LA GARDUÑA. XXIII LA DISPENSA

 

Espadería de Pedro Sahagún el Viejo

 

XXIII

LA DISPENSA

 

    El viernes transcurrió con la pesadez propia de los días rutinarios, sumido en una aparente calma que a nadie lograba engañar. Abajo, en las humedades de la sillería, Blas el Cojo aguardaba su destino entre lamentos, mientras que Sebastián andaba ya en libertad por el patio interior, libre de sospechas tras el vuelco de la víspera. Aprovechando la laxitud de la jornada, don Rigoberto intentó acercarse hasta el Mesón del Lino con la firme intención de ver a la Trujilla, pero la fortuna no estuvo de su parte y el intento resultó en vano. Lejos de contrariarse, el caballero prefirió no insistir ni rondar en exceso las inmediaciones; sabía bien que levantar el más mínimo recelo entre los parroquianos o el servicio del mesón podría acabar descubriendo que había tomado la flor de la moza, exponiendo la honra de María a las malas lenguas de Toledo.

    A la mañana siguiente, don Rigoberto buscó a Juan de Tordesillas para plantearle una demanda que le urgía : licencia para vestir con ropas más decentes y abandonar los desgastados sayos pardos. Sin embargo, el Capataz de la Sombra atajó su petición con un gesto cargado de ruda disciplina.

    —Aún no habéis ascendido de chivato en esta casa, Alonso —sentenció Tordesillas, clavándole una mirada severa—. En la Garduña no se visten brocados ni paños nobles antes de ganarse el derecho a portarlos. Debéis esperar a que regrese don Jorge Sampedro y os entregue la vara de mando de Santa Justa. Hasta entonces, vuestra piel seguirá siendo la de un chivato corriente.

    Don Rigoberto encajó la negativa sin mudar el gesto, forzando la sumisión del Gavilán, aunque por dentro la impaciencia le mordía las entrañas. Había quedado en recoger la espada justo tras concluir la misa mayor de San Miguel, así que al amparo de los recados de la mañana, se embozó en su capa parda y enfiló sus pasos hacia la calle de las Armas, el ruidoso corazón donde los yunques y el olor a metal templado marcaban el pulso de Toledo.

    Allí le aguardaba Pedro Sahagún el Viejo. El anciano espadero, le recibió en la penumbra de su taller sin hacer preguntas innecesarias. Sabía perfectamente que los hombres como el hidalgo pagaban bien el silencio. Con una parsimonia litúrgica, el maestro artesano retiró un lienzo de lino tosco y depositó sobre el mostrador de madera la pieza encargada.

    Era un arma soberbia. Una espada de gavilanes rectos, forjada con el mejor acero toledano, cuya hoja relucía con un brillo limpio y letal bajo la escasa luz del taller. Rigoberto la tomó por la empuñadura, sintiendo el equilibrio perfecto del metal en su mano.

   —Ajustar una pieza así requiere paciencia —comentó Pedro Sahagún, acariciando el aire con sus dedos nudosos mientras contemplaba su obra—. La hoja ya estaba hecha y templada en su punto exacto desde el invierno pasado, esperando el destino idóneo. He consagrado estos últimos días a forjar los gavilanes rectos y a acoplar el pomo y la empuñadura con finísima precisión, buscando el equilibrio exacto para que el acero responda al menor impulso de vuestro brazo, como si fuera una prolongación de vuestro propio cuerpo.

    El caballero alzó el metal a la altura de los ojos. Cerca del recazo, justo donde la hoja se unía a la cruz de los gavilanes, brillaba grabada con fuego y punzón la célebre «S» gótica, el sello inconfundible del maestro armero que atestiguaba la nobleza del acero. Al deslizar la mirada un poco más arriba, contempló el grabado que recorría la acanaladura central, limpio y firme: EX ALTO OMINA CONSPICIO. Su lema.

    —Dadme la cuenta, maestro —dijo Rigoberto, buscando las monedas—. Teníamos pactados cuatrocientos veinte maravedís de plata por este acero.

    La mano encallecida de Pedro Sahagún el Viejo se interpuso con suavidad, deteniendo el movimiento.

    —Guardad vuestra plata, hidalgo —repuso el anciano espadero, entornando los ojos—. Esa hoja ya no os debe nada. Ya la han pagado por vos.

    Don Rigoberto frunció el ceño, sintiendo cómo la sospecha le tensaba los músculos del cuello.

    —¿Pagada? —inquirió con voz queda—. ¿Por quién?

    —A decir verdad, no sé su nombre —confesó Sahagún, apoyándose en el mostrador—. Se presentó aquí en una primera visita hace días, justo después de que vos salierais por esa puerta tras encargarme la espada. Me pareció un impertinente de la peor especie; andaba husmeando por el taller y preguntando con excesiva fijeza por vuestras intenciones y por los encargos que vos teníais en esta casa. No me gustó su traza ni sus modales. Sin embargo, ayer viernes por la tarde regresó. Exigió ver la espada y, una vez que comprobó mi buen hacer y la finura del temple, puso sobre el tablón la suma íntegra que faltaba para liquidar la obra.

    El espadero se guardó de mencionar que el adusto visitante había dejado un enrique de oro legítimo, por sus informes.

    El caballero contuvo el aliento. Un hombre de mediana edad y carácter agrio, pisándole los talones desde el primer día... Tenía que ser Bernabé, el falsificador que le había provisto de los privilegios falsos. Si Bernabé andaba por Toledo controlando sus pasos de manera tan estrecha y pagando su acero, la misión entraba en una fase crítica. Aprovechando que la cuenta estaba saldada y que la plata seguía intacta en su bolsa, don Rigoberto apoyó las manos sobre el mostrador, fijando la vista en el maestro armero.

    —Puesto que ese hombre ha vaciado mi deuda, maestro, empleemos esta plata en una pieza nueva —ordenó el hidalgo, con tono resuelto—. Quiero que forjéis una daga de la mano izquierda desde su primer principio. Que nazca de vuestro mejor acero y que su guarnición vaya a juego con esta espada: mismos gavilanes rectos y el mismo temple. Que no haya distinciones entre el acero largo que ataca y el corto que defiende.

    Sahagún asintió despacio, dibujando una mueca de profundo respeto profesional ante el encargo de una panoplia tan noble.

    —Se hará como mandáis, hidalgo. Una hoja nueva que sea hermana de vuestra espada. La tendré lista antes de que acabe la luna.

    Don Rigoberto se despidió del maestro armero con un leve asentimiento. Con el pulso templado pero el instinto en alerta, enfundó la soberbia espada de gavilanes rectos y se dispuso a ocultarla bajo el tosco sayo pardo; aquella prenda miserable de chivato de la Garduña no estaba hecha para portar un acero forjado por las manos de Sahagún. Ajustó la vaina de modo que corriera paralela a su pierna izquierda y cruzó con maña el embozo de la capa, disponiendo un pliegue grueso que disimulaba por completo la prominencia del pomo. Nadie en las calles, ni en la hermandad, debía sospechar que el Gavilán cargaba el metal de un caballero.

    Se mezcló con la multitud que abarrotaba la calle de las Armas tras concluir la misa mayor de San Miguel. Caminó a paso vivo, midiendo cada zancada para que el roce de la vaina contra su muslo no delatara el bulto, y enfiló de regreso el laberinto de callejuelas que ascendían hacia la colación de Santa Justa.

    Al cruzar el portón de la casa de los Sampedro, la quietud habitual del patio interior se había quebrado. Había un trasiego inusual de mozos y caballerías sudorosas que delataba un acontecimiento largamente esperado. El portero de la casa, un hombre de pocas palabras, se interpuso en su camino en cuanto le vio entrar.

    —Alonso —le retuvo en un susurro, clavándole una mirada cargada de advertencia—. No os demoréis en los patios. Don Jorge Sampedro acaba de regresar de su viaje.

    A don Rigoberto se le tensaron los hombros bajo la capa. La cúpula de Santa Justa volvía a tener cabeza.

    —Está en el salón de recibir —añadió el portero, señalando con la cabeza la galería alta—. Despacha a puerta cerrada con Juan de Tordesillas, y me han dado orden estricta de que os hiciera pasar en cuanto llegarais. Os están esperando.

    El caballero asintió con gravedad, conteniendo el vuelco que le había dado el corazón. Ascendió a paso firme las escaleras hacia el piso noble de la casa, cuidando que el balanceo de la capa ocultara el perfil de los gavilanes rectos que acababa de traer de la espadería, y empujó el recio madero del salón de recibir.

    Al entrar en la estancia, la luz de la mañana recortaba las figuras de los dos hombres. Juan de Tordesillas acababa de desplegar sobre la gran mesa de roble las doce monedas de oro como la prueba irrefutable de la delación de Blas el Cojo. Don Jorge Sampedro, que escuchaba el informe con el rostro serio y aún cubierto por el polvo del camino, alzó la mirada de inmediato. Al ver cruzar al hidalgo, la severidad del Capataz se disolvió en una sonrisa de profunda satisfacción.

    —Acercaos, Alonso —le recibió don Jorge con una voz atronadora que denotaba el éxito de su embajada—. Tordesillas me estaba rindiendo cuenta de vuestra agudeza con el asunto de San Lorenzo, de cómo recuperasteis los privilegios del Galfarro que Juan ya ha entregado al Capataz del Salvador, y de cómo habéis guardado esta casa en mi ausencia. No traigáis esa cara de sospecha, que las noticias que os traigo de mi viaje bien valen una celebración.

    El Capataz de la Sombra dio un paso atrás, asintiendo levemente ante la mención de los documentos entregados al Salvador. Don Jorge se aproximó a Rigoberto y le plantó una mano pesada sobre el hombro, con la familiaridad de quien ya ha medido la valía de su subordinado en mil lances.

    —Vengo de despachar con el Hermano Mayor en persona —confesó Sampedro, bajando la voz hasta un tono de solemne confidencia—. Le he llevado vuestro nombre y vuestros méritos. Ha quedado tan complacido que ha firmado vuestra dispensa: no os hará falta cumplir el año de noviciado que exige la cofradía.

    Don Rigoberto sostuvo la mirada, forzándose a interpretar el papel del ambicioso Alonso de Alquipir, mientras sentía el peso frío de la espada de Sahagún oculta contra su muslo izquierdo.

    —He regresado a Toledo con un único propósito, Gavilán: nombraos, por fin y con todos los derechos, mi sucesor como Capataz de Santa Justa.

    La oferta de la capitanía ya era un triunfo para su misión secreta, pero las palabras de don Jorge aún no habían terminado.

    El viejo Capataz suavizó el semblante, y la ruda expresión del hombre de armas dio paso a una mirada cargada de una insólita y profunda ternura. Mantuvo la mano firme sobre el hombro del hidalgo, apretándolo con afecto.

    —Pero mi viaje ante el Hermano Mayor no ha sido solo para asegurar vuestra vara de mando, Alonso —añadió don Jorge, bajando la voz mientras Juan de Tordesillas permanecía en un respetuoso y mudo segundo plano—. Bien sabéis que la muerte me arrebató a mi difunta esposa hace ya muchos inviernos, y que Dios no tuvo a bien concederme hijos que perpetuaran mi nombre. Habéis batallado en las calles, habéis guardado esta casa, y en mi fuero interno hace tiempo que os juzgo como algo más que un lugarteniente.

    Don Jorge hizo una breve pausa, clavando sus ojos curtidos en los del infiltrado con una solemnidad que hizo que a Rigoberto se le helara la sangre.

    —Dispondré ante escribano real, y con el beneplácito de la hermandad, vuestra carta de perhijamiento. Desde este instante entraréis bajo mi potestad como hijo legítimo, Alonso, siendo el único heredero universal de mis bienes y de esta casa. Y hay algo más que os pertenece por derecho de linaje desde este mismo momento.

    El viejo se enderezó, cobrando una dignidad que parecía emanar de los mismísimos muros señoriales de la planta noble.

    —Heredaréis también el título de Marqués de Sampedro. Aquella dignidad que el mismísimo rey don Juan II otorgó a mi difunto padre, Fernán de Sampedro, en el año de 1445. Un marquesado ganado con el acero, para premiar el valor de mi progenitor tras haber salvado la vida del condestable don Álvaro de Luna en los campos de Olmedo. Esa honra no morirá conmigo, Alonso. Vos la llevaréis sobre vuestros hombros. Seréis el Tercer Marqués.

    Un silencio denso y sepulcral cayó sobre el salón de recibir. El caballero don Rigoberto sintió un nudo opresivo en la garganta, una punzada de pura contradicción moral que estuvo a punto de hacerle flaquear. El hombre que lideraba el sumidero de la Garduña en Toledo le estaba abriendo las puertas de su alma, de su herencia y de un linaje heroico con la limpieza de un padre, ignorando que el joven al que pretendía adoptar era, en realidad, un infiltrado enviado por la Corona.

    Don Jorge se volvió hacia el rincón donde el Capataz de la Sombra aguardaba en silencio, y con un gesto autoritario que no admitía réplica, dictó su primera orden como mentor oficial del hidalgo.

    —Juan —ordenó Sampedro—, disponed lo necesario de inmediato. Que se abran las arcas y se busque a los mejores sastres de la Alcaicería. Quiero que mi hijo sea vestido con la dignidad que corresponde a su nuevo estado y al heredero de mi casa. No quiero volver a verle con esos paños pardos de chivato.

    Tordesillas hizo una respetuosa inclinación de cabeza, asumiendo el mandato que apenas unas horas antes le había denegado al joven. Fue en ese instante cuando don Rigoberto, midiendo el tempo dramático con la precisión de un veterano de la corte, dio un paso hacia el centro del salón noble.

    —No será necesario que esperemos a los sastres para empezar a honrar vuestro linaje, padre —pronunció el caballero, usando por primera vez el título familiar con una calculada mezcla de respeto y audacia.

    Con un movimiento fluido y pausado, el caballero descorrió el pliegue grueso de su capa de chivato. Su mano izquierda asió la empuñadura de madera labrada y, con un leve ceñido, extrajo el acero del taller de la calle de las Armas. El metal limpio y letal de los gavilanes rectos brilló con fuerza bajo la luz que hendía los cortinajes del salón, reposando finalmente sobre el recazo.

    Don Jorge y Juan de Tordesillas clavaron los ojos en el arma, conteniendo el aliento. El viejo Capataz se inclinó sobre la mesa de roble, fascinado por la perfección del arqueo y la nobleza del temple, hasta descubrir, cerca de la cruz, el punzón inconfundible de la «S» gótica y el pulido grabado de la acanaladura central: EX ALTO OMINA CONSPICIO.

    —Por los clavos de Cristo... —masculló Tordesillas, perdiendo por una vez su severa compostura—. Es un acero legítimo de Pedro Sahagún el Viejo.

    Una carcajada atronadora y orgullosa brotó del pecho de don Jorge Sampedro, quien contempló la espada y a su portador con una admiración absoluta. La sagacidad del Gavilán para adelantarse a los acontecimientos, proveyéndose del metal de un caballero antes incluso de saber que heredaría un marquesado, confirmaba que no se había equivocado al elegir a su sucesor.

    —¡Miradle, Juan! —exclamó don Jorge, palmeando la mesa junto a los doce enriques de oro—. No solo limpia mi colación de soplones y caza a los traidores en San Lorenzo mientras yo estoy ausente, sino que ya viste su mano con el mejor hierro de Castilla. Este muchacho no espera a que el destino le otorgue las cosas; las toma por su propio brazo. San Miguel os guarde, Alonso, habéis nacido para gobernar Santa Justa en las sombras y ejercer de Marqués ante el rey.

 

(Continuará...) 


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