LA GARDUÑA. XXV EL PERHIJAMIENTO
Firma de la escritura de adopción
XXV
EL PERHIJAMIENTO
Amaneció ese viernes con una neblina densa que subía desde el Tajo, ocultando los primeros movimientos en la casa de los Sampedro. Don Rigoberto no perdió un instante. A primera hora, valiéndose de la perfecta excusa de tener que vender las mulas que lo habían traído a la ciudad imperial el primer día, abandonó la casona señorial. Esta vez no caminaba solo; a su lado iba Sebastián el Pesquero, que ya ejercía oficialmente como su escolta y asistente personal, vigilando cada uno de los pasos del flamante heredero.
Antes de enfilar el laberinto de callejuelas, don Rigoberto se detuvo en un rincón apartado y clavó una mirada severa en su asistente, sujetándolo con firmeza por el brazo.
—Sebastián —le advirtió en un susurro cortante—, vais a guardar el máximo secreto sobre el lugar adonde llevamos estas mulas. Nadie en la casa, ni el mismísimo don Jorge, debe saber a qué tratante se las entregamos ni en qué calle comerciamos con ellas. Son mis asuntos personales de antes de entrar en esta casa, y un buen asistente sabe cuándo morderse la lengua si quiere conservar mi favor. ¿Ha quedado claro?
El Pesquero asintió con presteza, intimidado por el tono del caballero. Con el flanco cubierto, Rigoberto lo guió a la Bajada de San Miguel, hasta la casa de Nuño, el cartero real. El tiempo apremiaba de manera asfixiante, pues la cita con el escribano público para ratificar la carta de perhijamiento estaba fijada para la hora sexta.
Apartó a Nuño simulando el regateo por el precio de las bestias. Mientras Sebastián observaba a corta distancia lo que parecía una simple transacción de chalanes, Rigoberto le susurró al cartero real las verdaderas órdenes para su plan de contingencia. Le indicó que se encontrarían en secreto a las afueras de Toledo, más allá de las murallas, y le pidió que llevara su ropa heráldica de caballero con las armas y los atributos legítimos de don Rigoberto de Majarazán, para presentarse ante la corte en Valladolid con la dignidad que su linaje exigía.
Una vez cerrada la falsa venta de las mulas, y con los minutos contados para la cita legal, don Rigoberto se volvió hacia su asistente. La culpa y el deseo por la Trujilla seguían quemándole por dentro.
—Sebastián, id ahora al Mesón del Lino. Buscad a María la Trujilla. Dadle aviso de que esta misma tarde parto hacia Valladolid, pero hacedle saber que regresaré a Toledo por ella. Id rápido y alcanzadme luego en la escribanía. No podemos llegar tarde ante el fedatario del rey.
Don Rigoberto caminó en solitario hacia la plaza mayor. Faltaban pocos minutos para la hora sexta cuando cruzó el dintel de la escribanía pública. Sentado en un recio sillón de maderas oscuras le esperaba don Jorge Sampedro, flanqueado por Juan de Tordesillas y por el propio escribano real, un hombre enjuto de mirada afilada que ya sostenía la pluma de ganso sobre el tintero.
—Llegáis en el momento justo, Alonso —dijo don Jorge, dedicándole una mirada de aprobación—. El fedatario tiene ya dispuesta la carta.
José Andreu, el escribano real, aclaró su garganta y, con voz monótona pero imponente, comenzó a leer el pergamino, dotando al acto de la solemnidad que la Corona exigía:
—Sepan cuantos esta carta pública vieren, cómo en este día de la fecha, ante mí, escribano público del rey en la imperial ciudad de Toledo, se otorga escritura formal de perhijamiento, conforme a derecho y según lo dispuesto en la Partida Cuarta, Título XVI de las Siete Partidas de nuestro sabio rey don Alfonso.
Cada palabra resonaba en la sala con el peso de una sentencia. El documento declaraba solemnemente que el anciano caballero, de su libre y espontánea voluntad, tomaba por hijo legítimo y sucesor a Alonso de Alquipir, recibiéndolo bajo su patria potestad y nombrándolo único heredero universal de todos sus bienes, mayorazgos y de la dignidad del Marquesado de Sampedro.
Don Rigoberto escuchaba la lectura con los ojos fijos en el documento, pero sus oídos permanecían atentos al menor ruido de pasos en la antesala. Si Sebastián el Pesquero se demoraba en el Mesón del Lino o si levantaba sospechas ante la madre de la Trujilla, todo el andamiaje de su huida a Valladolid podría venirse abajo antes de estampar la firma.
—Si estáis conforme, don Jorge, proceded al otorgamiento —indicó Andreu, deslizando la pesada escribanía de plata hacia el anciano.
Con mano temblorosa pero firme en su propósito, el viejo marqués firmó al pie del pergamino. Aplicó de inmediato la cera roja y presionó el gran anillo con las armas de los Sampedro, sellando el perhijamiento. Justo en ese instante, la puerta de la escribanía se abrió discretamente. Por el rabillo del ojo, don Rigoberto vio entrar a Sebastián, que venía sofocado y con el calzado cubierto del polvo, pero con una leve inclinación de cabeza que ponía fin a su angustia: el recado a la Trujilla había sido entregado.
—Vuestro turno, Alonso —dijo don Jorge, extendiéndole la pluma—. Firmad como mi hijo ante las leyes de Castilla, y que Dios guarde vuestro viaje a la corte.
Don Rigoberto dio un paso al frente, asió la pluma y estampó con trazo firme su nombre: Alonso de Alquipir. Era la última vez que firmaba con ese apellido; el sello de cera roja que descansaba al lado de su rúbrica lo convertía, desde ese mismísimo instante y ante todas las leyes de Castilla, en Alonso de Sampedro.
En cuanto el escribano real firmó y alzó el pergamino para dar fe del otorgamiento, don Jorge Sampedro se levantó de su sillón de maderas oscuras. Con una solemnidad que conmovió a los presentes, el anciano marqués abrió sus brazos y estrechó a Rigoberto en un hondo y firme abrazo de perhijamiento. Aquel gesto físico, exigido por la costumbre medieval para ratificar ante los testigos que el nuevo hijo entraba oficialmente bajo la potestad y el amparo del linaje, sellaba el acto de manera irrevocable. Al romper el abrazo, el viejo noble puso sus manos sobre los hombros del caballero, con una mirada cargada de orgullo paternal.
—Dios bendiga vuestro nuevo nombre, mi legítimo heredero —dijo don Jorge con voz trémula pero clara—. Marchad ahora a Valladolid como un Sampedro. Traed el sello del rey y reclamad lo que por derecho nos pertenece.
Al regresar a la casona señorial, los preparativos para la marcha se agilizaron con presteza. Don Jorge, celoso de la seguridad de su nuevo heredero en un reino que amenazaba con despedazarse, accedió a petición de su hijo, de que le acompañasen Sebastián el Pesquero, que ya ejercía como su asistente personal, y Roi el Cebreiro, el gallego de pocas palabras y mano rápida para el acero.
Juan de Tordesillas hizo entrega a don Rigoberto de una pesada bolsa de cuero que tintineaba con blancas, maravedís de plata y algunos excelentes de oro, provistos por las arcas de la casa para sufragar los gastos de postas y posadas hasta Valladolid. La despedida formal entre el viejo marqués y su sucesor se selló en el gran salón de recibir, bajo la atenta mirada de los presentes. Don Jorge, visiblemente complacido por la resolución del caballero, le deseó buen viaje y le encomendó una vez más no regresar a Toledo sin el reconocimiento del marquesado refrendado por la Corona.
Don Rigoberto inclinó la cabeza en señal de agradecimiento, ocultando el inmenso suspiro de alivio que le inundaba el pecho. El pretexto legal había funcionado a la perfección. Tenía el permiso para salir de Toledo, el dinero de la casa, una escolta oficial y el amparo del marquesado de los Sampedro para justificar su viaje. Al fin, el Gavilán alzaba el vuelo.
(Continuará...)

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