LA GARDUÑA. XXI LA CONCORDIA DE CARAVACA
Firma del pacto de Caravaca
XXI
LA CONCORDIA DE CARAVACA
El atardecer del día previo al careo tiñó de un rojo sangriento los riscos que sostenían el Castillo de Caravaca. Desde las torres de vigilancia de la muralla de la cerca de la villa, los centinelas divisaron el avance de la comitiva. Avanzaban a paso lento pero firme, desafiando el calor residual de septiembre.
A la cabeza cabalgaba el fraile caballero don Gonzalo Gallardo. El pendón de Santiago, portado por el alférez, blanco con la cruz de gules, ondeaba al viento. Le acompañaban una docena de caballeros santiaguistas armados, frailes letrados y escuderos. No traían el boato de una visita de cortesía, sino la severidad de una inspección judicial.
Tras franquear la Puerta del Concejo y subir por las empinadas cuestas de la villa, la comitiva cruzó el portón del castillo de afuera. Fue recibida por el silencio hostil de las guarniciones del adelantado Mayor del Reino de Murcia, don Pedro Fajardo y, al mismo tiempo, por la indisimulada alegría de la de Santiago, custodios de la Vera Cruz, con el sargento Beltrán a la cabeza. Los cascos de los caballos resonaban con eco sobre las piedras del patio de armas. Nadie de la casa del comendador salió a ofrecerles vino ni aposentos de honor. Los hombres de Pedro Fajardo, con las manos apoyadas de forma ostentosa en sus armas, les guiaron con desgana hacia las dependencias secundarias del recinto exterior.
—¡Qué paradoja! La Orden entra en su propia encomienda como si fuera territorio enemigo —dijo entre dientes Gallardo.
Aquellos hombres pronto fueron conscientes de que pasarían la noche rodeados por los muros de un adelantado que ya no reconocía más ley que la de su propio linaje.
Tras acomodar a los caballos, la comitiva santiaguista no se retiró a los barracones habituales del recinto exterior. Aquella noche, el sargento Beltrán los condujo con paso solemne hacia un lugar de excepción: la Torre de la Vera Cruz, el bastión espiritual incrustado en los muros del castillo.
La capilla, edificada en el hueco de la robusta torre del castillo de dentro, ofrecía un ambiente sobrecogedor, inundado por una generosa y cálida luz que disipaba las sombras de la piedra. Los cirios de cera pura, dispuestos en candeleros de bronce y sobre el altar, ardían con fuerza, arrancando destellos dorados a los crucifijos. El aroma a cera derretida e incienso flotaba denso en el aire tibio de septiembre.
Allí esperaban los tres claveros indispensables para el rito, custodios legítimos de las llaves que guardaban el misterio de la villa. El primero era don Diego Chacón, vicario de Caravaca, un eclesiástico de linaje santiaguista bien asentado en la frontera. A su lado se hallaba el regidor Juan Melgarejo, miembro destacado de la oligarquía local, y, finalmente, con semblante serio y desconfiado, Juan de Lola, el delegado interino impuesto por Pedro Fajardo tras su violenta toma de la villa en 1461.
Don Diego Chacón, revestido con sus ornamentos litúrgicos, rompió el respetuoso silencio. Introdujo su llave de hierro en la cerradura del arca de madera labrada y refuerzos de plata. Le siguieron los otros dos claveros. El mecanismo giró con un chasquido sordo. Con manos temblorosas pero precisas, el vicario extrajo el madero de la Santísima Vera Cruz. Al alzarlo bajo la intensa iluminación de la cera, la reliquia pareció resplandecer ante los ojos de los presentes.
Los doce caballeros de la comitiva, con don Gonzalo Gallardo al frente, cayeron de hinojos sobre las losas de piedra, despojados de sus cascos y guanteletes. Junto a ellos, el sargento Beltrán inclinó la cabeza con devoción militante. Incluso el delegado del comendador, Juan de Lola, se vio obligado a doblegar la rodilla por el peso de la tradición, flanqueando al regidor Melgarejo.
Al unísono, las voces graves de los hombres de armas rompieron el silencio de la torre para rezar las completas. El latín eclesiástico resonó con una vibración profunda y limpia bajo la bóveda de la capilla:
—In manus tuas, Domine, commendo spiritum meum... —entonó el vicario Chacón, y la comitiva respondió en un eco monocorde que llenó la estancia.
Aquel rezo ante el leño sagrado no era solo un acto de fe; era una demostración silenciosa de legitimidad. Frente a la Vera Cruz, la presencia hostil de los hombres de Fajardo parecía diluirse fuera de los muros de la torre. La santa reliquia fue adorada con gran devoción por los fieles presentes, como era antigua costumbre en la villa, y tras la bendición final, fue devuelta a su caja y custodia con la misma reverencia y guarda. Los caballeros santiaguistas se retiraron a descansar en los jergones dispuestos en la nave del anillo de afuera, reconfortados por la luz espiritual del santuario. La noche transcurrió bajo la vigilia de los candiles que se consumían lentamente, guardando el precario equilibrio del bastión hasta que las campanas de la hora tercia anunciaran el inicio de las negociaciones.
Golpeaba el sol con fuerza las saetas del castillo de dentro. Siguiendo la estricta regla de su orden militar y monástica, los caballeros santiaguistas habían rechazado cualquier alimento al despertar. Con los estómagos vacíos y templados únicamente por unos tragos de agua clara, llegaron con la mente lúcida y una disposición implacable para el combate político.
La sala baja dispuesta para la junta era una cámara angosta, fría y sombría, que estaba pegada a la torre de las Toscas. El aire en aquel almacén de pertrechos estaba impregnado de un olor rancio a hierro, cuero viejo y aceite de linaza. A lo largo de los gruesos muros de sillería se alineaban, sobre tablas y armarios de guarda, los arneses con cotas de malla oxidadas, ballestas armadas y pesadas espadas de dos manos que apenas reflejaban la escasa luz exterior.
En el centro de la sala destacaba una tosca mesa de nogal sobre la que reposaban pergaminos sellados con cera. En un extremo se asentaba el adelantado, Pedro Fajardo, flanqueado por su lugarteniente, Juan de Lola, y el regidor Juan Melgarejo, quien observaba la escena con evidente nerviosismo. Al otro lado, manteniéndose en pie por disciplina marcial, se dispuso la delegación santiaguista liderada por el caballero Gonzalo Gallardo.
—Esta tierra aún derrama sangre de infieles cada luna, frey Gonzalo —comenzó Pedro Fajardo, rompiendo el tenso silencio con una voz ronca que reverberó en las bóvedas de piedra—. El Alfoz de Caravaca no se gobierna desde despachos lejanos ni con ayunos u oraciones. Necesito un delegado que responda ante mi espada, no ante los caprichos del nuevo Maestre. Mi nombramiento es firme.
Don Gonzalo Gallardo dio un paso al frente. Ajustó su capa blanca y clavó sus ojos en el comendador sin pestañear, ignorando la debilidad física del bando.
—Vuestra espada defiende la frontera, don Pedro, pero la tierra que pisáis pertenece a la Orden de Santiago por gracia real y divina. No consentiremos que sigáis mermando nuestra jurisdicción. Nombrar un delegado de vuestra sola mano, ignorando el fuero de la Orden y la autoridad de nuestro Maestre, don Beltrán de la Cueva, no es gobernar... es levantar un reino propio dentro del nuestro. Vuestro candidato jamás jurará el cargo ante el altar de la Vera Cruz.
Fajardo dibujó una sonrisa gélida, inclinándose hacia adelante sobre la mesa. Juan de Lola dio un sutil paso al frente, apoyando la mano en el pomo de su daga.
—¿Mencionáis a Beltrán de la Cueva? —escupió el comendador—. Ese advenedizo que duerme entre las sedas de la corte no sabe cómo huele la pólvora de esta frontera. Conozco bien vuestra estrategia. El Maestre y el rey Enrique quieren recortar la autoridad que gané con mi sangre en estos muros. Pero os recuerdo que los hombres que guardan las almenas del castillo de afuera, y los que custodian el recinto de dentro, visten la ortigas de los Fajardo, antes que la Cruz de vuestro hábito. Si la Liga de los Nobles se alza en Castilla, Caravaca no será un peón del rey.
El corregidor Juan Melgarejo carraspeó, interviniendo con voz temblorosa en un intento de frenar el desastre:
—Señores... la villa de Caravaca necesita estabilidad. Las rentas y los diezmos no pueden quedar en el aire por una disputa de nombres.
—¡Eso es una flagrante insubordinación, señor adelantado! —intervino otro de los caballeros de la Orden, golpeando la mesa—. La ley de Santiago está por encima de vuestro linaje y vuestras simpatías con los rebeldes de la Liga. Si persistís en usurpar las funciones de nuestra jurisdicción, el Consejo de Trece os declarará en rebeldía formal ante la corona.
Las manos de los guardias personales de Fajardo, apostados junto a la pesada puerta de madera, se aproximaron a sus armas. Un solo movimiento en falso y aquella sala se convertiría en un matadero. Don Gonzalo Gallardo, intuyendo que una guerra interna debilitaría irremediablemente la cerca de la villa frente a los sarracenos de Granada, alzó la mano para aplacar a los suyos. Tras un silencio agónico, el fraile caballero buscó la salida honrosa.
—Ni vuestro hombre ni el nuestro, don Pedro —dijo Gallardo, bajando la voz—. Ninguno de los dos cederá y el invierno apremia. Propongo un pacto de mínimos para no quebrar la paz. Que se mantenga en el cargo al delegado que está ejerciendo efectivamente en este mismo instante. Él ya conoce el Alfoz, las rentas están aseguradas y vuestras guarniciones lo respetan. La Orden ratificará su posición bajo nuestra estricta jurisdicción, y vos conservaréis la paz en vuestra frontera.
Pedro Fajardo miró de reojo a Juan de Lola. El ceheginero asintió imperceptiblemente con la cabeza; mantener el puesto interino bajo el nuevo acuerdo salvaba su pellejo político y militar. El comendador tamborileó los dedos sobre el mapa de la frontera, meditando la propuesta. No había logrado imponer su control total, pero tampoco la Orden le imponía a un extraño. Tras una agónica pausa, relajó la postura y se puso en pie.
—Sea —sentenció Fajardo de mala gana, extendiendo la mano hacia el pergamino de la Orden—. Que Juan de Lola permanezca. Pero que quede claro en vuestras actas: se queda porque yo lo consiento en mi fortaleza, no porque vuestros textos santiaguistas lo manden.
Con una firma rápida y seca, el conflicto quedó sellado temporalmente en el corazón del Castillo de Caravaca. El precario equilibrio de poder se mantenía, ajeno a que en Toledo, el dueño de la casa de Majarazán se jugaba la vida entre los puñales de la Garduña, sirviendo precisamente al mismo Maestre que Fajardo tanto despreciaba.
La firma de las actas dejó un silencio denso en la sala, roto únicamente por el rasgar de los pergaminos al ser recogidos. La diplomacia armada había concluido con un pacto precario, pero suficiente para evitar que la sangre tiñera las losas de piedra.
Una vez que los emisarios santiaguistas abandonaron el recinto acompañados por Diego Chacón y Juan Melgarejo, la pesada puerta de roble se cerró. En la intimidad de la sala, Juan de Lola dejó caer la mano que hasta entonces mantenía firme sobre el pomo de su daga y exhaló un largo suspiro de alivio. Se volvió hacia el adelantado con una inclinación de cabeza preñada de auténtica gratitud.
—Mi señor... os debo la posición y la cabeza —dijo Juan de Lola, con la voz más templada ahora—. La Orden traía los colmillos afilados desde la corte. De habeos doblegado ante Beltrán de la Cueva, hoy mismo me habrían despojado de la vara de mando para dársela a cualquier advenedizo de Castilla.
Pedro Fajardo lo miró de hito en hito, manteniendo su habitual semblante de piedra, aunque con un brillo de fría satisfacción en los ojos. Sabía perfectamente que mantener a un hombre de Cehegín, profundamente arraigado en los hilos locales del alfoz, era su mejor baza para vigilar las rentas y los movimientos de la Orden.
—No os he salvado por caridad, Juan —sentenció Fajardo, apoyando los puños sobre la mesa—. Os quedáis porque conocéis este alfoz palmo a palmo y porque vuestros hombres responden ante mí. La Orden cree que ha salvado su jurisdicción con ese trozo de pergamino, pero la realidad de la frontera la dictan quienes guardan las almenas. Asegurad las rentas de Caravaca y mantened los ojos abiertos. Los santiaguistas no van a perdonar esta afrenta tan fácilmente.
—No os defraudaré, mi señor. Cada maravedí y cada torre del alfoz seguirán bajo vuestro designio —aseguró de Lola, sellando su lealtad inquebrantable antes de retirarse a organizar el gobierno de la villa.
Mientras tanto, en el vasto patio de armas del castillo de afuera, la atmósfera era muy distinta. El sol del mediodía caía a plomo, haciendo relucir las armaduras de la guarnición local de Santiago. El sargento Beltrán había hecho formar a sus hombres en una línea perfecta y marcial. Al ver salir a la comitiva de don Gonzalo Gallardo, un orgullo silencioso recorrió las filas de los custodios de la Vera Cruz; la Orden no se había arrodillado ante el usurpador Fajardo.
Los doce caballeros santiaguistas, todavía con los estómagos vacíos por el ayuno pero con el orgullo intacto, montaron en sus caballos. Gallardo hizo avanzar a su montura hasta quedar frente al sargento Beltrán. El veterano soldado alzó el puño en un saludo militar impecable.
—Habéis mantenido la posición con honor, fiel sargento —dijo Gallardo, mirándolo desde lo alto de su caballo con profunda gravedad—. El pacto ratifica al delegado actual, pero la jurisdicción del Maestre, don Beltrán de la Cueva, sigue rigiendo sobre este suelo. Vuestra presencia aquí es el último bastión de la ley del Rey y de la Orden en esta frontera. No flaqueéis.
—Guardaremos la Vera Cruz y estos muros hasta el último aliento, frey Gonzalo —respondió el sargento Beltrán, con la voz firme y la mirada clavada en el pendón de la cruz de gules que ya empezaba a enfilar la salida—. Que Santiago os guíe en vuestro regreso.
Con un asentimiento de cabeza colectivo, la comitiva santiaguista espoleó sus caballos. Los cascos resonaron con fuerza sobre el suelo del patio, cruzando el portón del castillo de afuera y descendiendo a paso firme por las cuestas de la villa, dejando atrás una Caravaca sumida en una paz armada y precaria. Las piezas en la frontera del sur quedaban congeladas en un delicado equilibrio, mientras la verdadera tormenta seguía forjándose en los callejones de Toledo.
Dejar atrás las imponentes murallas de Caravaca supuso un alivio físico para la comitiva de la Orden de Santiago. Tras recorrer las casi tres leguas de caminos polvorientos y quebrados bajo el cansancio acumulado, el perfil de la imponente torre del homenaje del Castillo de Moratalla recortó el horizonte. Los estómagos de los doce caballeros y resto de la comitiva, que no habían probado bocado desde el día anterior por respeto a la estricta regla de su orden, clamaban por sustento.
Al cruzar los umbrales de la fortaleza, el recibimiento fue radicalmente opuesto al desprecio sutil de Pedro Fajardo. Aquí, en territorio bajo el control directo de un hombre fiel a la Orden, el comendador Alfonso de Vozmediano salió a su encuentro de manera espléndida.
Vozmediano, un caballero de porte severo pero modales corteses, ordenó de inmediato disponer los tablones en la sala baja de la fortaleza para agasajar a los Exhaustos emisarios. La mesa pronto se llenó con viandas robustas propias de la frontera: hogazas de pan de centeno tierno, cuartos de cordero asado a las brasas con hierbas de la sierra, quesos curados de cabra y jarras de vino espeso para asentar el polvo del camino.
Don Gonzalo Gallardo tomó asiento a la derecha del anfitrión. Tras pronunciar una breve oración de agradecimiento, los caballeros santiaguistas rompieron por fin el ayuno, comiendo con la parsimonia de quien ha cumplido con su deber pero con el apetito feroz de las jornadas de brega.
En tanto que los escuderos servían el vino, Alfonso de Vozmediano se inclinó hacia Gallardo, rebajando el tono de su voz para que no lo escucharan los sirvientes que merodeaban.
—Os observo las caras y sé bien de dónde venís, frey Gonzalo —dijo Vozmediano, con un brillo de preocupación en los ojos—. Las noticias del pulso en Caravaca vuelan por el alfoz. ¿Ha cedido el Adelantado Fajardo, o hemos de preparar los caballos para la guerra?
Gallardo apuró su copa antes de responder, saboreando el peso de las negociaciones que dejaba a sus espaldas.
—Juan de Lola mantendrá la vara interina, Alfonso —reveló Gallardo con tono pausado—. Hemos firmado un pacto de mínimos. La Orden retiene la jurisdicción legítima sobre el papel, y Fajardo conserva a su hombre en la plaza. Es una paz precaria, cosida con hilos muy delgados, pero mantendrá la frontera tranquila por este invierno. El Maestre, don Beltrán de la Cueva, se conformará por ahora.
Vozmediano asintió con una mueca amarga, clavando la mirada en los gruesos muros de su propia fortaleza.
—Hacéis bien en contemporizar con los Fajardo, hermano —murmuró el comendador de Moratalla entre dientes—. El ambiente en este Reino de Murcia es un polvorín. Las villas están inquietas y la Liga de los Nobles no deja de azuzar los ánimos contra el Rey. Incluso aquí, en mis propios dominios, empiezo a notar las miradas torvas de los villanos en las tabernas... A veces siento que la soga nos ronda el cuello a todos.
Don Gonzalo Gallardo miró al comendador, intuyendo en sus palabras una inquietud que iba más allá de la política de la corte. Sin embargo, prefirió no ahondar en los temores de su anfitrión. Levantó de nuevo su copa, buscando aligerar la densa atmósfera de la sala.
—Dios y Santiago proveerán para las tormentas de mañana, don Alfonso. Hoy, vuestro pan y vuestro vino han salvado las fuerzas de esta comitiva. Brindemos por Santiago y por la fe que nos mantiene en pie en esta frontera.
(Continuará...)

En algunos capítulos nombras mucho la palabra "colación" en un contexto que no entiendo. Acláralo, por favor.
ResponderEliminarEn este último capítulo cambias totalmente de escenario, de personajes, de asuntos, y me he perdido un poco.
En la Castilla de la edad media, colación significaba el territorio de jurisdicción de una parroquia, el barrio, funcionando como unidad básica de vecindad. E incluso, como en el Reino de Murcia, hacía también referencia al territorio sobre el que se exigía un determinado impuesto como las contribuciones sobre los consumos.
ResponderEliminarPor extensión, en la Garduña, correspondería al ámbito en el que ejercía su mando exclusivo un capataz.
En cuanto al capítulo sobre la Concordia de Caravaca, es un recurso literario para mostrar cómo, lejos y en la frontera, las fricciones entre los levantiscos y los partidarios de Enrique IV también se veía reflejada en aquellos momentos y sirve al lector de descanso ante la tensión acumulada en los capítulos toledanos. Espero no haberte causado confusión.
Gregorio Piñero.
Gregorio. Estoy asombrado con el dominio de tu pluma. Tu prosa nos traslada con maestria a la Edad Media, en Toledo o en Caravaca. Tus descripciones de las ciudades, de sus calles, de los personajes, de los objetos...; tu dominio del castellano antiguo y de la historia hacen que el lector se funde con los personajes y viva la trama con ellos en aquellos tiempos y lugares. Enhorabuena
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