LA GARDUÑA. XVI EL CUÑO DEL GAVILÁN
Cuño de «el Gavilán»
XVI
EL CUÑO DEL GAVILÁN
—Juan, por la salud de la Hermandad, es menester que Sebastián y yo compartamos, hasta que regrese don Jorge, un aposento seguro con dos yacijas; no queremos despertar con el acero en el gaznate —le previno Rigoberto al Capataz de la Sombra, tras levantar la mesa.
—Hacedlo así. Encerraos con él en la cámara de la torre alta. Nadie se atreverá a tomarse la justicia por su mano hasta que el traidor reciba la suya. Asegurad bien el cerrojo y allí estaréis seguros —le contestó Juan de Tordesillas.
Subieron los dos hombres hasta la cámara más alta de la casa. Empujaron un portón macizo de madera tachonada de clavos de hierro que crujió con estruendo. Era un aposento de paredes de cantería de granito y ladrillo toledano, encaladas en un blanco ya ennegrecido por el hollín. La única ventilación era una estrecha saetera, sin cristales ni postigo de cierre. El techo mostraba un sobrio alfarje envejecido por el tiempo y el suelo era de baldosas de barro cocido, frías y gastadas. Dos yacijas de madera tosca pegadas a los muros de izquierda y derecha, con jergones rellenos de paja crujiente y cubiertos por una pesada manta de lana basta y burda de color pardo, estaban dispuestas para el descanso.
Un sólido arcón de roble con herrajes de hierro negro, que servía tanto para guardar enseres como de mesa improvisada, una cántara de agua colgada de una estaca en una esquina y dos toscos taburetes de tres patas eran todo el ajuar. Tenía más pinta de calabozo que de dormitorio.
—Tomad asiento si podéis, muchacho. Aquí arriba nadie se atreverá a molestaos —le dijo don Rigoberto.
—Me habéis salvado la vida, hermano Alonso, y os quedo deudor por tan gran merced —respondió Sebastián con un hilo de voz, mientras se estrujaba las manos sobre las rodillas, aliviando el dolor de la quemazón producida por el roce de la soga en las muñecas.
—¿De qué delación se os acusa? —le preguntó Rigoberto.
—Se me demanda de delación de un hermano al que han prendido los alguaciles del Corregidor —respondió Sebastián, aún dolorido, si bien aparentaba estar más repuesto que por la mañana.
—¿Por qué lo persigue la justicia?
—Lo desconozco. Solo sé que fue prendido —contestó el gallego.
—¿Ha mucho que pertenecéis a la Hermandad?
—Pronto hará un año. Dejé a los míos en mi Toroño natal para ganar el pan en este Toledo de triste vida, donde pretendo aprender el oficio de pescador en el Tajo; que las redes y las aguas son lo único que medio conozco. Por la pura penuria del sustento acabé arrimándome a la cofradía, sin saber bien dónde entraba. ¡Mal año me naciera, vive el cielo! —respondió Sebastián.
—Sosegaos, buen hombre. Nadie os condenará a ciegas. Tendréis vuestro juicio para que aleguéis vuestra inocencia —le tranquilizó don Rigoberto.
»¿Os podéis fiar de vuestro paisano el cebreirego o teméis de él? —inquirió Rigoberto, entornando los ojos.
—¿Roi? Espero que sí. Es hombre cabal. No hay doblez en él —contestó el muchacho.
—Pues mañana os quedaréis con él, en tanto yo resuelvo unos negocios. Por vuestra vida os digo que no os mudéis de esta cámara; traeré un bacín para que no tengáis que trasponer el umbral ni por vuestras necesidades —afirmó el caballero.
Bajaron a cenar al comedor común. Tras tomar un bocado y levantada la prohibición de hablar, don Rigoberto buscó con la mirada a Roi de Cebreiro. Era un mozo de unos veinticinco años, de complexión recia y espaldas anchas, forjadas en la dureza de las tierras del norte. Lucía una barba rala de color castaño que apenas ocultaba una cicatriz en la mandíbula y unos ojos pequeños, claros y perpetuamente alertas, propios de quien vive guardándose de una traición en las sombras. Vestía un sayo basto de paño pardo, ya raído por los hombros, y un jubón de cuero endurecido ceñido por una gruesa correa de la que colgaba una faca de buen acero. Su hablar, cuando salía del mutismo, arrastraba ese acento melancólico y cadencioso de las tierras gallegas, un tono suave que contrastaba con la rudeza de su estampa.
Le dio la orden directamente
—Mañana cuando toquen a Laudes, subid a la torre alta a hacer compañía a Sebastián y le guardéis las espaldas.
—Descuidad. Se hará lo que os plazca ordenar —le respondió.
El gallego acataba con sumisión una autoridad que don Rigoberto no poseía por ordenanza en la cofradía, pero que gozaba por la fuerza de sus hechos, después de haberse opuesto con tanta vehemencia a los bravos que querían dar muerte a Sebastián.
Se hicieron con un bacín y regresaron a la torre alta para pasar la noche. Subieron los peldaños en silencio, escoltados por el crujido de sus propios pasos, hasta alcanzar la cámara. Una vez dentro, Rigoberto empujó el pesado portón y pasó la tranca de hierro, cuyo golpe seco resonó en las vigas del alfarje como el sello de una condena.
Bajó la intensidad del candil, hasta que la penumbra se adueñó del aposento, rota apenas por la mortecina claridad de la luminaria y los rayos de la luna creciente que la saetera prestaba desde el cielo estrellado de Toledo. Sebastián se encaminó con torpeza hacia la yacija de la izquierda y se dejó caer sobre el jergón de paja, arrastrando la manta parda hasta el cuello
Al otro lado de la cámara, Rigoberto permaneció de pie unos instantes, con los ojos habituados a la penumbra, contemplando el bulto indefenso del joven pescador. Después, tomó asiento en el catre opuesto sin desnudarse, manteniendo la mano derecha peligrosamente cerca del pomo de su daga. El caballero infiltrado intuía estar cerca de la llave de una conjura que conmovería a toda Castilla.
* * *
Las primeras luces de la mañana se colaron por la estrecha saetera y Don Rigoberto se levantó del catre sin que el jergón emitiera un solo crujido. Avezado a las vigilias de caballeros, no necesitaba sacudirse el sueño; se incorporó tan despejado y alerta como si no hubiera pasado la noche en aquel incómodo camastro de un reducto criminal.
Contempló un instante a Sebastián, que aún dormía un sueño pesado y quebrado por las pesadillas, con las muñecas llagadas encogidas contra el pecho. Golpearon la puerta. Era el Cebreiro que llegaba como relevo. El Gavilán se ajustó el cinto de cuero, comprobó el acero de su daga y, con paso firme pero silencioso, cruzó el aposento. Retiró la pesada tranca de hierro procurando que el metal no delatara sus movimientos y abrió la puerta.
—Pasad. Que Dios os conceda un buen día. Os traeré ahora algo de vino y unos mendrugos, para que os desayunéis y no salir bajo excusa alguna de estas cuatro paredes hasta que yo regrese. ¿Entendido?
—Como deséis. Os aguardaré en la torre alta junto a Sebastián —contestó Roi.
Tras subirles las provisiones tomadas en la cocina, don Rigoberto se dispuso a salir. Lo cierto es que él mismo estaba sorprendido con la facilidad con que se acataban sus mandatos en aquella casa.
Sentado en el poyo del zaguán estaba Juan de Tordesillas. Al ver aparecer al caballero, se incorporó.
—Se os hace tarde, Alonso —le dijo el Capataz con tono pausado. ¿Olvidáis que hoy habéis de recoger vuestro sello de casa del platero? No conviene hacer esperar al maestro que labra vuestra divisa.
—Bien decís, Juan —respondió el caballero. El platero es hombre concienzudo y quiero ver mi marca impresa en la cera antes de que apriete el sol.
Tordesillas dio un paso al frente y descolgó su propio capuz de un clavo de la pared.
—Mejor será que os acompañe —afirmó el Capataz. Fui con vos a encargarlo y es de ley que os guarde las espaldas. Dejemos que Roi de Cebreiro custodie la torre; nos bastamos nosotros para cruzar la ciudad.
Llegaron al taller de Fernando de Alcalá, donde el platero les aguardaba.
—¿En buena hora vengáis! Dios y la Virgen os guarden —les saludó el artesano.
»Ahora mismo hemos rematado vuestro sello del Gavilán. Plazca a Dios que sea de vuestro servicio —les dijo.
—Sepamos cómo queda —contestó don Rigoberto.
El platero tomó una porción de cera virgen, oscurecida con ceniza y pez para que los relieves se apreciasen mejor, y comenzó a amasarla pacientemente entre sus dedos curtidos. Fue ablandando la pasta hasta dejarla maleable como la manteca espesa. Tras darle forma de oblea circular sobre un tablero de peral, Fernando de Alcalá sopló un hálito húmedo sobre la matriz de plomo recién labrada para que el metal no se pegase a la cera.
Con pulso firme, centró el cuño y presionó con la fuerza de todo su cuerpo.
Al retirar la matriz con un movimiento seco y vertical, la cera comenzó a endurecerse al contacto con el aire frío del taller, revelando la impronta. En el centro de la oblea emergió la figura nítida de un gavilán perfilado, posado firmemente sobre una roca y con el plumaje de las alas perfectamente definido. Alrededor del ave, contorneando el borde circular, las letras latinas lucían limpias y profundas: EX ALTO OMNIA CONSPICIO.
El platero sopló la pieza para terminar de enfriarla, la sostuvo por el cordel de cáñamo que pasaba por sus muescas y se la tendió a su cliente.
—Mirad el vuestro sello, Alonso —dijo Fernando de Alcalá, mostrando la prueba en cera. El gavilán todo lo ve desde lo alto, tal como mandasteis. Dios os mantenga en su gracia y os dé gozo de esta vuestra divisa.
—¡Vive Dios que me place! ¿Qué opináis vos, Juan?
—Buena labor, señor. No vi cuño mejor labrado en la vida mía —contestó el Capataz de la Sombra.
Fernando de Alcalá guardó la matriz de plomo en una pequeña bolsa de badana y asintió complacido ante los elogios del capataz. Luego, se dirigió a don Rigoberto con una reverencia mesurada, frotándose las manos manchadas de hollín en su mandil de cuero. [
—Pues la obra es de vuestro agrado, señor, pluguiera a vuestra merced mandar que se me pague mi labor —dijo el platero con tono cortés. Por la fundición del metal, la talla de la letra menuda y el diseño del gavilán, tengo la hechura en ciento y ochenta maravedís.
Juan de Tordesillas buscó en su escarcela. En lugar de contar la suma en desgastadas monedas de cobre, extrajo cinco relucientes reales de plata de alta ley y los hizo tintinear sobre el mostrador de madera. Cada real de plata se tasaba oficialmente en treinta y un maravedís.
—Ahí tenéis ciento cincuenta y cinco maravedís en plata buena —dijo el Capataz de la Sombra, echando sobre la mesa veinticinco maravedís más, en toscas monedas de cobre para completar el pago. Tomad vuestro salario, maestro. Bien ganado lo tenéis.
El artesano recogió las piezas una a una, sopesándolas con el pulgar para comprobar que no estuviesen falsificadas ni recortadas.
—Dios os dé de él buen servicio y guarde vuestros estados, señores —concluyó Fernando de Alcalá, recogiendo el dinero en la arquilla del taller.
—A Dios seáis, maestro. Grandes gracias os doy por esta vuestra buena labor —se despidió don Rigoberto.
—Id con Dios, mis señores, y Él os guíe —respondió el platero con una inclinación.
Al salir a la calle, el aire denso y polvoriento de Toledo los golpeó en el rostro. Septiembre provocaba sobre la ciudad un calor rancio que hacía evaporar las inmundicias de las callejuelas. El callejón del platero, en la alcaicería, estrecho y flanqueado por altos caserones cuyos saledizos casi tapaban el cielo, resonaba con el eco lejano de los canteros que labraban la piedra de la gran Catedral en construcción. Dos frailes dominicos pasaron de largo con las capuchas caladas, esquivando a un mulero mudéjar que empujaba una bestia cargada de odres.
Mientras ascendían por las encrucijadas de la alcaicería hacia Zocodover, oyeron el tañido de la campana gorda de la Catedral. Eran los toques que anunciaban que la hora de Tercia expiraba y la mañana tocaba a su fin. Los golpes de bronce resonaban lentos, espaciados y rotundos, llamando a los canónigos al coro y avisando a los mercaderes que la undécima hora del día —según el cómputo de la aguja del reloj del templo— ya había caído.
—Gracias os doy por vuestra generosidad en el pago del sello —le dijo don Rodrigo a Juan de Tordesillas.
—Es un encargo de don Jorge y justo es que lo pague don Jorge —respondió el capataz.
Al cruzar la plaza, volvió la cabeza don Rigoberto y creyó ver por un instante al oscuro Bernabé, aquel que conoció mientras viajaba a Toledo. Intentó seguir con la vista su figura, pero la ruidosa muchedumbre de tratantes, aguadores y bestias que abarrotaba la plaza, hizo que lo perdiera de vista. «Tengo para mí que era Bernabé. Diríase que sigue mis pasos» —pensó el caballero.
—Subid a ver a Sebastián y quedad con él hasta la hora de la comida. Descansad un buen rato y dad relevo al Cebreiro —le aconsejó Juan a don Rigoberto al entrar a la casa de los Sampedro.
—Es lo más oportuno. No tengo más ocupaciones esta mañana, salvo descubrir algún necio que se deje engañar, y no tengo el ánimo dispuesto para ello —contestó el joven caballero, al tiempo que se despedía y comenzaba a subir las escaleras.
Al llegar ante el portón de la torre alta, los golpeó tres veces seguidas rápidamente y dos pausadamente, dejando un espacio de tiempo entre unas y otras. Era la seña convenida.
—¿Quién vive? —preguntó desde el interior Roi de Cebreiro.
—Alonso el Gavilán. Abrid.
—Pasad en buena hora.
—Podéis retiraos. Os vengo a dar relevo en la custodia de Sebastián. Os agradezco vuestro servicio —le dijo el Gavilán.
—Pláceme cumplir vuestro mandato. Quedad con Dios —se despidió el gallego.
—¿Cómo os encontráis? —preguntó el caballero a Sebastián.
—Mucho mejor. Cada vez más agradecido, hermano Alonso. Si no es por vos, fuera ya hombre muerto —respondió el Pesquero.
—Fue obligado. Mas... quizá me pudieseis ayudar.
—Si está en mis manos, contad con ello.
—¿Habéis oído noticia de la muerte de dos ricos judíos últimamente en Toledo? —preguntó el caballero.
—De dos no, de tres. Pues ayer mismo dieron muerte a otro —respondió Sebastián.
Don Rigoberto mudó el semblante y sus ojos quedaron fijos en el delator. La gravedad de la nueva pieza en el tablero aceleró su pulso, pero contuvo cualquier exclamación que delatase su condición de caballero.
—¿Un tercero? —inquirió, bajando aún más la voz. No tenía constancia de ello. ¿Quién ha sido la víctima y qué se dice en las sombras de este nuevo golpe?
—Abraham Haleví, uno de los principales arrendadores de las rentas mayores de Toledo y de todo el Reino de Castilla —respondió. Le encontraron flotando en el Tajo, después de haber sido degollado.
—¿Y sospecháis de alguien?
—¿Sospechar? Tengo por cierto que ha sido alguno de nuestros guapos. Nadie se atrevería a dar muerte a esos poderosos sin la cobertura de la Garduña —respondió Sebastián.
Don Rigoberto asintió con gravedad, volviendo a fijar sus ojos en el Pesquero con fingida frialdad criminal.
—¿Y se sabe qué diestro de la daga anduvo fino para degollar a semejante pez gordo? —inquirió el caballero, bajando la voz. Un golpe así requiere el acero de los mejores de nuestra cofradía. ¿Quién firmó la hazaña?
—No se habla de otra cosa en los boliches de la Tripería —susurró Sebastián, mirando de reojo hacia la puerta. Dicen que el encargo fue cosa del Galfarro, ese guapo que suele parar por las mancebías de la Cornacha. Y dicen que no anduvo solo, pero que su acero fue el que cobró la vida del marrano.
—¿El Galfarro es de nuestra colación? —inquirió don Rigoberto, simulando que repasaba mentalmente a los hombres bajo el mando del Capataz de Santa Justa.
—No, hermano Alonso —respondió el Pesquero, negando con la cabeza. Ese rudo pertenece a la colación de San Martín, pero bien sabéis que cuando el trabajo es grande y la paga es buena, las sombras de La Garduña se juntan sin mirar parroquias.
—¿Y por qué causa han sido muertos esos tres arrendadores? —preguntó el caballero, forzando un tono de mera curiosidad criminal. Deshacerse de los hombres que manejan las rentas del Reino no es un negocio cualquiera. ¿Qué se busca con derramar esa sangre?
Sebastián se aproximó un poco más, reduciendo el tono a un susurro apenas audible:
—Oro no ha sido, hermano Alonso, o al menos no solo eso. El runrún que corre por el boliche es que el Galfarro buscaba privilegios firmados que portaban. Alguien con mucho poder en Toledo o en Burgos, quiere borrar los registros de sus deudas... o debilitar las rentas que van a parar a las arcas del mismísimo Rey.
—Mas, andar en ligas con los de Burgos es jugar con fuego de alta cuna —replicó el caballero, entornando los ojos para ocultar el vuelco que le había dado el corazón. La Garduña nunca se ha metido en las trifulcas de la alta nobleza si no es por un botín seguro. ¿Quién de los grandes señores está pagando al Galfarro por hacerle ese trabajo al infante don Alfonso?
Sebastián miró con pavor hacia el portón, como si las paredes de la torre alta guardaran oídos, y se arrebujó en su jubón antes de contestar.
—No me hagáis hablar más de la cuenta, hermano Alonso, que por menos de esto se amanece con el acero en la garganta —suplicó el Pesquero con un hilo de voz. Solo os digo que el oro que cobró el Galfarro llevaba el cuño del arzobispado... y ya sabéis de qué lado se inclina la mitra de Toledo en este negocio contra el rey Enrique.
—El arzobispado... —masculló don Rigoberto, midiendo el alcance de la traición de la mitra. Entonces es cierto el rumor que ha traído la última posta del norte.
Sebastián asintió con presteza, complacido por ver que el caballero entendía la gravedad del asunto.
—Únicamente un clamor viene de Burgos —susurró el Pesquero, arrimándose aún más. Dicen que el marqués de Villena y los suyos andan emborronando un manifiesto infame contra el rey Enrique. El runrún es que no solo acusan al monarca de favorecer a moros y judíos y de exprimirnos con pechos y tributos... Hay algo mucho peor.
—¿Qué puede ser peor que acusar de herejía y tiranía a vuestro señor natural? —inquirió el caballero, manteniendo el semblante imperturbable.
—Andan diciendo en las sombras que la infanta Juana no es legítima, sino bastarda, habida por la reina con don Beltrán de la Cueva. Quieren desheredarla para alzar al infante don Alfonso. Por eso los de San Martín anda degollando a los arrendadores de la Corona: los rebeldes necesitan que el Rey no reciba un solo maravedí de Toledo para cuando estalle la guerra.
Se oyó lejana la campanilla que llamaba a los chivatos al comedor común.
—Vayamos a comer, Sebastián. Esta tarde os quedaréis otra vez con vuestro paisano. He de salir a terminar un asunto —concluyó el Gavilán.
(Continuará...)

Gregorio ayer el dedo dio donde no debía
ResponderEliminarEstá muy 🤨