LA GARDUÑA. XIX EL SEÑUELO

 

 

     El Capataz del Salvador y el arzobispo Carrillo.

 

XIX

EL SEÑUELO

 

     El repique de las campanas del Salvador llamando a la hora sexta, reverberaba con fuerza por los callejones de la colación. El sol de la mañana calentaba las piedras, pero el ambiente en el sótano del almacén de paños de seda, donde se escondía el Capataz y tenía su sede la Garduña del Salvador, era húmedo y denso.

    Sobre la recia mesa de madera, el Capataz de la Sombra depositó el fardo de cuero que llevó con tanto celo desde Santa Justa. Frente a él, el Capataz del Salvador observó el paquete con sus ojos felinos, manteniendo una calma tensa que delataba la gravedad del momento.

    —Aquí tenéis lo que desvelará el destino próximo de Toledo —dijo Juan de Tordesillas con voz áspera, rompiendo el silencio. Son los privilegios y las garantías de cobro de las alcabalas reales de Abraham Haleví.

    El Capataz del Salvador alzó una ceja, asombrado, mientras deshacía los nudos de cuerda para examinar los documentos con los sellos de lacre de Enrique IV.

    —Por los clavos de Cristo... —murmuró el del Salvador, pasando los dedos por los minuciosos asientos contables. Al Galfarro lo degollaron antes de que confesara dónde había escondido este legajo tras matar al judío. ¿Cómo demonios ha aparecido esto en Santa Justa?

    —Ha sido obra del Gavilán —respondió el Capataz de la Sombra con una sonrisa torva e inquisitiva. A quien don Jorge Sampedro quiere nombrar como su sucesor. Por una carambola de la fortuna, el Gavilán dio con ellos y, buscando ganarse mi favor y demostrar su lealtad a la hermandad, me los ha entregado esta misma mañana en la casona. No tiene la menor idea de su valía ni de lo que estos pergaminos representan —mintió adrede Juan de Tordesillas, para disipar las sospechas sobre el joven.

    El Capataz del Salvador asintió despacio, sopesando el legajo de cuero con las manos, mientras una idea sombría cruzaba su mirada.

    —El Gavilán nos ha ahorrado tener que levantar las piedras de la Tripería —sentenció el del Salvador. Con esto, las finanzas de la Corona en Toledo quedan completamente ciegas este invierno. El rey Enrique no podrá pagar a sus ballesteros del alcázar. Llevaré estos documentos de inmediato al palacio del Arzobispo Carrillo; monseñor recompensará a la Garduña como merece. Pero decidme, Juan... si ese Gavilán es tan hábil como para dar con lo que el Galfarro escondió, ¿no creéis que se convertirá en un cabo suelto muy peligroso en cuanto Carrillo use estos papeles contra el rey?

    El de la Sombra se empinó, frunciendo el ceño. Aunque sentía el aguijón de la envidia por la rapidez con la que el joven se había ganado el favor de don Jorge Sampedro para sucederle, existía un lazo inquebrantable de magisterio que lo unía al Gavilán: él lo apadrinó; él fue su mentor.

    —El Gavilán es de los míos —respondió el de la Sombra, con un tono firme que cortaba cualquier insinuación. Si os he traído este fardo es para demostrar que Santa Justa provee lo que la cofradía necesita, no para vender a mi pupilo. El muchacho me entregó los documentos porque confía en mí y porque cree que solo son asientos viejos de un prestamista judío. Está limpio de sospecha. Déjalo al margen de los manejos del palacio arzobispal. En cuanto don Jorge regrese con las órdenes del Hermano Mayor, yo mismo me encargaré de mantener al Gavilán ocupado controlando los boliches abajo.

    —Como queráis —replicó el Capataz del Salvador con una mueca ambigua, guardando los privilegios. Pero juegas con fuego guardándole las espaldas. Monseñor Carrillo no es hombre que perdone las firmas que han pasado por manos ajenas.

    Con el trato cerrado, el del Salvador se dispuso a cruzar las naves del almacén rumbo al palacio episcopal y el de la Sombra, regresó a Santa Justa.

* * *

    Blas de Valdepeñas, el Egregio, Capataz del Salvador, cruzó las galerías del palacio episcopal de Toledo con el fardo de cuero oculto bajo la capa, sintiendo el peso de un secreto capaz de incendiar toda Castilla. Tras ser conducido en silencio por un familiar de la casa a través de estancias tapizadas de ricos brocados, llegó finalmente al aposento privado de don Alfonso Carrillo de Acuña.

    El todopoderoso arzobispo de Toledo, el prelado guerrero que hacía y deshacía destinos en el reino, se encontraba de pie junto a un alto ventanal de tracería gótica. El sol de mediodía recortaba su imponente silueta, revestida con una sotana de fina lana purpúrea. No se giró inmediatamente al escuchar los pasos del capataz; sus ojos fijos contemplaban las torres del alcázar, donde el bando del rey Enrique IV aún resistía.

    —Monseñor —dijo el Capataz del Salvador, doblando levemente la rodilla en señal de reverencia mientras depositaba el legajo sobre la mesa. Los hombres del Salvador han cumplido. Aquí están los privilegios fiscales y las garantías de cobro de las alcabalas que administraba el judío Abraham Haleví. El brazo ejecutor que enviamos los arrebató antes de su muerte y han sido rescatados esta misma mañana.

    Carrillo se volvió con parsimonia. Su rostro, surcado por las líneas de la ambición y el mando, se iluminó con una gélida satisfacción al desatar los cordones de cuero. Con dedos enjoyados, desplegó los minuciosos pergaminos sellados con la cera real de Enrique IV.

    —Excelente —murmuró Carrillo, pasando la yema del dedo sobre la firma del monarca. Con estas escrituras en nuestro poder, Toledo queda completamente ciega. Mañana los oficiales del rey no sabrán a quién reclamar los tributos de la seda y el grano. Hemos degollado las finanzas de la Corona en esta provincia.

    El arzobispo se acercó a un recio cofre de hierro situado en un rincón del despacho. Con una llave que colgaba de su cinturón, extrajo una pesada bolsa de lona que tintineó con fuerza metálica al caer sobre la mesa, junto a los papeles robados.

    —Doscientos excelentes de oro —sentenció Carrillo, empujando la bolsa hacia el criminal. Cien por el puñal que silenció al hebreo y otros cien por estas escrituras. La Garduña sabe servir a su señor.

    El Capataz del Salvador recogió la bolsa con una inclinación de cabeza, guardándola con destreza bajo su ropaje. Sabía que aquel oro compraba muchos silencios y la impunidad de las mancebías y garitos del hampa toledana.

    Carrillo regresó al ventanal, entrelazando las manos a la espalda. Su mirada se endureció al clavar los ojos en la mole del alcázar.

    —Guardad bien este oro, capataz, y decid a vuestras hermandades que tengan los aceros listos en las sombras de las colaciones —insinuó el prelado con un tono de voz que helaba la sangre. El próximo trece de septiembre expira el plazo del ultimátum que la liga de nobles hemos impuesto a ese rey impotente. Si no acepta desheredar a la Beltraneja y someterse a nuestras demandas, estas escrituras serán el primer clavo de su ataúd financiero. Necesito que vuestros boliches y vuestros guapos siembren el caos en las calles en cuanto las campanas de Santa Leocadia den la señal.

    El del Salvador guardó un instante de silencio respetuoso pero firme antes de responder. Conocía las severas leyes de la hermandad.

    —Monseñor sabe bien que la Garduña os pertenece en devoción —replicó el capataz de manera comedida—, pero una demanda de tal magnitud, que compromete a todas las colaciones de la urbe, es un asunto que excede mis competencias. Debo consultarla de inmediato con el Hermano Mayor. Solo él puede dar la orden de levantar las hermandades.

    Carrillo asintió con una leve y fría inclinación de cabeza, aceptando las reglas de la cofradía que le servía.

    —Hacedlo pues, y no demoréis la respuesta —lo despidió el arzobispo, dándole la espalda para regresar a su escrutinio del alcázar. Pero id con Dios y aseguraos de que no quede ningún cabo suelto. Las firmas que han pasado por manos de delincuentes tienden a dejar rastros de sangre.

 * * *

    El almuerzo en el comedor de la casa de los Sampedro transcurrió bajo la regla de un silencio absoluto, una norma inquebrantable impuesta por la superioridad para evitar que los oídos del servicio o las paredes de la colación filtrasen los secretos de la hermandad. Solo se escuchaba el tintineo de las escudillas de barro y el masticar pausado de los comensales. Don Rigoberto mantuvo la mirada baja, fingiendo indiferencia, mientras sentía los ojos del guapo que presidía la mesa, clavados en él desde la cabecera.

    Al terminar el servicio y retirar la mesa, los hombres comenzaron a abandonar la estancia de uno en uno, guardando las distancias. Juan de Tordesillas esperaba en el corredor contiguo, junto al aguamanil de loza de Talavera donde acostumbraban a lavarse las manos.

    Cuando el Gavilán se aproximó, el Capataz de la Sombra no despegó los labios, pero sus manos comenzaron a hablar en la jerga muda de la Garduña. Mientras sumergía los dedos en el agua, Tordesillas hizo una sutil presión con el pulgar izquierdo sobre su propia palma derecha —la señal de que el cargamento había sido transferido— y, acto seguido, trazó en el aire una discreta parábola ascendente con el índice, el signo que identificaba a la colación del Salvador.

    Don Rigoberto asintió con un leve cabeceo, mostrando que entendía el mensaje: los privilegios ya estaban en manos del Salvador.

    Sin embargo, el Capataz tenía un dato más que transmitir, el más alto y peligroso. Tomó un paño de lino para secarse y, dándole la espalda a los demás chivatos, inclinó levemente el lienzo hacia el hidalgo infiltrado. Oculto entre los pliegues del tejido, Tordesillas sostenía un anillo de latón, un burdo recordatorio que utilizaban para simbolizar la mitra de Toledo. El Capataz clavó su mirada en el Gavilán y, con una sonrisa ladina y un brillo de triunfo en los ojos, golpeó dos veces el anillo contra su pecho.

    La advertencia silenciosa fue clara como el agua limpia: el negocio había escalado hasta la cumbre más alta. El Capataz del Salvador no se había quedado con el botín; se lo había entregado directamente al mismísimo Arzobispo Carrillo.

    Tordesillas arrojó el paño sobre el mueble, dio una palmada en el hombro de don Rigoberto —felicitándole en silencio por lo que creía una hazaña perfecta— y se alejó por la galería noble con paso firme. Don Rigoberto se quedó solo ante el aguamanil, sintiendo que el agua se le congelaba en las manos. La engañifa de Bernabé acababa de entrar en el palacio arzobispal. «¡Dios quiera que la falsificación no se descubra!» —dijo para sus adentros el joven caballero.

    El Pesquero, subió primero los desgastados escalones de piedra de la torre alta, con los hombros hundidos por el peso de la preocupación. Le siguió de cerca don Rigoberto, manteniendo el paso firme y la mirada atenta a las escaleras. Aquella cámara, aislada del bullicio de la casa de los Sampedro en Santa Justa, era uno de los pocos rincones con mayor dificultad a ser escuchados, aunque no era cuestión de excesivas confianzas. 

    Para don Rigobeto, las cartas ya estaban sobre la mesa: los documentos falsificados por Bernabé descansaban en los archivos del Arzobispado, y los auténticos privilegios del hebreo se hallaban bajo la custodia de Beltrán de la Cueva en el Alcázar. No quedaba nada que guardar, solo restaba esperar a que la tormenta política estallase en Toledo.

    Se apoyó Sebastián contra el alféizar de la estrecha aspillera, contemplando el perfil de la ciudad bajo el sol de septiembre. Su rostro reflejaba una honda zozobra.

    —El aire pesa en Toledo, Gavilán —rompió el silencio con voz queda. Toda la colación de Santa Justa sabe que el hermano Galfarro ha terminado en el Tajo, pero me dicen que en las tabernas se respira un miedo extraño. El Arzobispo Carrillo y el Marqués de Villena andan tramando algo gordo con los nobles. Nadie sabe cuándo estallará la discordia contra el rey, y a mí el tiempo se me agota.

    —Sea cuando sea la revuelta, Sebastián, no nos pillará desarmados —replicó don Rigoberto, cruzando los brazos con gravedad. ¿Por qué os desveláis por la alta política?

    —No es la política lo que me quita el sueño, señor, sino mi propio pellejo —confesó el Pesquero, volviéndose con los ojos desorbitados por el temor. El juicio ante el tribunal de la hermandad es inminente. Me acusan de delación de un guapo de la cofradía detenido por los alguaciles. Bien sabéis que en la Garduña la traición se paga con la soga o el puñal. Si no logro demostrar mi inocencia, estoy muerto.

    —Templad los nervios y mantened la boca cerrada ante el tribunal —le conminó don Rigoberto, aproximándose con paso lento. Yo moveré los hilos necesarios desde arriba. Don Jorge Sampedro está anciano, y su viaje lejos de Toledo tiene como fin entrevistarse con el Hermano Mayor de la Garduña para conseguir la autorización suprema de dispensarme del año de noviciado, y nombrarme su sucesor legítimo. En cuanto regrese, Alonso de Alquipir será el Primero de esta casa.

    El Pesquero contuvo el aliento, asimilando la magnitud del anuncio, viendo de golpe una luz al final de su túnel judicial.

    —Escuchadme bien, Sebastián —continuó el caballero infiltrado, fijando sus ojos de lince en él. Defendeos con aplomo en ese proceso. En cuanto salgáis absuelto de la acusación de delación y se me otorgue oficialmente la jefatura de los Sampedro, os nombraré mi asistente personal. Desde ese mismo instante, os convertiréis en mi sombra y os sentaréis a mi diestra.

    Un brillo de asombro y salvación encendió las pupilas del Pesquero. Pasar de ser juzgado como un delator repudiado a convertirse en el asistente directo del futuro Primero de Santa Justa, era un vuelco de la fortuna providencial.

    —¡Vive Dios, señor, que si salgo libre de esta, no habrá sombra que os siga con más fidelidad que la mía! —juró el Pesquero con devoción. Mi vida entera estará a vuestro servicio.

    —Contaba con ello —concluyó don Rigoberto, volviéndose hacia la aspillera para mirar la imponente silueta del Alcázar.

    Ignoraba que, tras aquellos recios muros, el rey y Beltrán de la Cueva consumían las horas acorralados por un ultimátum. El hidalgo infiltrado contempló la ciudad, ajeno al tiempo que se le escapaba a Castilla, pero seguro de que su nueva sombra resistiría el embate del destino. Al otro lado, monarca y valido acordaron de consuno partir hacia Valladolid a fin de abortar la rebelión que se estaba forjando.

 

(Continuará...) 

 

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