaba la fragua. Cada pocos minutos, un violento siseo rasgaba la estancia cuando el maestro sumergía un metal al rojo vivo en la cuba de templar, levantando una nube de vapor acre y sulfuroso. Era un cubil de sombras solo iluminado por el parpadeo anaranjado del carbón y el destello limpio de las hojas de acero pulidas que colgaban de las vigas de madera.

    —¿Qué deseáis? —preguntó uno de los oficiales.

    —Desearía adquirir una espada de vuestra afamada forja. A ser posible de gavilanes —contestó don Rigobeto.

    —¡Maese Alonso, venga vuestra merced! Hay aquí un joven que desea una espada de gavilanes —voceó el oficial.    

    —¿En qué puedo servios? —preguntó el espadero.

    —Quiero una espada con defensas de gavilanes rectos —contestó el joven caballero.

    Pedro de Sahagún «el Viejo» superaba los sesenta años. Con toda su vida dedicada a la forja, sus espadas eran consideradas como unas de las mejores hechas en Toledo. Asintió despacio, midiendo con la mirada el porte del joven antes de darse la vuelta, extrañado de su pobre vestimenta y recelando de que su hacienda fuese suficiente para afrontar el pago del encargo.

    —Tantead este peso, vuestra merced —invitó el viejo espadero. Es un lienzo de acero toledano esperando que le demos forma.

    Mientras don Rigoberto sopesaba la hoja por la espiga desnuda, fascinado por el equilibrio del metal, maese Pedro sacó una tira de cuero marcada con sutiles muescas y un compás de hierro. Con ademán firme pero respetuoso, tomó la mano derecha del caballero. Midió primero la anchura de la palma para calcular la luz exacta que debían tener los gavilanes, y después la distancia desde la muñeca hasta la base de los dedos; solo así sabría cuántos cabos de madera de olivo y vueltas de cordobán necesitaría el puño para que el arma se sintiera como una extensión natural de su propio brazo.

    —Tenéis buena mano de armas —sentenció el artesano anotando mentalmente las proporciones. Los gavilanes habrán de ser recios y el pomo pesado, para que el equilibrio no fatigue vuestra muñeca en la refriega.

    »Y a acero de tan buena fábrica, debéis ponerles vuestra seña  —comentó el espadero.

    »Aunque no os quepa duda —respondió maese Pedro, mientras acariciaba la hoja con la yema del pulgar— que ninguna espada sale de esta fragua sin mi marca.

    El viejo artesano cogió de la mesa un pequeño punzón de acero templado y se lo mostró al caballero. En la punta del cincel, labrada en relieve invertido, se apreciaba una nítida letra S gótica.

    —Esta es mi seña —explicó con un orgullo tallado a golpe de yunque. La estampo a fuego vivo en el primer tercio del acero, justo bajo la cruz de los gavilanes. En Toledo, en Burgos y en los reinos de la mar, todo hombre de armas sabe que esta marca es juramento de que el hierro no ha de doblarse ni quebrarse ante el arnés de ningún enemigo. Es el sello de los Sahagún, y mi vida va en él.

    Quedó deslumbrado don Rigoberto con aquel alarde de orgullo y convencido de la bondad del arma que iba a adquirir.

    —Mi nombre es Alonso de Alquipir, conocido como «el Gavilán». Y mi lema ex alto omnia conspicio —dijo don Rigoberto. 

    Anotó el lema el espadero y comenzó la fase de regateo.

    —Hablamos de quinientos maravedís. Barato si se considera su calidad y la garantía que os otorgo —dijo maese Pedro.

    — Esa es cifra para una espada de parada real, no para un arma de campaña en tiempos tan recios como los de nuestro rey Enrique. Os ofrezco trescientos cincuenta maravedís de buena moneda corriente.

    El maestro espadero sonrió con amargura, limpiándose el sudor de la frente con el antebrazo tiznado de hollín.

    —Vuestra merced se burla de mi oficio. Sólo el carbón para la fragua y el diezmo del acero traído de las minas me cuesta la mitad de lo que ofrecéis. Tres semanas han estado mis oficiales batiendo el metal a golpe de martinete junto al río. Por menos de cuatrocientos setenta maravedís, vuelve al arca.

    —No estiremos la cuerda en demasía, que puede romperse —replicó don Rigoberto, sacando una bolsa de cuero que tintineó con pesadez. Cerremos el trato en cuatrocientos maravedís exactos, contados uno a uno en plata blanca. Y os encargaré además la guarnición para la daga de mano izquierda.

    El artesano miró la bolsa de cuero y luego la hoja de la espada. Sabía que la plata contante y sonante escaseaba en el Toledo de 1464 debido a las disputas nobiliarias.

    —Sea por la promesa de la daga y la buena fama de vuestro nombre —cedió el maestro, tendiendo su mano callosa. Cuatrocientos veinte maravedís y la espada de gavilanes es vuestra. Menos de eso sería perder el pan de mi familia.

    Don Rigoberto asintió levemente con la cabeza, sellando el pacto con un firme apretón de manos sobre el yunque.

    —¿Cuándo puedo recogerla? —preguntó  con rutina medida.

    —Le hemos de dar el templado final, bruñir la hoja y el ensamblaje definitivo de los gavilanes y el pomo. A más de grabar vuestro lema. Podéis pasar el sábado próximo —le indicó maese Pedro.

    —Tomad tres reales de plata de arras —dijo don Rigoberto.

    Maese Pedro contempló las tres piezas de plata blanca sobre la superficie mellada del yunque. Con un gesto pausado, extendió su mano derecha y deslizó las monedas hacia el hueco de su palma; sus dedos, endurecidos por décadas de tratar con el hierro candente, apenas si parecieron notar el frío del metal del rey Enrique. Las sopesó un instante antes de hacerlas desaparecer en la faltriquera de cuero que llevaba atada a la cintura, donde tintinearon sordamente contra sus llaves.

    —Quedan recibidas las arras —respondió el viejo espadero, afianzando el trato con una inclinación de cabeza. Vuestra palabra es ley en mi obrador, como mi marca lo será en vuestro cinto. Para el próximo sábado, tras la misa mayor en San Miguel, la hoja estará pulida en espejo y los gavilanes firmes.

    Don Rigoberto asintió con un ademán cortés y dio la vuelta. Al traspasar el umbral de la tienda, la densa atmósfera de carbón y azufre del taller quedó atrás, sustituida de inmediato por el bullicio cegador de la calle, el griterío de los mercaderes y las ráfagas de aire que subían desde el Tajo.

    —¡Vive Dios que me extraña que hombre tan aparentemente acaudalado vista casi con harapos! Aquí hay algo oculto, mas no es nuestro asunto. ¡Ea! ¡Sigamos con la faena, que hay mucha! —concluyó maese Pedro.

    Entró seguidamente a la fragua un hombre embozado. Aún estaba Maese Pedro junto al mostrador.

    —¿Podréis decidme si el mancebo que ha salido ha poco de este obrador os ha encomendado algún encargo o trabajo? —preguntó el desconocido.

    Maese Pedro entornó los ojos, clavando su mirada en la hendidura del embozo del desconocido. Sus manos, aún apoyadas sobre el mostrador, no se movieron, pero sus oficiales en la trastienda detuvieron el golpe de los martillos al notar el repentino silencio de su maestro.

    —En este obrador se forjan espadas, no chismes injuriosos —respondió el viejo artesano con una frialdad que competía con el metal de sus hojas. El hierro de los Sahagún guarda los secretos de quienes lo pagan con buena plata. Si no venís a encargar acero, la calle es ancha y la tarde corre.

    El embozado no se movió, pero un leve destello dorado asomó por debajo de su capa, revelando que traía una bolsa dispuesta a vencer la lealtad del espadero. Introdujo la mano bajo los pliegues y, con un movimiento pausado pero cargado de intención, depositó una pesada moneda sobre la madera del mostrador. El metal no emitió el tintineo cantarín de la plata de don Rigoberto, sino un golpe sordo y denso, inconfundible.

    Era un excelente de la banda, una codiciada moneda de oro macizo acuñada bajo el sello del rey Enrique IV, cuyo brillo pareció encender las sombras del taller.

    —Esta pieza de oro bien vale una respuesta, maese Pedro —susurró el desconocido, inclinándose ligeramente hacia el artesano. No busco que quebrantéis vuestro honor, sino saber si ese mancebo os ha encomendado un arma de combate o de parada. Toledo está revuelto y conviene saber quiénes afilan el hierro. Es por su bien.

    Maese Pedro miró el oro fijamente. En el convulso Toledo de 1464, con las disputas entre los partidarios del rey y los nobles rebeldes a punto de estallar, una sola pregunta de un embozado podía ser la diferencia entre la vida y la muerte.

    Fijó la mirada en la moneda que relucía sobre la madera. Un silencio denso se apoderó de la fragua; solo rota por el siseo del carbón, la oferta era una fortuna que ningún artesano toledano podía ignorar a la ligera en tiempos de escasez.

    El viejo espadero estiró su mano callosa y, con un movimiento lento y cargado de recelo, cubrió la moneda de oro con la palma, arrastrándola hacia su lado del mostrador sin llegar a guardársela aún en la faltriquera.

    —El oro compra el metal y el tiempo, caballero, mas no mi conciencia —dijo maese Pedro con voz sombría, inclinándose hacia el embozado. No sé quién os envía ni me importa. Solo os diré que ese mancebo no busca adornos para lucir en los saraos de la corte de don Enrique. Ha encargado una espada de armas de gavilanes, recta, recia y templada para la lid. Un hierro de campaña para quien espera tener que defender la piel antes de que mude la luna.

    El embozado asintió despacio tras el lienzo de su capa, dándose por satisfecho con la parca respuesta.

    —Es cuanto precisaba saber, maese Pedro —susurró el desconocido, dando un paso atrás hacia la claridad de la calle de las Armas. Guardad el acero y el secreto.

    —Temo que el Gavilán esté en graves asuntos y pueda ser atacado antes del sábado. Y me preocupa su juventud e ingenuidad. Demos prioridad a la fabricación de su arma para que cuente con la mejor protección —dijo en voz alta el espadero.

 

(Continuará...) 




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