LA GARDUÑA- XX LA FALSA SIRENA

 

María la Trujilla

XX

LA FALSA SIRENA

  

    Otra mañana más, Roi de Cebreiro subió hasta la torre alta para hacerse cargo de la custodia del Pesquero. En esta ocasión, como don Rigoberto no necesitaba salir temprano de la casa, el gallego se encargó de vaciar el bacín con los orines de la noche y de llenar la cántara de agua, mientras Sebastián limpiaba la cámara. Sin embargo, cuando don Rigoberto intentó arreglar su propia yacija, el Pesquero se lo impidió.

    —Esas no son tareas para el Capataz de Santa Justa —afirmó el gallego.

    Sonó la campanilla que llamaba a los chivatos al comedor. Tras encajar el portón y echar el cerrojo don Rigoberto, los tres comenzaron a descender por la escalera de caracol. Abajo les aguardaba unas jarras de aguapié y pan moreno duro.

    —Roi, sube de nuevo a la torre alta con Sebastián. Encerraos allí y custodiad al Pesquero. Que nadie le toque un pelo hasta que regrese don Jorge Sampedro y se celebre el juicio —le ordenó don Rigoberto.

    —Descuidad Alonso —respondió el gallego, entornando los ojos—. Estará a salvo, como hasta ahora lo ha estado.

    A mitad del corredor de la planta noble, se topó de frente con Juan de Tordesillas. Al escuchar que el Gavilán pretendía salir de la casa para visitar a una dama, una mueca de severo reproche asomó entre sus barbas.

    —¿Licencia para rondar faldas, Alonso? —le afeó Tordesillas en un susurro cortante, apoyando una mano en la barandilla de la galería—. Demasiado a menudo te pierde la juventud en esos menesteres. Bien sabes las órdenes estrictas que te di: no debías moverte de esta casa hasta que don Jorge regresara de su viaje. Eres tú, Gavilán, quien ha empeñado su palabra en proteger a ese traidor del Pesquero frente a los hermanos que exigían su muerte.

    El joven sostuvo la mirada, midiendo el eco de sus palabras.

    —Sé bien lo que me ordenasteis —repuso con una estudiada mezcla de sumisión y firmeza—. Y precisamente por cumplir vuestro mandato os pido esta breve tregua. La dama a la que pretendo visitar guarda cierta información que facilitará nuestro control sobre el prisionero y aclarará la verdad en el juicio cuando don Jorge regrese. No es mero divertimento, os lo aseguro. Además, estaré de vuelta antes de que suene la hora del almuerzo.

    El Capataz de la Sombra guardó silencio unos instantes, entornando los ojos hacia la torre alta que se recortaba contra el cielo de Toledo. Al final, dejó escapar un suspiro cansado.

    —En fin... la sangre hierve y la juventud es enemiga de la templanza; bien lo sé yo, que también tuve tus inviernos. Ve, consigue los favores de esa moza y regresa a escape. Pero que el aroma a agua de rosas no te haga olvidar el peligro,

    Cruzar el portón de la casa de los Sampedro supuso para don Rigoberto una bocanada de aire limpio, aunque la tensión no le abandonó los hombros. Bajo la piel del Gavilán, el caballero echó a andar a paso vivo por el corazón de la colación de Santa Justa, ocultando el rostro bajo el embozo de su capa para evitar las miradas de los pedigüeños que ya se agolpaban en las esquinas. La mañana avanzaba hacia la hora tercia y Toledo despertaba entre el traqueteo de los carros de mudéjares y el olor a pan crujiente y carbón de las tabernas. Torció a la izquierda, dejando a su espalda el ábside mudéjar de la iglesia de Santa Justa y Rufina, para adentrarse en el laberinto de callejuelas que ascendían hacia la vecina colación de San Justo. Esquivó a un azacán que cargaba pellejos de agua a lomos de su burro y se deslizó por un adarve estrecho, flanqueado por altos caserones de tapial y madera que casi tapaban el cielo. Al doblar la última esquina, el espacio se abrió levemente frente al perfil de la iglesia de San Justo. Allí, resguardada de las miradas indiscretas de la plaza, se alzaba la Casa de la Jineta. Don Rigoberto se detuvo un instante bajo un cobertizo, palpando la empuñadura de la daga oculta, antes de llamar con tres golpes secos al recio portón de madera, que permanecía cerrado.

    El portón se abrió sin hacer ruido. Don Rigoberto se adentró en la Casa de la Jineta, donde el aire ya no olía a rancio como en el patio de los Sampedro, sino a agua de rosas, canela y almizcle. Era aquella una mancebía de lujo bien conocida en la colación de San Justo; un refugio de terciopelos donde las sirenas ejercían a resguardo de las varas de los alguaciles. Le recibió en la antesala la dueña de la casa.

    Era una mujer madura, de porte severo y manos cuajadas de anillos, que no parecía amiga de hacer muchas preguntas, pero sí las suficientes para guardar las espaldas de su negocio. Clavó sus ojos en el embozo del caballero con una frialdad corporativa.

    —¿Qué buscáis tan temprano por estas mis estancias? —inquirió la dueña con voz queda, pero firme—. Mis mujeres aún descansan del trajín de la noche y la Jineta no abre sus puertas a la hora tercia si no hay oro de por medio o un asunto que queme los dedos.

    Don Rigoberto contuvo la impaciencia, consciente de que las arenas del reloj corrían en su contra antes del almuerzo.

    —Busco a la Trujilla, dueña —repuso, forzando el tono de voz rudo de Alonso el Gavilán—. Ella sabe que vengo y el asunto, en efecto, quema.

    La matrona entornó los ojos, sopesando sus palabras. Sabía bien que la Trujilla no era mujer dada a perder el tiempo en burdeles, pero la había avisado la víspera que a la hora tercia se entrevistaría allí con un joven y que tuviese preparada su mejor habitación. La dueña asintió despacio, reconociendo en el Gavilán al hombre esperado, aunque no por ello suavizó el gesto.

    —Aún no ha llegado —sentenció la mujer, haciéndose a un lado para franquearle el paso—. Subid a la cámara principal. Aguardad allí dentro, quieto y sin hacer ruido. En esta casa mandan mis reglas.

    Ascendió por la ancha escalera de madera que subía desde el patio hasta la mejor habitación de la mancebía. Era una estancia amplia, alfombrada con gruesos paños mudéjares y presidida por una imponente cama con colgaduras de seda carmesí. En un rincón, tras un biombo labrado, descansaba una gran tina de madera forrada de lino, ya llena de agua caliente que exhalaba un vaho denso y aromático, lista para un baño inmediato. Las ventanas, cubiertas por tupidas celosías, apenas dejaban filtrar la luz de la mañana, sumiendo el cuarto en una penumbra cargada de humedad que olía a almizcle, tomillo y cera cara. El caballero se despojó del embozo y comenzó a dar pasos cortos por el aposento, incapaz de mitigar la impaciencia ante aquel derroche de tiempo y comodidad. Cada minuto que pasaba allí pesaba como una losa. Si la Trujilla se demoraba demasiado, no lograría regresar a la casa de los Sampedro antes del almuerzo,

    —Llegas tarde, Gavilán —susurró La Trujilla irónicamente, al tiempo que cerraba el pesado madero a sus espaldas, sin haberse molestado en llamar.

    Dio un paso al frente, despojándose del manto con una parsimonia calculada. Sus ojos oscuros brillaron al reflejar el temblor de los velones y la densidad del vaho que subía de la tina. Se acercó a Rigoberto despacio, acortando la distancia con paso felino, hasta que el caballero pudo percibir el aroma limpio de su piel mezclado con el tomillo del agua caliente. Con un gesto pausado, la joven alzó la mano izquierda y rozó con la yema de los dedos el cuello del sayo del joven, dejando a la vista de ambos los tres puntos negros de la Garduña tatuados en su dorso.

    —Veo que la dueña te ha aposentado en la mejor cámara —añadió con una sonrisa de medio lado, deslizando la mirada por el agua humeante que aguardaba para el baño—. Y el agua está en su punto. ¿Vas a despojarte de ese acero por una vez, o es que los asuntos de la Sombra te han enfriado la sangre, Alonso?

    Don Rigoberto sintió cómo el corazón le golpeaba contra las costillas. La familiaridad insinuante de la Trujilla era un arma de doble filo: una trampa perfecta para descubrir si bajo el pellejo del tosco Alonso de Alquipir se escondía el pulso firme y los modales rígidos de un caballero. Las campanas de tercia ya se habían extinguido y el tiempo corría al revés hacia la hora del almuerzo.

    El Gavilán devolvió la sonrisa de medio lado, enterrando por un instante la urgencia del caballero bajo la piel del criminal. Estiró la mano con suavidad, atrapando la muñeca izquierda de la Trujilla, allí donde los tres puntos negros desafiaban la blancura de su piel, y la atrajo hacia sí sin romper el contacto visual.

    —La sangre nunca se le enfría a un Gavilán —susurró él, con una voz que arrastraba la aspereza propia de los callejones de Toledo—. Y menos cuando el premio es el lino más fino de la ciudad.

    María dejó escapar una risa ahogada, complacida por la réplica. Con un movimiento grácil y deliberado, desanudó los cordones que sujetaban el cuello de su camisa. El tejido de lienzo cayó con un leve roce, revelando la curva delicada de sus hombros y la firmeza de sus senos, apenas velados por el vapor que subía de la tina. Don Rigoberto contuvo el aliento; el deseo, real y ajeno a cualquier estrategia, le encendió la mirada.

    Ella dio el paso definitivo, acortando la escasa distancia que los separaba hasta que sus cuerpos se encontraron. Don Rigoberto la rodeó con los brazos, hundiéndose en la calidez de su abrazo, mientras las manos de María buscaban con destreza el cinturón del hidalgo. El pesado acero de la daga y el sayo cayeron al suelo de madera, seguidos pronto por las restantes vestiduras, hasta que la piel de ambos quedó expuesta al vaho aromático de la estancia. Se buscaron con un ansia contenida, una danza de caricias urgentes donde el aroma del tomillo y el almizcle parecía acelerar los latidos de sus corazones.

    En mitad de aquel abrazo encendido, con la tina de agua humeante aguardándolos a escasos pasos, Rigoberto supo que el tiempo se había detenido para ellos.

    Sobre el lecho de seda, los dos se entregaron a un anhelo que ya no entendía de bandos ni de secretos. Don Rigoberto la estrechó contra su pecho, perdiéndose en el aroma de su piel, mientras María respondía a cada uno de sus besos con una intensidad limpia, libre de las precauciones que ambos debían guardar en las calles de Toledo. Sus cuerpos se buscaron y se acoplaron en una cadencia perfecta, envueltos en la penumbra del aposento y el calor del vapor cercano. El deseo mutuo, largamente contenido, dictó el ritmo de sus caricias hasta que el gozo los alcanzó a ambos en un mismo instante, fundidos en un abrazo firme que pareció detener, por unos breves segundos, la implacable prisa de la mañana. El clímax ocurrió como una colisión perfecta de tiempos. La respiración de ambos se entrecortó al mismo segundo, fundiéndose en un único suspiro de alivio y absoluto abandono.

    Minutos después, con el latido del corazón ya templado, don Rigoberto se trasladó a la bañera de madera. El agua tibia supuso un bálsamo para sus hombros tensos.

    María se arrodilló junto al borde de la tina. Tomó un paño de lino y comenzó a frotarle la espalda con movimientos pausados y circulares, haciendo que el aroma a tomillo y almizcle volviera a impregnar el aire. El roce del lienzo húmedo y la calidez de los dedos de la joven desataron los nudos físicos que el infiltrado arrastraba desde el amanecer.

    —Te noto pensativo, Gavilán —susurró la Trujilla, sin dejar de acariciarle la nuca con el paño húmedo—. Tu cuerpo está aquí, pero tu cabeza sigue fija en Santa Justa. ¿Tanto te preocupa algún asunto?

    De pronto, la mano de la joven se detuvo sobre el hombro del caballero. El silencio se adueñó de la estancia, roto solo por el goteo del agua tibia.

    —Te he entregado lo más valioso que poseía, Alonso —susurró María, bajando la mirada hacia el agua, mientras sus mejillas se encendían con un rubor genuino—. Mi doncellez os pertenecía a vos y a nadie más. Hoy he dejado de ser moza en vuestros brazos.

    Don Rigoberto se volvió despacio en la tina, conmovido por la confesión. Bajo la ruda fachada del Gavilán, el alma del caballero sintió el peso invisible de aquella entrega. En la Castilla de 1464, la honra de una mujer era un tesoro sagrado, y María acababa de poner la suya en manos de un hombre que vivía bajo un nombre falso y rodeado de asesinos. La miró a los ojos, descubriendo en su limpieza una devoción que iba mucho más allá de las intrigas de la hermandad.

    María rompió la solemnidad del momento con una sonrisa tierna pero cargada de intención, retomando el suave frote del paño sobre su pecho.

    Don Rigoberto la miró fijamente, permitiendo que el agua tibia le cubriera el pecho mientras sopesaba las implicaciones de sus palabras. La revelación de la joven le había llegado a lo más hondo, pero la prudencia del infiltrado le obligaba a medir cada palmo del terreno que pisaba.

    —¿María... acaso no eras sirena en esta u otra casa? —inquirió el caballero con un susurro que delataba una mezcla de desconcierto y repentina gravedad.

    La Trujilla detuvo el paño de lino a mitad de su trayectoria. Una sombra de orgullo herido cruzó fugazmente por sus ojos oscuros, pero enseguida se disolvió en una mueca de amarga comprensión. No podía culparle por dudar; estaban bajo el techo de la mancebía más selecta de la colación de San Justo.

    —No, Alonso, no os confundáis —repuso ella, mirándole con una firmeza que no admitía réplica—. Mis manos gobiernan el Mesón del Lino, no los lechos de la Jineta. Si nos hemos citado aquí es porque la dueña me debe favores y porque entre estas paredes los alguaciles no se atreven a meter las narices. Vine a entregaros mi secreto y mi virtud, no a venderos un favor de cortesana.

    Tras un breve silencio, María suavizó el gesto y se inclinó un poco más sobre el borde de la bañera de madera, humedeciendo de nuevo el lienzo. Don Rigoberto le besó profundamente.

    Cuando sus labios al fin se separaron, el caballero le sostuvo la mirada, dejando que la confidencialidad se adueñara de sus palabras.

    —Don Jorge Sampedro me nombrará su sucesor en cuanto regrese a Toledo —le confesó en un susurro cargado de promesas—. Seré el nuevo Capataz de Santa Justa, María. Eso me dará derecho a la casa de los Sampedro... y quiero que vengas a vivir conmigo.

    Se quedó muda un instante, con el paño suspendido en el aire. Aunque sus ojos brillaron, una sombra de sensatez la hizo negar despacio con la cabeza.

    —No, Alonso, no puede ser —repuso con suavidad pero con firmeza—. Mi sitio está en el Mesón del Lino. Debo ayudar a mi madre y gobernar aquellas estancias. No puedo dejarlo todo para encerrarme en Santa Justa. Pero podremos vernos —añadió con una sonrisa cómplice. Mis pasos siempre sabrán encontrar los vuestros. Ahora, decidme... ¿qué es ese asunto de urgencia que os quema el alma?

    —Necesito saber quién vendió a la justicia al Tábano —le urgió con voz queda. Decidme si habéis oído algún nombre en el mesón.

    María escurrió el paño de lino sobre la bañera, entornando los ojos mientras buscaba en su memoria los retazos de conversaciones captadas entre los vapores del vino y el trajín de las caballerizas.

    —En las mesas del mesón se habla de todo, Alonso, si se sabe escuchar —susurró la moza, acercando el rostro al del caballero—. Hace dos noches, unos arrieros de la Sagra comentaban la caída del Tábano. No daban nombres propios por miedo a las dagas, pero uno de ellos juró que el soplo a los alguaciles no vino de vuestro barrio. Salió de la colación de San Lorenzo. Habló de un tal Blas el Cojo.

    —¿Blas el Cojo? —repitió don Rigoberto, memorizando el alias mientras sentía un escalofrío.

    Aquella revelación lo cambiaba todo. Si el verdadero delator era un chivato de San Lorenzo, significaba que la acusación contra el Pesquero en Santa Justa sería una trampa prefabricada para ejecutarlo antes del juicio y tapar al auténtico culpable.

    En ese instante, un nuevo escalofrío físico devolvió al caballero a la realidad: el agua de la bañera se había enfriado por completo. Don Rigoberto alzó la mirada hacia la tupida celosía de la ventana; la luz de la mañana caía ahora con un ángulo más duro sobre los tapices. El tiempo se había agotado. La hora del almuerzo estaba encima y, si no regresaba de inmediato a la casa de los Sampedro, Juan de Tordesillas daría la alarma.

    El caballero emergió de la bañera de un solo movimiento. Sin embargo, antes de alcanzar sus ropas, María ya aguardaba en pie con un recio paño de lino entre las manos para secarle el torso, apresurando sus gestos al compartir la urgencia que ahora dominaba al caballero.

    El hidalgo se vistió rápidamente, encajando el acero de la daga en el cinto y abrochándose el sayo con dedos firmes pero acelerados. Cuando se echó la capa sobre los hombros, el embozo ya listo para ocultar al Gavilán, se volvió hacia la joven. María le contemplaba con el manto a medio colocar, la respiración aún agitada y una honda preocupación grabada en sus ojos oscuros.

    —Cuidaos, Alonso —susurró ella, dándole un paso al frente hasta romper de nuevo la distancia—. Toledo es un nido de víboras y ahora vuestra vida vale el doble para mí. Encontrad a ese Blas el Cojo, pero regresad entero al Mesón del Lino.

    Don Rigoberto la atrapó por la cintura, pegándola a su pecho en una despedida que concentró toda la intensidad de las horas compartidas. La besó con fuerza, un beso rápido pero rotundo que sabía a tomillo, a promesa y a la peligrosa clandestinidad que los unía.

    —Volveré, María. Os lo juro —prometió el caballero en un murmullo, rompiendo el abrazo a regañadientes.

    Sin mirar atrás, se cubrió el rostro con la capa y abrió la puerta de la cámara. Descendió a paso vivo por la ancha escalera de madera hacia el piso inferior de la Jineta, con el eco de las campanas que ya anunciaban el cercano almuerzo resonando con fuerza en su cabeza. Corrió por los callejones, esquivando el gentío, y logró cruzar el portón de la casa de los Sampedro justo cuando la campanilla llamaba, de nuevo, hacia el comedor.

(Continuará...) 


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