LA GARDUÑA. XVII LOS PRIVILEGIOS
Bodegón de la Sangre del Matadero
XVII
LOS PRIVILEGIOS
Era la colación de San Martín, un laberinto de callejones sombríos y adarves que se desparramaban por el peñasco granítico sobre el Tajo, sirviendo de linde natural con la Judería Mayor de Toledo. «Su cercanía a la Aljama es razón de que sean de San Martín los asesinos» —se dijo don Rigoberto, mientras se preparaba para llegarse al bodegón de la Sangre del Matadero, en la Bajada de la Tripería.
Mejor que salir de incógnito de la casa de los Sampedro —lo que podía causar sospechas de consecuencias incalculables—, prefirió simular un encuentro amoroso. Era posible así evitar cualquier impertinente compañía y, a la par, crear suficiente coartada para su visita a San Martín.
—He de ir a una cita con una dama. Regresaré para la cena, no es oportuno que me acompañéis —le dijo don Rigoberto a Juan de Tordesillas.
—Lo que no sé es si es oportuna esa cita, Alonso. Las faldas suelen estar peleadas con la discreción y el sigilo que exige nuestra hermandad —contestó el Capataz de la Sombra.
—No os apuréis por ello, señor Capataz. Que nada más lejos de mis intenciones que el descubrir lo que debo callar —le respondió.
—Confío en vos. Mas llevad cuidado, es fácil caer en la parlería ante unas buenas carnes femeninas —sentenció Juan.
Don Rigoberto abandonó por fin la casa de los Sampedro, aliviado por haber dejado atrás la escrutadora compañía del Capataz. Al ganar la calle, le recibió el bochorno espeso de una tarde de mediados de septiembre. El sol convertía el aire en un vapor denso.
Semiembozado en su capa parda a pesar del sudor que comenzaba a perlarle la frente, el caballero apresuró el paso por las callejuelas, buscando la vertiente occidental de la ciudad. Conforme se aproximaba a la Bajada de la Tripería, la solana daba paso a unas sombras alargadas y opresivas, y el ambiente se cargaba con el hedor a cuero rancio y sangre de los despojos del matadero cercano. Se deslizó colina abajo por el laberinto de guijarros hacia la colación de San Martín, con la mano firme sobre su daga oculta, atento a los boliches clandestinos que empezaban a cobrar vida en el barrio.
El de la Sangre del Matadero se agazapaba en el recodo más umbrío de la Bajada de la Tripería, empotrado contra el talud de la roca granítica de San Martín. Su fachada era un muro ciego y descascarillado de tapial y adobe, ennegrecido por las salpicaduras de las aguas sucias que corrían por el riachuelo de la calle. Carecía de ventanas hacia el exterior, salvo por un respiradero estrecho protegido por una reja de hierro forjado oxidada por la humedad del río.
El único acceso era un portalón bajo de madera de roble renegrida, carcomida por el tiempo pero reforzada de arriba abajo con recios herrajes de hierro y clavos de cabeza de diamante, capaces de resistir el embate de las patrullas de los alcaldes si el local era cercado. Sobre el dintel no colgaba letrero alguno que delatara el negocio; tan solo un farol de hierro con un candil de sebo rancio que, al encenderse a la caída de la tarde, proyectaba una luz trémula y amarillenta sobre las piedras del adarve, avisando a los guapos y floreadores de la Garduña de que el garito estaba abierto al hampa de Toledo.
Estaba aparentemente cerrado. «Quizá fuese aún demasiado temprano para que este antro tenga su actividad» —pensó. Sin concurrencia alguna a la vista, golpeó la puerta sin mucha convicción de que le respondieran desde el interior.
Una pequeña trampilla, a la altura de la cara, se abrió y dejó ver a un postigo malencarado y gruñón.
—¿Quién importuna a estas horas? —preguntó el portero.
Don Rigoberto puso su mano izquierda frente a la cara del vigilante, dejando bien visibles la marca de la Garduña.
—¡Ah! Sois de la hermandad. Adelante. Entrad —dijo mientras descorría el cerrojo que mantenía atrancada la puerta.
Al cruzar el umbral, la pesada hoja de roble se cerró a sus espaldas con un eco sordo, sepultándolo en una penumbra asfixiante que olía a vino rancio, sebo quemado y fritanga de vísceras. Don Rigoberto parpadeó para acostumbrar los ojos a la escasa luz de los candiles, manteniendo una calma fingida mientras su mano buscaba, por puro instinto, el calor de la daga en su cinto. El boliche estaba casi desierto a esa hora de la tarde, desprovisto aún del bullicio nocturno de los fulleros y los rufianes.
Al fondo, cerca de un fogón apagado, tres maleantes apuraban unos jarros de barro sentados a una mesa de tablones mugrientos; sus rostros, curtidos y marcados por las cicatrices del hampa, se volvieron hacia el recién llegado con desconfianza. El caballero sostuvo las miradas con la frialdad que se esperaba de un chivato de la Garduña, arrastrando los pies con calculada desgana hacia aquellos hombres, atento a descubrir si alguno de aquellos rudos respondía a las señas del Galfarro. Se plantó ante ellos, apoyando con insolencia una mano en el borde de los tablones mugrientos.
—Dios os guarde, hermanos de fatigas —dijo don Rigoberto, forzando un tono rudo y arrastrado. Busco al Galfarro. Me han dado soplo de que su acero para por este boliche y traigo un recado que le atañe.
Los maleantes se miraron entre sí, evaluando la traza del recién llegado. Uno de ellos, que lucía un ojo parcheado y un jubón grasiento, escupió en las costras del suelo antes de hablar.
—¿Y quién lo busca con tanta prisa a estas horas de la solana? —inquirió con voz aguardentosa—. El Galfarro no gasta su tiempo con cualquiera que entre por el postigo.
—Me llaman Alonso el Gavilán —respondió el caballero con voz firme, sosteniendo la mirada del tuerto sin pestañear—. Vengo de parte de los de la Sombra de la colación del Salvador, y el recado que traigo solo debe tocar las orejas del Galfarro.
Don Rigoberto deslizó los dedos de su mano izquierda sobre la madera mugrienta, dejando que la luz del candil iluminara con claridad la marca de la Garduña grabada en su piel.
—Como veis, compartimos la misma madre y la misma obediencia —añadió en un susurro áspero—. Así que guardaos las preguntas, verted un poco de ese vino malo y decidme si el hombre ha de tardar en asomar el hocico por la Tripería.
El maleante que lucía un parche de cuero negro sobre su ojo derecho, clavó su mirada aviesa en la marca de la piel de don Rigoberto. Una sonrisa torcida, que dejaba ver unos dientes ennegrecidos, le surcó el rostro curtido. Apartó el jarro de barro con un golpe seco de la mano y se inclinó hacia delante, apoyando los codos en la mesa.
—Entonces ya podéis ahorraos el camino y la saliva, hermano Gavilán —siseó el rudo, bajando el tono para que su voz no llegara al postigo. El acero que buscáis es el mío. Yo soy el Galfarro.
Don Rigoberto mantuvo el semblante de piedra, aunque por dentro sintió cómo se le tensaban los músculos. Estaba frente al asesino de Abraham Haleví y, probablemente, de los otros dos judíos.
—Pláceme dar con vos con tanta presteza —respondió el caballero, sosteniendo aquel tirante juego de miradas. Los de la Sombra andan inquietos en el Salvador. Dicen que el agua del Tajo ha devuelto el cuerpo del arrendador antes de lo convenido, y que los privilegios que debíais cobrar aún no han llegado a las manos que pagaron la bolsa de oro de la mitra.
El Galfarro se enervó visiblemente. El único ojo que le quedaba libre se abrió desmesuradamente, desnudando un profundo asombro. Que un simple chivato del Salvador manejara una información tan alta como el oro de la mitra y el robo de los documentos, le mudó el semblante por completo. Sus compañeros de mesa hicieron ademán de echar mano a las dagas, pero el tuerto los contuvo con un leve gesto del brazo, sin apartar la vista de don Rigoberto.
—Demasiado sabéis vos para la traza que traéis, Gavilán —masculló el asesino, tragando saliva con dificultad—. Decidle a los de la Sombra que no hay por qué recelar. Los privilegios de Haleví están a buen recaudo...
»Es solo que costó dar con la mercancía del judío antes de arrojarlo al agua.
Don Rigoberto arqueó una ceja, detectando de inmediato la falsedad en la voz del rudo. Aquello no eran más que excusas de mal pagador o de quien pretendía quedarse con el botín para venderlo al mejor postor.
—Malas razones son esas para contentar al Capataz cuando la liga de Burgos apremia —replicó el caballero, inclinándose un poco más hacia el parche de cuero del asesino—. Los señores andan necesitados de esos documentos para ahogar las rentas del rey, y las excusas no pagan las huestes. ¿Dónde están los privilegios, Galfarro?
El rostro del Galfarro se ensombreció, inyectado en ira. Con un bufido violento, golpeó la mesa con el puño, haciendo bailar los jarros de barro y derramando sobre los tablones mugrientos, algo de vino espeso que contenían.
—¡Vuestra boca es demasiado grande para vuestro pescuezo, Gavilán! —rugió el asesino, medio levantándose del asiento mientras su mano derecha buscaba con furia la empuñadura de la faca—. Ningún soplón del Salvador viene a tomarme cuentas en mi propio boliche. Si los pergaminos tardan, es cosa mía y de quien paga. ¡Largaos de aquí antes de que os abra en canal como al judío!
Sus dos compinches se pusieron en pie de inmediato, deslizando los aceros fuera de las fundas con un siseo amenazante en la penumbra del garito. Don Rigoberto, sin embargo, no retrocedió un solo paso ni se inmutó ante las hojas desnudas. Mantuvo su mano izquierda bien visible sobre la mesa, mostrando la marca de la Garduña, mientras mantenía la diestra oculta bajo la capa, firme sobre el pomo de su propia daga.
—Guardaos el acero, Galfarro, y decid a vuestros perros que se sienten si no quieren que el postigo tenga que limpiar sus tripas antes de la cena —sentenció el caballero con una frialdad tan cortante que paralizó a los maleantes—. Bajando la voz a un susurro sutil, continuó: no vengo a prenderos, sino a salvaros el pellejo. El Capataz del Salvador sospecha que os estáis guardando los privilegios para sacarles más tajada, y ha enviado a dos guapos de la colación de San Justo para liquidaros esta misma noche y cobrar la bolsa de la mitra. Si me entregáis los documentos ahora, le diré que el trabajo ya estaba hecho y que yo mismo los custodiaba. Salvaréis la vida y os quedaréis con el oro que ya habéis cobrado. Es vuestra única salida.
El Galfarro se quedó petrificado, con los dedos aún crispados sobre la empuñadura de su faca. Sus compinches se miraron entre sí con evidente pavor; en el submundo de la Garduña, saberse sentenciado por uno de los Capataces equivalía a tener ya los pies en la fosa. La seguridad y la gélida calma con la que hablaba aquel hidalgo camuflado de chivato terminaron por quebrar la resolución del asesino.
Tragó saliva con dificultad, soltando el arma muy despacio, mientras el sudor del bochorno de septiembre le corría por las sienes.
—¡Por la tumba de mi madre, que no pretendía engañar a la Hermandad! —masculló el tuerto, con una mezcla de rabia y desesperación, haciendo una seña tosca para que sus hombres envainaran los aceros. El diablo del Salvador siempre ha querido quedarse con mi colación... Si el Capataz ha mandado por mí, es que le han llevado soplos falsos.
El asesino se inclinó de nuevo sobre la madera mugrienta, buscando la mirada de don Rigoberto con urgencia sumisa.
—Tomad los privilegios, Gavilán, y hacedle ver a la Sombra que soy fiel a la obediencia —susurró, depositando el paquete sobre la madera mugrienta con mano temblorosa—. Aquí están los pergaminos sellados del judío. Llevádselos al Capataz antes de que caiga la noche y decidle que el Galfarro cumple lo pactado.
Don Rigoberto contempló el hatillo engrasado sobre la madera mugrienta sin permitir que la menor sombra de triunfo alterara la rigidez de sus facciones. Con ademán pausado y casi displicente, estiró la mano y guardó los pergaminos bajo los pliegues de su capa parda, acomodándolos junto a su propia daga con el celo de quien cumple un simple trámite del hampa.
—Hacéis bien, Galfarro —sentenció el caballero con voz queda y arrastrada, mientras se apartaba de la mesa sin darles la espalda—. El Capataz prefiere la obediencia pronta a las explicaciones tardías. Me llegaré al Salvador antes de que los de San Justo afilen los aceros para la noche; consideraos en paz con la Sombra.
Para no delatar el ansia que le carcomía por salir de allí y poner a salvo aquellos privilegios, se detuvo un instante ante la barra del boliche. Arrojó un par de maravedíes gastados sobre el mostrador, tomó un jarro de vino malo con desgana y mojó apenas los labios bajo la atenta y aliviada mirada del tuerto. Solo entonces, arrastrando las albarcas con calculada parsimonia, caminó hacia el umbral donde el postigo aguardaba junto a los recios herrajes de hierro. El caballero cruzó la puerta con el corazón desbocado, ganando de nuevo el sofocante bochorno de la Bajada de la Tripería justo cuando el sol comenzaba a caer en la tarde.
Don Rigoberto apresuró el paso colina arriba, alejándose de los miasmas del matadero. Esquivando las calles más transitadas, se dirigió con cautela hacia la de las Postas. Al llegar ante el rincón convenido, se aseguró de no ser visto y deslizó los dedos sobre los sillares de la piedra convenida para dejar la seña acordada con Nuño. Aquella marca secreta indicaba que debían verse a la mañana siguiente, hacia la hora de tercia, para poner a salvo los privilegios arrebatados a la Garduña. Cumplido el deber, desanduvo el camino con presteza para regresar a la casa de los Sampedro a tiempo para la cena, tal como había prometido al Capataz.
Al regresar a la casa de los Sampedro, subió a la torre alta donde esperaba Sebastián Vázquez, el Pesquero. Le hizo salir al comedor junto con Roi el Cebreiro y, en cuanto se quedó solo, metió con rapidez los documentos bajo el jergón de su yacija, cerrando la cámara y descendiendo a toda velocidad hasta alcanzarlos antes de llegar al comedor.
Después de la oración, el cocinero puso sobre la mesa una gran cazuela de barro repleta de un bodrio de asadura y menudillos del matadero, nadando en un caldo espeso de ajos y grasa calientes. Roi el Cebreiro y el Pesquero se acomodaron en el banco con avidez, hincando sus cucharas de madera en el guiso comunal y rebanando mendrugos de un pan bazo tan duro como los sillares de la torre, mientras apuraban largos tragos de aquel aguapié turbio que servía para engañar el hambre y ahogar los secretos de la jornada.
Don Rigoberto se acomodó junto al Pesquero y tomó una de las toscas cucharas de madera, midiendo cada uno de sus movimientos con frialdad. Aunque el estómago se le revolvía ante el tufo rancio del aguapié y el aspecto de aquel bodrio aceitoso, forzó a su semblante a mantener una absoluta indiferencia. Hundió la cuchara en el plato comunal y masticó con parsimonia, tragando aquella bazofia, fingiendo la desgana de un chivato ahíto más que el asco de un hidalgo. Sabía que un solo gesto de repugnancia, una sola muestra de melindres aristocráticos ante los ojos del guapo que presidía, bastaría para levantar sospechas y prender la mecha de su propia condena.
—¿Qué tal os fue con las faldas? —le preguntó Juan de Tordesillas al caballero, mientras este salía del comedor para dirigirse a la torre alta.
—Con bien y con discreción. Nada en especial y todo lo especial que permite una aventura de este tipo —respondió don Rigoberto.
—Pues que paséis buena noche. Descansad —le dijo el Capataz de la Sombra.
—Gracias, igualmente os lo deseo, aunque supongo que trasnocharéis en el Mesón del Lino —le contestó el caballero.
—Habéis de saber que, estando don Jorge fuera, yo no me doy licencia para echar suertes al naipe —dijo el de Tordesillas.
Don Rigoberto asintió con un leve ademán de cabeza, dando por concluido el intercambio, y giró sobre sus talones para encaminarse hacia la escalera de caracol junto a Sebastián Vázquez, mientras Roi el Cebreiro se quedaba en su habitación del piso inferior. Al comenzar el ascenso de los gastados peldaños de piedra, el caballero sentía en su espalda la densa y escrutadora mirada de Juan de Tordesillas, que permanecía inmóvil en la penumbra, vigilando sus movimientos antes de retirarse.
Abrió el cerrojo con la llave y, tras cruzar el umbral de la cámara alta, el Pesquero atrancó el portalón desde el interior, aislando el habitáculo del resto de la casa de los Sampedro. Sin mediar palabra, rendido por la tensión de la jornada y el letargo del aguapié, Sebastián se desplomó en su yacija, despojándose apenas de las armas antes de que su respiración se volviera profunda y acompasada. Don Rigoberto se tendió con parsimonia en su jergón, acomodando el cuerpo con sumo cuidado para sentir, bajo el ramaje y la lana basta, el crujido sutil del hatillo engrasado que custodiaba los privilegios. Cerró los ojos en la negrura de la torre, forzando a sus músculos a un descanso necesario pero alerta; sabía perfectamente que, a la hora primera de la mañana, Roi de Cebreiro subiría a la torre y debía tenerlo todo dispuesto antes de su llegada.
(Continuará...)

🤩
ResponderEliminarGregorio, una vez más, me asombras con tu narración y lenguaje, incluso por encima de la historia, de manera que el goce de la lectura se multiplica. Hay una historia compleja para la comprensión de los profanos en esta materia, de cuales son los objetivos de estas instituciones en esta época, donde predomina lo de que "el fin justifica los medios", y el brillo del acero siempre está presente... Esperemos que la historia lo clarifique.
ResponderEliminarEl vocabulario para entenderlo hay que leer despacio y poniéndolo los cinco sentidos
EliminarEres un fenómeno 😘
Un capítulo muy intenso y tenso. Ese D. Rigoberto manteniendo el tipo delante de tan peligrosos truhanes. Sigue la historia muy interesante y entretenida. 👍👍
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