LA GARDUÑA. XXIV LA EXALTACIÓN DE LA VERA CRUZ
Procesión de la Santa Cruz de Caravaca
XXIV
LA EXALTACIÓN DE LA SANTA CRUZ
Durante aquella semana, don Rigoberto había rondado varias veces el Mesón del Lino, con la secreta esperanza de cruzarse con María la Trujilla, pero la mujer parecía habérsela tragado la tierra. Aunque el deseo y la frustración le carcomían las entrañas, el caballero se obligaba a mantener un semblante imperturbable; bajo ningún concepto podía trascender que le había cobrado su virtud. Aquella transacción, tan carnal como clandestina, debía permanecer sepultada bajo el peso de su identidad como Alonso de Alquipir.
Aquel jueves 14 de septiembre amaneció con el repique clamoroso de todas las campanas de Toledo. Era el día de la Exaltación de la Santísima Cruz, y la ciudad imperial se engalanaba con sus mejores paños y tapices para recibir a la gran procesión litúrgica. Don Rigoberto, vistiendo por fin las ricas ropas nobiliarias que Juan de Tordesillas le había procurado, caminaba un paso por detrás de Don Jorge Sampedro, flanqueando la imponente comitiva que escoltaba el madero sagrado por las empinadas y sombrías calles de la judería y los cobertizos.
Sin embargo, el fervor religioso palidecía ante el verdadero incendio que devoraba las lenguas de la feligresía. En la comitiva de hidalgos, y entre los murmullos de la plebe que se agolpaba en las esquinas, no se hablaba de otra cosa: el rey Enrique IV y su polémico privado, Beltrán de la Cueva, no estaban en Toledo. Habían marchado de urgencia a Valladolid.
La comitiva avanzaba por las calles en derredor de la Catedral, pero la catástrofe política era evidente para cualquiera que supiera mirar: el rey no presidía la solemne ceremonia y don Beltrán no encabezaba, con el orgullo que le caracterizaba, a los caballeros de la Orden de Santiago. Aquella ausencia en la vanguardia de los freires del manto blanco era el síntoma inequívoco de que la Corona temblaba.
—Miradlos, Alonso —susurró Don Jorge, sin desviar la vista del frente mientras sujetaba un cirio encendido—. El pueblo huele el miedo de la corte. Que el rey falte a la Santa Cruz para correr a refugiarse a Valladolid con su valido es la prueba de que las costuras del reino se están rompiendo.
—Dicen las malas lenguas entre el gentío, señor, que la liga de nobles le ha estrechado el cerco —respondió el joven caballero en voz baja, arrimándose al hombro del anciano marqués—. Hablan de traiciones y de que las quejas contra Don Beltrán son ya un clamor que ni el propio monarca puede acallar.
—Mantened los ojos abiertos, Gavilán. Esta procesión es el mejor mercado para saber quién sigue fiel al rey y quién busca ya un nuevo señor.
Un frío repentino, más cortante que el acero de Sahagún, recorrió la espina dorsal de Don Rigoberto. Las palabras de Don Jorge se desvanecieron en un zumbido lejano mientras el pánico contenido le atenazaba la garganta. ¿Beltrán de la Cueva había marchado a Valladolid? ¿El valido huía acorralado por los nobles levantiscos?
Nadie en Toledo, ni el mismísimo Don Jorge, sabía que el verdadero cordón umbilical que ataba a Rigoberto a esa farsa no era la ambición, sino un mandato directo, firmado con el sello privado de Don Beltrán. Él era los ojos del valido en las cloacas de la ciudad imperial. Si el favorito del rey caía en Valladolid, la misión carecería de valor y, lo que era peor, se quedaría completamente desamparado. Sin el manto protector de la privanza real, su cabeza no valdría ni dos blancas. Si la Garduña descubría que el futuro Tercer Marqués de Sampedro era un espía de la corte moribunda, su muerte sería lenta y espantosa.
Forzó una bocanada de aire, tratando de que el temblor de sus manos no apagara el cirio procesional.
—¿A Valaldolid, señor? —preguntó don Rigoberto, luchando por mantener la voz firme y un tono de mera curiosidad cortesana—. Pensaba que el señor de la Cueva guardaba con celo los alcázares del Tajo. Dejar Toledo en manos del arzobispo Carrillo y de los partidarios del príncipe Alfonso parece una maniobra arriesgada para el privado de Su Majestad.
—Es la maniobra de un hombre desesperado, Alonso —replicó Don Jorge con un deje de desprecio, mientras saludaba con una leve inclinación de cabeza a un hidalgo de los Ayala—. Beltrán de la Cueva es un advenedizo que ha estirado demasiado la cuerda. Los Grandes del reino le han plantado cara y el rey Enrique no tiene el carácter para sostenerle la mirada a la nobleza castellana. Se han marchado a Valaldolid a parlamentar, o a claudicar. Para nosotros, es el momento idóneo.
Don Rigoberto asintió mecánicamente, clavando la mirada en los irregulares guijarros del suelo que formaban la calle. El triunfo de su carta de perhijamiento, la magnífica espada que descansaba bajo su capa, el recuerdo de María la Trujilla en el Mesón del Lino... todo pasó a un segundo plano. Estaba solo en mitad de un nido de víboras. Si quería sobrevivir a la caída de sus protectores, debía jugar sus cartas con más astucia que nunca: tenía que consolidar su poder dentro de la Garduña tan rápido que, para cuando cayera Beltrán de la Cueva, Alonso de Alquipir ya fuera intocable en Toledo.
Y. mientras el miedo devoraba los soportales de Toledo, a más de setenta leguas al sur, el mismo jueves 14 de septiembre, el eco de las campanas también sonaba sobre las piedras del alcázar de Caravaca. Allí, en el confín fronterizo del reino de Murcia, la festividad de la Exaltación de la Santísima Cruz se vivía con la urgencia y la sobriedad de los hombres que duermen con la mano en el pomo de la espada.
La procesión litúrgica avanzaba con paso marcial escoltando la sagrada reliquia del madero de cuatro brazos. A la vanguardia de la comitiva civil y militar caminaba Juan de Lola, delegado del Adelantado Mayor, Pedro Fajardo, flanqueado por el vicario Diego Chacón, que portaba la capa pluvial de los grandes oficios, y el corregidor Juan Melgarejo, cuyos ojos escudriñaban a la multitud con la suspicacia propia de quien gobierna una plaza siempre expuesta a las razzias granadinas. Detrás de ellos, marcando el compás con el acero y las espuelas, marchaba la guarnición de la Orden de Santiago. Al frente de la tropa, con el rostro curtido por el sol de la frontera y la mirada fija, iba el sargento Beltrán, seguido por un reducido grupo de caballeros santiaguistas de capa blanca. Lo soldados concejiles y el clero local.
Al tiempo que el clero local entonaba los salmos litúrgicos, los ojos de Juan Melgarejo y del sargento Beltrán se clavaron en el madero que avanzaba sobre un portacruz. Para el pueblo devoto, aquella cruz de cuatro brazos era un milagro bajado por ángeles; pero para los pocos que conocían la tradición escrita en los cuadernos secretos de la encomienda, perdidos en el pavoroso incendio del siglo anterior, la forma de aquella cruz encerraba una verdad mucho más bélica y telúrica.
Aquel madero no había nacido para reposar sólo en altares, sino para cabalgar en mitad de la sangre y el trueno.
Era la mismísima reliquia que, hacía más de dos siglos, el caballero templario —originario de la Corona de Aragón— Pere de Montagut portaba en lo alto del mástil, encastrada como sombrerete de su baucán, el terrorífico estandarte blanco y negro de la orden. Montagut, valiéndose de su dignidad como Maestre del Temple, había ejercido el derecho más temido por los enemigos de la Cristiandad: entrar en batalla guiado por el lignum crucis. Aquella silueta de doble travesaño era, en realidad, el remate de madera que coronaba la enseña templaria, el eje sobre el que pivotaban las cargas de caballería antes de que el Maestre abdicara de su dignidad y confinara el secreto en los muros de Caravaca.
El sargento Beltrán vio cómo el reflejo del sol de la tarde hería los cuatro brazos de la reliquia e instintivamente apretó el puño sobre la empuñadura de su espada.
—Miradla bien, sargento —murmuró Juan Melgarejo a su lado, sin romper el paso marcial—. Los templarios defendieron este alcázar para proteger lo que Montagut trajo en su lanza. Si los jinetes de Granada rompen la tregua aprovechando la flaqueza del rey, no habrá caballeros de Santiago bastantes en este alfoz para contenerlos.
—Los hombres de Santiago no necesitan que el Maestre les limpie las espuelas desde la corte para saber cómo morir, señor corregidor —respondió el sargento Beltrán con una mueca mordaz—. Si los moros asoman por la sierra, nos bastará el acero y lo que queda del baucán de Montagut en esa torre, para defender la frontera.
La solemne comitiva enfilaba ya las últimas pendientes que conducían de regreso al templo, marcando el final de la procesión de la Exaltación de la Santa Cruz. Bajo el tañido pesado de las campanas toledanas y el parpadeo de los cirios que agonizaban, la mente de Don Rigoberto se descolgó por completo del murmullo de los hidalgos para viajar hacia las áridas tierras de Caravaca.
Allí, a la sombra del alcázar fronterizo, se custodiaba aquella otra Cruz milagrosa nacida del baucán templario. Pero no era la reliquia lo que le encogía el pecho en ese instante, sino el recuerdo de Raquel, su esposa. La había dejado allí, embarazada ya de casi ocho meses, desde que él partiera a uña de caballo a primeros de septiembre para atender la llamada urgente del rey en la corte. El silencio de la distancia se le clavaba como un puñal. Pensó en Raquel y, de inmediato, la culpa y el remordimiento le hicieron desviar la mirada hacia los soportales de la plaza: allí estaba el recuerdo de la Trujilla y el eco de la mañana en que le cobró su virtud en la Casa de la Jineta. Se vio a sí mismo atrapado en una red asfixiante de secretos, traiciones, deseos clandestinos y muertes. Se había metido en demasiados líos. El Gavilán estaba volando demasiado cerca del fuego.
«Tengo que salir de Toledo», se juró don Rigoberto para sus adentros, apretando los dientes mientras la Cruz procesional cruzaba el umbral del templo. «Necesito ir a Valladolid. Necesito ver a Beltrán de la Cueva cara a cara».
Si el valido real estaba cayendo ante la liga de nobles, don Rigoberto debía saberlo de primera mano para salvar su propio pellejo y proteger a su familia en la frontera. Pero salir de la milimétrica vigilancia de Don Jorge Sampedro no sería tarea fácil; el anciano marqués no le dejaría marchar ahora que acababa de nombrarlo sucesor. Fue en ese instante de apuro cuando la astucia del caballero infiltrado encontró la salida perfecta. Las Siete Partidas exigían que, para que el perhijamiento tuviera validez plena y el título de Tercer Marqués de Sampedro fuera legítimo, la Corona debía ratificar la carta del escribano con el sello real. Solicitar en persona la autorización del rey Enrique IV para suceder en el marquesado era la excusa impecable. Don Jorge no solo no se opondría, sino que vería con orgullo que su nuevo heredero marchara a Valladolid a defender el linaje de la casa ante la misma corte.
Cuando los oficios concluyeron y el olor a incienso comenzó a disiparse en las naves de la iglesia, Rigoberto se volvió hacia don Jorge de Sampedro con una reverencia perfectamente ensayada. El plan de fuga ya estaba en marcha. La oportunidad que don Rigoberto buscaba se materializó de forma natural. Don Jorge, tomándolo del brazo con la solemnidad que requería la ocasión, le recordó el compromiso fijado para la mañana siguiente: habían quedado con el escribano público para escriturar de manera definitiva la carta de perhijamiento. Aquel papel sellado ante notario daría fe del fin de su noviciado y de su entrada oficial en la familia.
Con la perfecta excusa del documento en ciernes sobre la mesa, la mente del caballero infiltrado se adelantó al golpe con la rapidez de un halcón.
—Señor —propuso don Rigoberto con un gesto de profunda sumisión y astucia política—, mañana el escribano cumplirá vuestra voluntad y seré vuestro hijo ante las leyes de Toledo. Pero vos bien sabéis que el viento ruge con fuerza en el norte. Con el rey Enrique y don Beltrán de la Cueva en Valladolid, rodeados por la liga de nobles, la cancillería real podría quedar suspendida en cualquier momento. Si queremos que este linaje quede a salvo, no basta con la firma del notario de la ciudad. Conforme a las Siete Partidas de Castilla, es menester que marche de inmediato a la corte.
Don Jorge entornó los ojos, escuchándolo con suma atención mientras abandonaban el templo.
—Debo presentarme en Valladolid en cuanto la tinta de la escritura esté seca —insistió Rigoberto, midiendo cada una de sus palabras—. Solicitaré en persona la autorización y el sello de Su Majestad para suceder legítimamente en el Marquesado de Sampedro. Si alguien osara impugnar mi herencia alegando vuestra vejez o la ausencia del monarca, les cerraremos la boca con el propio privilegio real refrendado. Dejadme cabalgar hacia el norte, señor. Protegeré en la corte lo que vos habéis levantado en Toledo.
Don Jorge guardó silencio durante unos instantes que a Rigoberto le parecieron eternos, sopesando las palabras del caballero bajo el dintel de piedra de la iglesia. Luego, una sonrisa de frío orgullo dibujó las arrugas de su rostro gastado y asintió firmemente con la cabeza.
—Es una idea excelente, Alonso —sentenció el anciano marqués, dándole una palmada en el hombro—. Demostráis la sagacidad que espero de mi sucesor. En estos tiempos turbios, quien no defiende sus privilegios con garras ante el propio rey, los pierde. Mañana firmaremos ante el escribano y, esa misma tarde, partiréis hacia Valladolid con una bolsa de maravedís de mi propia arca. Id y traed ese sello real. Santa Justa os esperará como su legítimo señor.
Rigoberto inclinó la cabeza en señal de agradecimiento, ocultando el inmenso suspiro de alivio que le inundaba el pecho. El pretexto legal había funcionado a la perfección. Tenía el permiso para salir de Toledo, una vía directa hacia Valladolid para buscar a Beltrán de la Cueva y entrevistarse con él.
(Continuará...)

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