LA GARDUÑA. XXII EN EL ABENGALÚN

 El delator delatado

XXII

EN EL ABENGALÚN

 

    Don Rigoberto llegó a la casa de los Sampedro con el pulso acelerado. El secreto que María la Trujilla le había confiado en el lecho de la Casa de la Jineta quemaba en su memoria y requería una presta resolución. El Pesquero era sólo el color con que encubrir al verdadero delator que había vendido a «el Tábano» y que parecía ser un tal Blas el Cojo, vecino de la colación de San Lorenzo.

    Llegó al comedor sonando el tercer toque y último de campanilla, impaciente por finalizar la comida, en cuanto los hombres terminaron de recoger los tableros y el silencio obligatorio se dio por concluido, don Rigoberto buscó a Juan de Tordesillas en la sala de recibir, entrando y entornando la pesada puerta de madera a sus espaldas para evitar oídos indiscretos.

    —Capataz —comentó el caballero, yendo directo al grano y apoyando ambas manos sobre la basta mesa de roble. Tenemos los ojos puestos en la celda equivocada. El traidor no es el Pesquero.

    Tordesillas alzó la cabeza de golpe, arrugando el entrecejo. El Capataz de la Sombra, aunque escéptico por naturaleza ante los soplos que venían de los distritos de placer, se dispuso a escuchar con profunda atención a don Rigoberto. Sabía que cometer el error de ejecutar al hombre inocente mientras el soplón real seguía libre sería su sentencia de muerte si don Jorge Sampedro regresaba con órdenes estrictas de la cúpula.

    —Medid vuestras palabras, Gavilán —dijo Tordesillas, reclinándose en su silla—. ¿Venís de las mancebías de San Justo y pretendéis enmendar la plana a los hermanos? ¿Qué os hace dudar de la culpa del Pesquero?

    —Vengo de hacer el trabajo que se debe hacer si no queremos que la Garduña quede en evidencia —replicó Rigoberto, bajando la voz hasta un susurro sibilino—. Mientras aquí nos limitamos a custodiar la torre alta, en los bajos fondos de la ciudad ya se sabe quién cantó ante el alguacil. El soplo que hizo caer al Tábano vino de la colación de San Lorenzo. Hay un tipo allí, un tal Blas el Cojo, que ha estado manejando monedas de oro que no le corresponden por su oficio.

    Tordesillas se acarició la barbilla, asimilando la información. Sus ojos fijos en el Gavilán denotaban que estaba sopesando la gravedad del asunto.

    —San Lorenzo... —masculló el Capataz. Es barriada de menestrales, tejedores y mala ralea. Un nido perfecto para ocultar la traición. ¿Qué certeza tenéis de ese nombre?

    —Tan seguro como de que si ajusticiamos al Pesquero, el verdadero traidor seguirá vendiendo nuestros secretos por las esquinas —sentenció don Rigoberto—. Dejadme ir a rastrearlo ahora mismo, antes de que caiga la noche. Si me dais vuestra venia, peinaré San Lorenzo y os traeré la confirmación de su culpa.

    Tordesillas guardó un silencio agónico, midiendo la frialdad del infiltrado. Finalmente, asintió con un gesto seco y resolutivo.

    —Id. Tenéis hasta la hora de la queda para encontrar a ese cojo y traer pruebas irrefutables. Si ese hombre cantó, su sangre pertenece a la cofradía. Pero escuchadme bien, Alonso: si esto resulta ser una falsedad para ganar tiempo, no habrá rincón en Castilla donde podáis escondeos.

    Don Rigoberto no esperó una segunda advertencia. Hizo una inclinación de cabeza, embozó su capa de chivato para ocultar sus intenciones y abandonó a toda prisa la casa de Santa Justa.

    Bajo el sol de la tarde que comenzaba a proyectar sombras afiladas sobre las piedras de Toledo, el caballero enfiló los angostos y empinados callejones que conducían hacia la parroquia de San Lorenzo. La caza de Blas el Cojo acababa de comenzar.

    El olor a lana sucia, tintes baratos y grasa llegó hasta la nariz de don Rigoberto en cuanto entró en la taberna de los Tejedores. Un tugurio subterráneo situado a unos pasos de la parroquia de San Lorenzo. La tarde avanzaba, pero allí dentro la actividad aún no se detenía: el local se encontraba sumido en el ajetreo propio de las sobremesas, con la comida sirviéndose todavía para los parroquianos más rezagados que apuraban escudillas de potaje de legumbres y anguilas secas entre el humo de las velas de sebo.

    El caballero, embozado en su capa de chivato de la Garduña, se deslizó hacia la barra de tablones astillados sin hacer ruido, esquivando a un oficial del gremio que devoraba su ración tardía en una mesa arrinconada. Sus ojos escudriñaron la penumbra buscando cualquier anomalía, cualquier bota que no pisara firme o unas muletas apoyadas contra un banco. No había rastro de ningún cojo entre los rezagados de la comida.

    El tabernero, un hombre de brazos como jamones y delantal mugriento, lo miró de hito en hito mientras recogía el cuenco de barro de un cliente que acababa de limpiar los restos de grasa con un mendrugo de pan.

    —Vino de Toro, un maravedí la jarra. Si buscáis asiento para almorzar, haced sitio con los codos —gruñó el hostelero con hostilidad gremial.

    Don Rigoberto no se sentó. Apoyó los antebrazos en el mostrador y dejó caer, con un tintineo seco y deliberado, una reluciente moneda de plata sobre la madera húmeda. Un metal demasiado noble para aquel nido de menestrales. El tabernero detuvo el trapo al instante. Sus ojos pequeños se clavaron en la pieza.

    —No vengo a comer, hostelero —susurró Rigoberto, arrastrando las palabras con la fría autoridad de la Sombra—. Vengo buscando a un vecino de esta colación. Un hombre que camina con dificultad, pero que últimamente gasta con excesiva soltura. Un tal Blas el Cojo.

    El tabernero tragó saliva. Miró de reojo a las mesas más cercanas, asegurándose de que el bullicio de los rezagados y las discusiones sobre los precios del hilo tapara la conversación. Sabía perfectamente que en San Lorenzo, quien manejaba oro sin tener telares propios solía andar en negocios turbios con la justicia o con organizaciones mucho más peligrosas.

    —Aquí entran muchos cojos, hidalgo... y la plata no compra la memoria de un hombre honrado —murmuró el tabernero, intentando estirar la mano hacia la moneda.

    Rigoberto plantó el dedo índice sobre la plata, frenando el movimiento del hostelero, y deslizó una segunda moneda, esta vez rozando el mostrador. El brillo de la codicia iluminó las pupilas del tabernero.

    —Esta plata compra vuestra memoria y vuestra seguridad —sentenció Rigoberto, entornando los ojos—. Si Blas ha estado aquí derrochando lo que no tiene mientras otros mendigan el pan, decidme dónde duerme antes de que la Sombra de Santa Justa caiga sobre este techo.

    El hostelero palideció al escuchar la mención sutil a la jurisdicción de Santa Justa. Limpió el sudor de su frente con el delantal y, con un movimiento rápido, hizo desaparecer las dos monedas bajo el mostrador.

    —No busquéis en las tabernas a estas horas —susurró el hombre, inclinándose hacia adelante—. Blas el Cojo ya no se mezcla con los oficiales del gremio desde que recibió sus... «ganancias». Se esconde en el Adarve de Abengalún, al fondo de la colación, en una accesoria baja junto a la muralla. Lleva dos días sin salir de allí, pagando a los chiquillos para que le traigan el pan y el vino. Teme que alguien de la cofradía vaya a cobrarle la cuenta del Tábano.

    Don Rigoberto retiró la mano del mostrador y se enderezó, embozándose de nuevo en la capa. El hostelero le había dado exactamente la pieza que necesitaba para completar el enigma.

    —Si Blas se entera de que he preguntado por él antes de que yo cruce su puerta, volveré a por mis monedas... y a por vuestra lengua —advirtió el caballero con un hilo de voz helada.

    Sin esperar respuesta, don Rigoberto dio media vuelta y abandonó el antro subterráneo, dejando atrás a los últimos rezagados de la comida. Al salir a la calle, el aire de la tarde toledana le pareció limpio en comparación con el tugurio, pero la urgencia seguía mordiéndole los talones. Con la espada de Sahagún todavía pendiente de recoger al sábado próximo, pero con el puñal al cinto y el rastro fresco de la traición, enfiló decidido el laberinto de San Lorenzo hacia el siniestro Adarve de Abengalún.

    Hacía honor a su fama de sumidero de la colación de San Lorenzo. Era un pasadizo angosto, sin salida, flanqueado por lienzos de sillería vieja y la sombra imponente de la muralla, donde el sol de la tarde apenas lograba colar un hilo de luz mortecina. El suelo, cubierto de inmundicias y desperdicios de los telares, amortiguaba las pisadas de Rodrigo mientras avanzaba buscando la casilla baja que el tabernero le había señalado. El portón de madera de acceso al adarve estaba abierto; solo se echaba la llave tras el toque de la queda.

    La encontró al fondo, casi empotrada contra el muro defensivo de la ciudad. Era una vivienda mísera, con una puerta de tablas combadas por la humedad y una saetera cegada con juncos trenzados. Dentro no se escuchaba ruido, pero el sutil rastro de humo de encina que escapaba por el tiro de la chimenea delataba que la guarida estaba ocupada.

    Don Rigoberto se detuvo. Se ajustó los embozos de su capa de chivato para conferirse un aire más oficial y golpeó la madera con tres golpes secos, autoritarios, usando el pomo metálico de su daga.

    —¿Quién va? —surgió una voz cascada, trémula de puro pánico, desde el otro lado. ¡No busco tratos con nadie! ¡Idos!

    El caballero arrimó los labios a la juntura de las tablas y bajó la voz, confiriéndole un tono sibilino y cómplice, el acento exacto de los ujieres que medraban a la sombra del poder civil.

    —Abrid, Blas. Vengo de parte del señor Alguacil Mayor —susurró con frialdad—. Traigo el resto de los maravedíes de oro que quedaron prometidos por lo del Tábano. El señor Alguacil no quiere cabos sueltos en el barrio.

    Al otro lado de la puerta se hizo un silencio sepulcral. El cebo era demasiado tentador para la codicia de un soplón que se sabía acorralado. Tras unos segundos de agónica duda, se escuchó el rastro arrastrado de unos pasos desiguales, seguido del chirrido de un pesado cerrojo de hierro que desandaba su camino.

    La puerta se entreabrió apenas un palmo. Por la rendija asomó un rostro demacrado, de ojos desorbitados y barba de varios días, perteneciente a un hombre de mediana edad que se apoyaba pesadamente sobre una muleta de madera basta. En cuanto Blas el Cojo bajó la mirada y no vio las libreas oficiales del concejo, sino los ropajes pardos de la Garduña, el terror le mudó el color del rostro a un gris ceniza.

    Intentó cerrar la puerta de golpe, pero don Rigoberto ya había metido su pie entre el marco y el madero. Con un empujón seco y brutal cargado con todo el peso de su cuerpo, el caballero abrió del todo la hoja de madera, haciendo que el cojo rodara por el suelo de tierra de la estancia mientras su muleta salía despedida.

    El caballero entró en la accesoria con la velocidad del ave de presa que le daba nombre, cerrando el portón a sus espaldas de un puntapié y echando el cerrojo. La estancia quedó sumida en una penumbra rota solo por el rescoldo del hogar.

    —¡Piedad! ¡Por los clavos de Cristo, yo no sé nada, no sé nada! —gimió Blas, arrastrándose de espaldas por el suelo—, con las manos extendidas en un intento inútil de frenar al intruso.

    El hidalgo caminó despacio hacia él, con el puñal en la mano, cuyo acero brilló de forma amenazante bajo la escasa luz. Plantó el pie firmemente sobre la pierna tullida del traidor, justo por encima de la tosca albarca de cuero y cuerdas que calzaba el miserable. El contacto rudo le arrancó un alarido de dolor que don Rigoberto ahogó de inmediato hincándole la punta del acero bajo la barbilla, obligándolo a estirar el cuello hacia el techo.

    —Grita una sola vez más, Blas, y el alguacil tendrá que buscar otro soplón en San Lorenzo —sentenció Rigoberto con un hilo de voz que congelaba la sangre.

    Sé que vendisteis al Tábano y sé que estáis dejando que el Pesquero pague vuestra fianza ante la Garduña. Ahora vas a confesarme cada palabra que le dijiste al ujier, o te juro por Santiago que no verás el amanecer de mañana.

    Blas el Cojo tragó saliva a duras penas, sintiendo el frío del acero mordiéndole la piel de la garganta. Pero su instinto de soplón de baja estofa, acostumbrado a medir a los hombres por el peso de sus bolsas, no tardó en reaccionar.

    Miró con detalle las ropas oscuras y desgastadas de Rigoberto. Para Blas, aquel hombre no era un hidalgo de rancio abolengo; era solo un hermano chivato de la escala más baja. Un miserable que, al igual que él, malvivía de las sobras de la cofradía y de los soplos en los callejones. Y si algo sabía Blas por propia experiencia, era que todo chivato tiene un precio dado el hambre crónica de su oficio.

    —Escuchadme... escuchadme, hermano —consiguió articular Blas con un hilo de voz ahogada, conteniendo un quejido. No os manchéis las manos por el Pesquero... Vos y yo somos de la misma ralea... Sabemos lo que es morder el polvo por cuatro maravedíes de cobre mientras los capataces se quedan con el oro.

    Don Rigoberto no desclavó la mirada, ni retiró el puñal, pero aflojó imperceptiblemente la presión sobre la albarca.

    —Hablad rápido, cojo —siseó el caballero.

    El Cojo interpretó aquel levísimo alivio como la señal inequívoca de que el chivato estaba mordiendo el anzuelo de la codicia. Una sonrisa asquerosa y desdentada asomó entre su barba de varios días.

    —Tengo oro, Gavilán... Oro del bueno, del que pesa, entregado por la mano del ujier del corregidor —susurró, entornando los ojos hacia un rincón de la estancia. Bajo las tablas del jergón, escondido en un trapo de lino, hay doce enriques de oro legítimos. Doce. Con eso un hermano chivato como vos puede comprar su libertad, dejar Toledo y abrir una taberna lejos.

    El traidor intentó mover una mano hacia el colchón de paja podrida, buscando tentar el dinero.

    —La mitad es vuestra —ofreció Blas, relamiéndose los labios—. Seis enriques de oro para vos si dais media vuelta, regresáis a vuestra colación y le decís que la de San Lorenzo está limpia. Que todo fue un bulo de las mancebías. Dejad que el Pesquero acabe en el Tajo con una piedra al cuello y ambos seremos hombres ricos mañana. ¿Qué os importa a vos la vida de ese desdichado? Un chivato con oro es un hidalgo; un chivato con honra muere de hambre en un portal.

    Escuchó el caballero la propuesta con una mezcla de repugnancia y fría satisfacción. El miserable acababa de confirmar, por su propia boca y movido por la soberbia de creerle igual de ruin, que era el autor de la delación del Tábano. Creyendo comprar el silencio de un igual, Blas el Cojo acababa de firmar su sentencia.

    Don Rigoberto retiró el pie con una lentitud deliberada, manteniendo la punta del acero rozando la nuez del traidor. Sin dejar de vigilarlo, usó la mano izquierda para arrancar el jergón de paja podrida de un tirón. Allí, envuelto en un jirón de lino mugriento, apareció el tesoro de la delación: doce maravedíes de oro relucientes, acuñados con el cuño real de Enrique IV. Las tomó todas, metiéndolas en su escarcela. No eran un botín; eran la prueba de cargo que desmoronaría la mentira.

    —Os habéis equivocado de hermano, Blas —susurró Rigoberto, propinándole un puntapié en las costillas para obligarlo a incorporarse. Arriba. Vais a dar un paseo.

    El cojo, despojado de su muleta y temblando como una hoja, intentó arrastrarse, pero el caballero lo levantó del cogote con una fuerza implacable. Hundió el filo del puñal en los embozos de la soga que el miserable llevaba a modo de cinturón, empujándolo hacia la salida.

    El trayecto desde el callejón del Abengalún hasta la casa de Santa Justa fue un calvario de humillación y pánico para el delator. Don Rigoberto caminaba pegado a él, embozado en su capa de chivato, ocultando el brazo que mantenía el acero firmemente apoyado contra los riñones de Blas. El cojo avanzaba a trompicones, arrastrando su pierna tullida sobre el empedrado, conteniendo las lágrimas cada vez que el acero le pinchaba la carne a través del sayo viejo. Para los pocos transeúntes que se cruzaban con ellos en los callejones de Toledo, parecían solo dos rufianes de la cofradía regresando a la madriguera tras una tarde de tabernas.

    Cruzaron el portón de la casa de los Sampedro justo cuando las sombras de la noche comenzaban a sepultar el patio interior. Rigoberto empujó al prisionero a través del patio y le obligó subir las escaleras hasta la sala de recibir, donde Juan de Tordesillas apuraba los últimos hilos de luz que entraba por las ventanas.

    La puerta se abrió de golpe. Blas el Cojo entró tropezando y cayó de bruces sobre las frías losas, gimiendo de puro agotamiento. Tordesillas alzó la mirada de inmediato, enderezando el lomo con los ojos abiertos por la sorpresa al ver la traza del miserable y la fría determinación en el rostro del Gavilán.

    Don Rigoberto dio un paso al frente. Con un movimiento seco de su mano izquierda, desató la escarcela y arrojó los doce enriques de oro sobre la basta mesa de roble.

    —Aquí tenéis la colación de San Lorenzo —sentenció don Rigoberto, envainando por fin el puñal—. Y aquí tenéis el precio por el que este miserable vendió a «el Tábano» a los alguaciles. Intentó comprar mi silencio ofreciéndome la mitad de la entrega, creyendo que un chivato de Santa Justa se vende por seis enriques de la «silla». El Pesquero está limpio. El verdadero traidor está a vuestros pies.

    Juan de Tordesillas se puso en pie lentamente. Miró fijamente las monedas de oro —un metal que jamás pasaría por las manos de un tejedor de San Lorenzo— y luego clavó sus ojos implacables en el cojo, que lloraba sobre las losas. El escepticismo del Capataz de la Sombra se disipó por completo, sustituido por una furia fría y calculadora. La verdad estaba sobre la mesa.

    El destino de las sombras en Santa Justa dio un vuelco total tras la bajada de Blas el Cojo a las profundidades de la sillería. Don Juan de Tordesillas no se demoró un instante: alzó la acusación de inmediato y el Pesquero fue sacado de su encierro para ser devuelto a su humilde cuarto del patio interior. No se tomaría ninguna medida definitiva con el delator hasta que don Jorge Sampedro regresara, momento en el que se le rendiría cuenta detallada de todo para que dictara la sentencia de la cofradía. 

    El caballero, bajo su piel de Gavilán, había demostrado su valía, arriesgando la vida en los peores callejones de Toledo para salvar a un inocente y cumplir con su deber. Mientras tanto, en las entrañas de la sillería, el traidor escuchaba el eco definitivo del cerrojo. Allí abajo, donde el aire olía a tierra mojada y a secretos sepultados, el silencio solo era roto por el goteo pausado del agua contra la piedra. El delator sabía que la Garduña no olvidaba, y que las sombras del sótano serían sus únicas compañeras hasta que el veredicto de Sampedro dictara su final.

 

(Continuará...) 

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