LA GARDUÑA. XVIII A LAS PUERTAS DEL INFIERNO
Don Rigoberto y Bernabé
XVII
A LAS PUERTAS DEL INFIERNO
Don Rigoberto abrió los ojos mucho antes de que los primeros hilos de luz lograran filtrarse por los estrechos respiraderos de la torre alta, habiendo pasado la noche en un duermevela tenso y vigilante. A su lado, la respiración profunda y rítmica del Pesquero, confirmaba que el presunto delator seguía sumido en el letargo del aguapié.
Sabiendo que el tiempo jugaba en su contra y que Roi el Cebreiro subiría a la cámara a la hora primera de la mañana, el caballero se incorporó sin hacer el menor ruido. Deslizó la mano bajo el jergón de su yacija hasta que sus dedos tropezaron con el tacto áspero del hatillo engrasado; extrajo los valiosos privilegios reales y, con un movimiento certero, los acomodó entre el forro de su jubón, justo antes de escuchar el inequívoco chirriar de los herrajes de hierro del portalón inferior.
El caballero apenas tuvo tiempo de ajustar las correas de su jubón cuando los pasos pesados y rítmicos del gallego comenzaron a resonar en los peldaños de la escalera de caracol. El eco de las pisadas subiendo, rompía el silencio del amanecer, marcando una cuenta atrás que hizo que don Rigoberto contuviera el aliento. Se sentó de inmediato en el borde de la yacija, adoptando una postura relajada y pasándose una mano por el rostro para fingir el sopor propio de quien acaba de despertar.
Un instante después, los nudillos de Roi el Cebreiro golpearon la contraseña en el portalón de madera de roble, haciendo vibrar los recios herrajes de hierro.
—Abrid, hermano Alonso, abrid. Ya es la hora primera! —susurró el chivato desde el exterior, con su característico acento cadencioso que delataba la procedencia de las tierras del norte.
Don Rigoberto franqueó el paso a Roi de Cebreiro para que asumiera la custodia de Sebastián el Pesquero y, tras asegurarse de que los privilegios reales quedaban bien ocultos y firmes en el forro de su jubón, descendió de la torre alta. Aún no se había disipado la fresca del alba cuando, al cruzar el patio de la casa de los Sampedro, se topó de frente con la silueta del de Tordesillas.
—Temprano os habéis puesto en movimiento, Alonso —le llamó la atención el Capataz de la Sombra, entornando los ojos al verlo andar por la casa a esas horas—. Apenas ha sonado la hora primera y ya parecéis listo para ganar la calle. ¿Tanta prisa os infunde el empedrado de Toledo?
—El bochorno de la cámara no invitaba al letargo, señor Capataz —respondió el caballero con presteza, forzando un tono desinteresado—. He pensado en salir a desperezar las piernas y tomar el aire de la mañana antes de que apriete la solana.
—En buena hora —repuso Juan, suavizando el gesto—. Precisamente os buscaba para excusadme con vos, pues tenía en mente acompañaos esta mañana en vuestros quehaceres, mas ciertos asuntos de la cofradía me retienen en la casa. Si necesitáis compañía o queréis ir cubierto por el barrio, decidlo y os daré un chivato o uno de nuestros guapos para que os guarde las espaldas.
Al escuchar aquellas palabras, don Rigoberto sintió un profundo alivio. La providencia jugaba a su favor, evitándole el espinoso trago de inventar una nueva coartada, como en la víspera, para justificar el salir en solitario de la casa.
—Os agradezco en el alma el ofrecimiento, señor Capataz —respondió el caballero con una reverencia sutil, manteniendo una calma impecable—, mas no es menester que restéis hombres a la casa por mi causa. Para el liviano paseo que pretendo, bien me bastan mi propia sombra y el acero que llevo al cinto. Además, no conviene que nos dejen ver en cuadrilla por las callejas si queremos mantener el sigilo.
Juan de Tordesillas asintió despacio, dando por buenas las razones del hidalgo camuflado.
—Sea como decís, Alonso. Marchad en buena hora, pero no os demoréis en demasía, que los tiempos andan revueltos en Toledo —concluyó el Capataz antes de darse la vuelta.
Don Rigoberto no esperó a que mudara de parecer. Cruzó el zaguán a paso firme, empujó el pesado portalón, saludó al portero que dormitaba sentado y ganó por fin la calle, sintiendo cómo el aire fresco del amanecer le aliviaba la tensión acumulada. Con los valiosos privilegios a buen recaudo en el forro del jubón, apresuró el andar por el laberinto de guijarros de las calles, descendiendo con cautela hacia las zonas más comerciales de la ciudad. Su objetivo inicial era ganar tiempo y poner una distancia prudencial con la casa de los Sampedro, por lo que encaminó sus pasos hacia el Mesón del Lino. El establecimiento apenas comenzaba a desperezarse a esa hora de la mañana, ofreciéndole el rincón perfecto para cobijarse y vigilar el entorno mientras aguardaba a que el sol avanzara hacia la hora de tercia para acudir a su cita secreta.
Cruzó el portón del Mesón del Lino, que a esa hora temprana, comenzaba a bullir con el trasiego de los arrieros y mercaderes que se disponían a reemprender sus rutas. Su parada en el mesón no era casual; además de buscar un refugio seguro para consumir el tiempo, el caballero guardaba la secreta esperanza de toparse con María la Trujilla.
El hidalgo se acomodó en una mesa discreta a las miradas en un lateral, pidiendo un mendrugo de pan y una jarra de vino para disimular su espera, mientras aguardaba que el refajo rojo de la Trujilla asomara por la puerta.
A pesar de las palabras de conformidad de Juan de Tordesillas, la desconfianza era la ley suprema en la casa de los Sampedro. En cuanto el portalón se cerró tras el caballero, el Capataz de la Sombra hizo una sutil seña con la cabeza a uno de sus postres más discretos y eficaces, un truhán de pisada ligera apodado el Escurridizo, para que siguiera los pasos de Alonso el Gavilán por las intrincadas callejas toledanas.
El matón hilvanó las esquinas con destreza, manteniéndose a una distancia prudencial mientras el sol ganaba altura. Sin embargo, cuando comprobó que el caballero enfilaba directamente al Mesón del Lino y se acomodaba a esperar con la parsimonia de quien busca un idilio matutino, el espía de la Garduña sonrió para sus adentros. Recordando la advertencia maliciosa que el Capataz le había lanzado la víspera sobre las «buenas carnes» y la debilidad del Gavilán por las faldas, el rufián no le dio más importancia al asunto. Convencido de que el hidalgo solo había madrugado para saciar un antojo de alcoba, dio media vuelta y regresó con presteza a la casa de los Sampedro para darle cuenta a Juan de Tordesillas de que el pájaro estaba, en efecto, encandilado en su nido de amor.
Tomaba plácidamente Don Rigoberto su desayuno, cuando un revuelo de voces alteradas estalló en el zaguán del Mesón del Lino. Varios arrieros que entraban traían el rostro desencajado y la respiración entrecortada por la prisa de contar la última y macabra nueva de la mañana.
—¡Otro degollado! —clamaba uno de ellos, atrayendo la atención de los presentes—. ¡Y esta vez no ha sido un rico de la Aljama!
El caballero se tensó en su asiento, forzando una expresión de mera curiosidad mientras aguzaba el oído. Los hombres se agolparon junto a la barra, confirmando a gritos el rumor que corría como la pólvora desde los boliches de la Tripería: el Galfarro, el implacable guapo de la colación de San Martín, había aparecido flotando en el Río Tajo a primeras horas del alba, con el pescuezo rajado de oreja a oreja, exactamente con el mismo modus operandi que el finado había empleado con el arrendador Abraham Haleví.
El frío recorrió la espalda de don Rigoberto. Alguien se había adelantado con sangrienta celeridad. Quienes hubieran encargado las muertes de los financieros judíos estaban borrando huellas de manera fulminante, eliminando a los ejecutores materiales antes de que pudieran irse de la lengua. Aquella muerte no solo confirmaba el peligro extremo de la conspiración de Burgos, sino que ponía una diana invisible sobre el propio caballero: si la Garduña descubría que los privilegios ya no estaban en poder del difunto tuerto, él sería el siguiente de la lista.
En medio del alboroto que inundaba el corral del mesón, María la Trujilla se abrió paso entre la clientela con ademanes felinos y se aproximó a la mesa del caballero. María, fingiendo agitación por las nuevas del río pero desplegando toda su sensualidad, inclinó su cuerpo sobre los tablones para susurrarle al oído:
—Bien temprano os llegáis al Mesón, como en los viejos tiempos —le dijo María, con tono insinuante—. Los aceros andan sueltos esta mañana, hermano Alonso... Si deseáis que tratemos lo vuestro libres de oídos indiscretos, os espero mañana a la hora de tercia en la Casa de la Jineta, sita tras la colación de San Justo. Allí nadie os buscará.
Don Rigoberto, manteniendo su papel de donjuán para no levantar sospechas, asintió con una sonrisa cómplice y aceptó la cita. Sin embargo, la noticia de la muerte del Galfarro le obligaba a cambiar de planes de inmediato; el cerco se estaba estrechando demasiado rápido sobre Toledo. En cuanto la moza se retiró, el hidalgo arrojó unas blancas sobre la mesa para pagar el vino y el pan duro. Canceló mentalmente su espera en el Mesón del Lino y, modificando su ruta original, decidió ir directamente a la casa de Nuño, para poner a salvo los valiosos privilegios antes de que la Garduña descubriera el engaño.
El reloj imaginario corría en su contra: eran las nueve pasadas de la mañana y las calles toledanas ya estaban despiertas. Don Rigoberto avanzó a paso rápido, conteniendo el impulso de echar a correr para no llamar la atención de los mercaderes que abrían sus puestos. Se deslizó por el recodo de la calle de la Posta y se detuvo ante el portal de Nuño. Con la luz del día delatando cada uno de sus movimientos, llamó con premura, mirando de reojo la esquina de la calle.
Nuño entreabrió el portón con cautela, pero al reconocer al hidalgo bajo la luz de la mañana, sus ojos se abrieron de par en par. Con un movimiento nervioso, lo tomó del brazo y lo arrastró hacia el interior, cerrando de golpe y echando el pesado cerrojo de hierro.
—¿Os habéis vuelto demente, señor? —susurró Nuño, con la respiración agitada—. Habíamos quedado que nuestra hora era en dar la tercia y aún falta. La calle de la Posta está llena de vecinos y el sol delata hasta a los fantasmas. Si alguien os ha visto...
—Nadie me ha seguido, templad los nervios —le interrumpió don Rigoberto, apartándose el embozo de la capa con gesto firme—. Si rompo el protocolo no es por capricho, Nuño. El tablero ha saltado por los aires.
El cartero palideció, intuyendo las malas nuevas.
—¿Qué ha ocurrido?
Puso al tanto don Rigoberto a Nuño de lo ocurrido.
—¿El Galfarro? Dios nos asista... La Garduña no tardará en registrar Toledo piedra por piedra buscando al culpable. ¿Y los privilegios del judío? Decidme que no los llevaba encima.
Don Rigoberto sonrió con frialdad y, metiendo la mano en el jubón, extrajo el fajo de documentos, sellados y firmados, mostrándolos a la luz del recibidor.
—Aquí están. El infeliz me los entregó antes de que lo cazaran. Es de suponer que la cofradía criminal vendrá a por ellos con más saña. Debemos ponerlos a buen recaudo ya mismo.
Nuño miró los papeles como si fueran brasas ardientes.
—Don Beltrán debe saber esto antes de que den las diez y vos debéis regresar cuanto antes a la casa de los Sampedro, para no levantar sospechas.
—Tenéis razón —asintió don Rigoberto—. Mi ausencia prolongada ya es un riesgo. Si la Garduña nota que el Gavilán falta de sus nidos habituales tras la muerte del Galfarro, atarán cabos demasiado rápido.
—Llevaré estos documentos inmediatamente a don Beltrán. Pero idos ya, por lo que más queráis.
Don Rigoberto ajustó de nuevo el embozo de su capa, ocultando las facciones de su rostro. Sabía que el camino de vuelta a la casa de los Sampedro, bajo la intensa luz de la mañana de septiembre, sería un paseo por el filo de una navaja.
Sin perder un segundo más, ambos hombres se asomaron a la calle de la Bajada de San Miguel. Tras un breve intercambio de miradas, se separaron en direcciones opuestas: Nuño con los documentos prohibidos en el pecho, rumbo al Alcázar. Su condición de mensajero real no sorprendería a nadie por ser su visita, por lo demás, habitual. Y don Rigoberto se dirigía a paso veloz hacia la casa de los Sampedro.
Con la precipitación del momento, Nuño no se despidió de Margarita, su esposa, que andaba enfrascada en las faenas de la casa, ni de su hijastro; tampoco de su suegro, que se encontraba en el patio atendiendo a los gallos.
No había avanzado el joven caballero ni treinta pasos cuando, de improviso, el brazo fornido de una fuerza irresistible lo arrastró hacia un portal. El portón se cerró tras él con un golpe seco. El zaguán quedó en penumbra, quebrado solo por los hilos de luz solar que se colaban a través de las comisuras de la cancela interior.
Aquel gigante le inmovilizó los brazos, aprisionándoselos por la espalda con una fuerza descomunal. De inmediato, un rostro conocido se aproximó hasta casi rozar sus ojos mientras una mano recia le amordazaba la boca: era Bernabé.
—¡Vive Dios, que en buen lío os habéis metido! —le susurró aquel hombre que, desde que se cruzara en su camino en Riópar, parecía haberse convertido en su propia sombra, emergiendo siempre en los momentos más insospechados de su vida.
Bernabé deslizó un fajo de papeles en las manos del hidalgo.
—Tomad estos privilegios falsos; os servirán de coartada en sustitución de los auténticos. Nadie conocía su contenido, salvo los difuntos, por lo que a nadie extrañará lo que estos manifiestan. Dadle explicaciones al Capataz de la Sombra cuanto antes y descargaos de esa responsabilidad.
—¿Y por qué hacéis esto, Bernabé? —atinó a preguntar don Rigoberto, estupefacto.
—No preguntéis de más y servíos de lo escrito. Esconded estos documentos y salid raudo, sin perder más el tiempo —le conminó el misterioso hombre, mientras el coloso deponía al fin su férrea presa.
Don Rigoberto apresuró el paso por las callejuelas que conducían a la colación de Santa Justa. El sol de mediados de septiembre ya empezaba a calentar con fuerza los tejados de Toledo, pero el hidalgo sentía un frío gélido en el pecho, justo donde descansaba el fajo de papeles falsos.
Mientras esquivaba a los mercaderes y aguadores, su mente trabajaba a marchas forzadas, incapaz de apartar el pensamiento de Bernabé. ¿Quién era realmente aquel hombre? Desde que sus caminos se cruzaran de forma fortuita en Riópar, se había convertido en una sombra constante, emergiendo siempre en los momentos más críticos como un ángel guardián o un demonio que conocía todos sus secretos. Falsificar unos privilegios reales con tal maestría, en apenas unas horas desde la muerte del Galfarro, requería un poder y unos recursos que ningún simple vecino poseía. Bernabé servía a un señor muy poderoso. La gran pregunta que perturbaba al caballero infiltrado era si ese señor buscaba salvar la corona... o destruirla.
Divisó al fin la fachada de la casa de los Sampedro. Aún no habían dado las diez en Santa Justa. Una hora perfecta para presentarse a plena luz del día. Desestimando cualquier cautela, pasó el umbral de la puerta principal con la cabeza alta y paso firme, mostrando la seguridad de quien no oculta delito alguno. Saludó al portero en el zaguán, que le abrió paso rutinariamente. Sin detenerse, avanzó directo hacia la planta noble, donde creyó que se encontraría Juan de Tordesillas.
Entró en la cámara de recibir y, tras la mesa, sentado en un escaño, aguardaba el Capataz de la Sombra. Sus ojos, fríos y calculadores, se clavaron en el hidalgo en cuanto este cruzó el umbral.
—Llegáis temprano, Gavilán —siseó el Capataz, sin moverse un ápice—. Vuestros nidos en el Mesón del Lino han quedado vacíos demasiado pronto esta mañana. ¿A qué se debe tal premura?
Don Rigoberto no pestañeó. Dio tres pasos al frente, se despojó del embozo de la capa con calculada elegancia y arrojó el fajo de documentos sobre el tablero de la mesa. El golpe seco de los papeles rompió el silencio de la estancia.
—Los aceros andan sueltos por Toledo —replicó don Rigoberto, sosteniendo la mirada—. Al hermano Galfarro le han segado el pescuezo esta misma mañana en las aguas del Tajo. Alguien lo ha madrugado.
El Capataz enderezó la espalda de golpe. Una sombra de genuina sorpresa cruzó sus facciones antes de volver a su habitual máscara de piedra.
—¿El hermano Galfarro? —inquirió, entornando los ojos—. Era un hombre astuto de la colación de San Martín. Quien haya sido, ha osado tocar a la hermandad en su propio feudo. ¿Y qué son esos papeles que arrojáis ante mí?
—Su última voluntad y vuestro mayor dolor de cabeza —sentenció el hidalgo—. Aunque el hermano Galfarro pertenecía a San Martín, le encargaron un trabajo desde la colación del Salvador. Antes de entregar su alma en el río, me hizo depositario de estos documentos. Son los privilegios que le arrebató al banquero judío al que dio muerte. He venido en línea recta por la puerta principal en cuanto supe de su trágico fin para entregaos el botín a vos como segundo de la casa. Os toca ahora a vos desviar estos privilegios a la colación del Salvador, para que lleguen a su verdadero destino.
El Capataz estiró una mano huesuda y tomó los privilegios falsificados por Bernabé. Se acercó a la ventana par tener más luz. Los examinó pasando sus dedos por los sellos lacrados. Don Rigoberto contuvo el aliento, rogando en su fuero interno para que la falsificación fuera lo suficientemente buena como para no descubrirse la engañifa. El Capataz alzó la vista de los manuscritos, esbozando una sonrisa gélida que helaba la sangre, ocultando a duras penas la envidia que le producía el inminente ascenso de su interlocutor.
—Habéis obrado con la presteza que se espera de quien está llamado a grandes cosas en esta cofradía. El hermano Galfarro descansa en el Tajo, pero su muerte no será en vano; yo mismo haré llegar estos papeles a sus destinatarios. Retiraos a vuestra cámara en la torre alta y no salgáis de la casa de los Sampedro hasta que don Jorge regrese o yo lo ordene. Toledo va a arder antes del mediodía.
* * *
Nuño se identificó con gesto rutinario ante la guardia del Alcázar. Pidió al sargento hablar con el comandante, alegando que traía nuevas urgentes. Cuando Barassa apareció en el zaguán, sonrió al reconocer al veterano mensajero:
—¡Nuño! ¿Qué os trae por aquí tan temprano y con esa cara de funeral?
—No hay tiempo para muchas cortesías, mi comandante —susurró el cartero, aproximándose—. Necesito que vuestra autoridad me facilite el acceso inmediato ante don Beltrán de la Cueva. Es asunto de Estado.
Barassa mudó el gesto, conociendo de sobra que Nuño jamás usaba esas palabras en vano.
—Bien sabéis que os abriría cualquier puerta en este Alcázar, amigo mío, pero la pragmática es clara. Debemos hacer el previo paso por la oficina de Diego Martínez de Toledo. Vamos, yo mismo os acompaño ante el escribano mayor; conociéndonos a ambos, despachará vuestro registro en lo que tarda en secarse la tinta.
Barassa llevó a Nuño a través de los pasillos del Alcázar hasta detenerse ante una imponente puerta de nogal. Tras ella, entre montañas de legajos y el rasgueo constante de las plumas, se encontraba la cancillería de Diego Martínez de Toledo.
El escribano mayor, al oír abrirse la puerta, alzó la mirada por encima de sus anteojos. Su rostro severo se relajó al reconocer a los recién llegados.
—Comandante Barassa. Nuño... —saludó el burócrata, dejando la pluma sobre el tintero—. Rara vez os veo caminar juntos por estas dependencias si no es para traer algún quebradero de cabeza a la corte. ¿Qué os trae por mi mesa a estas horas de la mañana?
—Asuntos que queman las manos, Diego —respondió Barassa, dando un paso al frente y apoyando la punta de su espada en el suelo—. Nuño trae nuevas de extrema urgencia destinadas a don Beltrán de la Cueva. Exige audiencia inmediata en el privado del valido.
Diego Martínez de Toledo entornó los ojos, clavando su analítica mirada en el cartero real. Conocía a Nuño desde hacía años; sabía que el veterano mensajero era la prudencia personificada y que jamás osaría perturbar la paz del Alcázar por una nimiedad.
—¿Tan grave es la nueva, Nuño? —inquirió el escribano mayor, alcanzando ya el libro oficial de registros—. Sabéis que don Beltrán está trabajando y no le gusta que interrumpan sus faenas sin un motivo de peso.
Nuño dio un paso adelante, midiendo cada palabra mientras sentía el roce de los privilegios auténticos contra su pecho.
—Lo es, don Diego —afirmó el cartero con voz baja pero categórica—. Las nuevas provienen directamente de don Rigoberto de Majarazán. Tan grave es lo que me ha encomendado que, de retrasarme un solo cuarto de hora, el daño para los intereses de la corona en Toledo será irreparable. Registrad mi entrada si el protocolo lo exige, pero os ruego que estampéis vuestra firma ya mismo. Cada grano de arena que cae en el reloj cuenta en nuestra contra.
Al escuchar el nombre del hidalgo infiltrado, el semblante de Diego Martínez de Toledo mudó por completo. La complicidad y la rutina burocrática dieron paso a una gravedad absoluta. El escribano mayor miró al comandante Barassa, quien asintió en silencio, confirmando con la mano en el pomo de su espada que el asunto no admitía dilación.
—Si es don Rigoberto quien envía el aviso, huelgan las preguntas —sentenció el escribano mayor, conocedor de su misión.
Mojó la pluma en el tintero, trazó una firma enérgica sobre el pergamino de registro y estampó el sello oficial de la cancillería. Cerró el pesado libro de un golpe que levantó una leve mota de polvo en el despacho.
—Pasad a esa cámara de inmediato, Nuño —le ordenó Diego Martínez, señalando la puerta lateral que conducía directamente a los aposentos privados del valido—. Barassa, acompañadle para que la guardia de palacio no le ponga trabas. Que Dios guíe vuestros pasos.
Guiado por el comandante, Nuño pasó a los aposentos privados. Tras un imponente escritorio cubierto de mapas y decretos, don Beltrán de la Cueva lo recibió con actitud grave, reflejando en su semblante el peso de las tensiones que asediaban el reino. El valido alzó la mirada, adivinando al punto que solo una crisis de Estado justificaba la irrupción del cartero a semejante hora. Vestía el hábito de su maestrazgo de Santiago.
Sin perder un instante en reverencias estériles, Nuño hizo una síntesis urgente y angustiada de los acontecimientos: primeramente la muerte del banquero Abraham Haleví, con la intención de sustraerle unos importantes privilegios, a manos del Galfarro, un hampón de la Garduña, cuyo cadáver ya flotaba en el Tajo, Probablemente sea el autor también de las otras dos muertes de los importantes judíos habidas en Toledo últimamente. El cartero se desabrochó la casaca, extrajo el fajo auténtico y lo depositó con solemnidad sobre la mesa.
—Aquí tenéis, mi señor. Los verdaderos privilegios del banquero judío, codiciados por los enemigos del rey. Me los entregó don Rigoberto.
Don Beltrán de la Cueva contempló los manuscritos y, por primera vez en la mañana, su rígido semblante se relajó. Sin embargo, al notar el rostro pálido del mensajero, frunció el ceño.
—¿Qué os perturba, Nuño? Los papeles están a salvo y casi esclarecidas las muertes de esos judíos.
—Los papeles sí, mi señor, pero temo por la vida de don Rigoberto —confesó el cartero, con la voz quebrada por la preocupación—. Se ha infiltrado con éxito en la Garduña, esa sociedad secreta y criminal que mueve los hilos en los bajos fondos de Toledo. Ahora mismo ha regresado a la casa de los Sampedro a dar explicaciones al Capataz de la Sombra por la muerte del Galfarro. Se ha adentrado en la boca del lobo desarmado, sin coartada y sin los privilegios que esa hermandad de asesinos reclama. Si el Capataz sospecha lo más mínimo, lo degollarán sin duda. Está en un peligro de muerte absoluto.
Al escuchar los detalles del sacrificio del caballero infiltrado, el valido se deshizo en elogios sinceros hacia su valor, conmovido por la lealtad de su subordinado.
—¡Vive Dios, Nuño, que la corona tiene una deuda impagable con ese hombre! —exclamó don Beltrán, apretando los puños—. Don Rigoberto de Majarazán demuestra una vez más que su astucia corre más rápido que los puñales de la Garduña, pero arriesgar la cabeza de ese modo en los bajos fondos requiere un valor heroico. Su lealtad es encomiable en estos difíciles tiempos. No permitiremos que caiga.
El valido guardó los valiosos papeles en un cofre de hierro, que aseguraban, en gran parte, las finanzas del rey; y clavó sus ojos en el exhausto mensajero, tratando de calmarlo.
—Habéis cumplido con creces, Nuño. Vuestra diligencia ha salvado este negocio. Regresad a vuestra casa de inmediato por las vías menos transitadas; vuestra misión aquí ha concluido por hoy. Manteneos oculto y descansad. Enviaré hombres a vigilar la casa de los Sampedro discretamente.
(Continuará...)

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