LA GARDUÑA. XXVI VALLADOLID

 

 

                                                                                        Valladolid

XXVI

VALLADOLID

 

    Las herraduras de los caballos resonaron finalmente contra las piedras de la Puerta de Bisagra. Don Rigoberto cabalgaba a la vanguardia, flanqueado por Sebastián el Pesquero y Roi el Cebreiro. Apenas dejaron atrás el control de los guardias reales y se adentraron en el camino real, Sebastián espoleó ligeramente su montura para emparejarse con el caballero. Aprovechando que el gallego de Cebreiro guardaba la retaguardia. El Pesquero se inclinó hacia él.

    —Cumplí vuestro mandato en el Mesón del Lino, señor —susurró Sebastián, vigilando el horizonte—. Encontré a María la Trujilla en el patio central. Le di el aviso de vuestra marcha a Valladolid y de vuestra promesa de regresar. Se mudó de color al oírme, pero asintió y guardó el secreto ante su madre, que andaba cerca trajinando con unos arrieros. Me pidió que os dijera que guardará vuestra virtud y que rezará a la Santa Cruz por vuestro retorno.

    Don Rigoberto asintió con un leve gesto de la cabeza, sintiendo cómo una parte de la opresión de su pecho se aliviaba, aunque el remordimiento por Raquel, encinta de casi ocho meses en Caravaca, seguía latiendo en su fuero interno.

    Una legua más adelante, tal y como se había convenido bajo la treta del pago de las mulas, el grupo divisó la silueta de un jinete solitario que aguardaba bajo la sombra de unos chopos, a la vera del camino. Era Nuño, el cartero real. Don Rigoberto alzó la mano para detener la marcha de su escolta.

    —Aguardad aquí —ordenó a Sebastián y a Roi el Cebreiro con tono imperioso—. Es el correo de la corte. Debo recibir de sus manos los salvoconductos indispensables para cruzar las tierras de los Mendoza sin que nos confisquen las monturas.

    El caballero descabalgó y se adentró a pie en la arboleda, lejos de las miradas de sus acompañantes. Nuño le aguardaba con su caballo y con una mula de carga de cuyo arzón colgaba un pesado fardo de cuero engrasado.

    —Aquí tenéis lo solicitado, señor —dijo Nuño en voz baja, abriendo el fardo—. Las cartas de aviso para los hombres de don Beltrán en Valladolid ya han partido por otra vía. Y esto... es vuestro.

    Don Rigoberto deslizó las manos en el interior del fardo. Sus dedos palparon el tacto familiar del terciopelo y las placas de acero pulido: era su ropa heráldica de caballero, grabada con las armas legítimas de don Rigoberto de Majarazán. Allí estaban los atributos de su verdadero linaje tomado ante don Alonso Fajardo. Nuño le entregó además un pequeño pergamino con el sello cifrado de la privanza real.

    —Llegan rumores confusos, don Rigoberto —advirtió el cartero con semblante sombrío—. Parece ser que la liga de nobles tiene cercado el palacio en Valladolid. Don Beltrán de la Cueva resiste, pero el rey Enrique flaquea a cada hora que pasa. Si no os dais prisa, os vais a encontrar una corte gobernada por vuestros peores enemigos.

    El caballero tomó el fardo de cuero engrasado y, con movimientos precisos, lo acomodó y aseguró con firmeza en el arzón trasero de su propio caballo, ocultándolo bajo una manta de viaje. Sebastián y Roi  observaban desde el camino, pero la firme autoridad del caballero les impidió hacer pregunta alguna.

    Nuño, tras comprobar que el fardo quedaba bien camuflado, dio un paso atrás y sostuvo las riendas de su propia montura.

    —Que la Santa Cruz guíe vuestra andadura, don Rigoberto —susurró el cartero real con semblante grave—. Si el viento sopla en contra en Valladolid, que vuestro acero sea el primero en hablar.

    —Guardad el secreto en Toledo, Nuño —respondió el caballero con una breve inclinación de cabeza.

    El cartero real espoleó su montura y emprendió el regreso hacia la Puerta de Bisagra, perdiéndose rápidamente entre el polvo del camino vespertino. Don Rigoberto regresó junto a su escolta, y señaló hacia el norte con su mano.

    —En marcha —ordenó—. El sol decae y no pienso pasar la noche a la intemperie en mitad de los trampales de la Sagra.

    El trío espoleó los caballos, dejando atrás las vegas del Tajo. Avanzaron a buen paso durante algo más de tres leguas por el Camino Real, viendo cómo los llanos polvorientos de la Sagra, cubiertos de rastrojos secos, se teñían de sombras alargadas. Cuando la noche ya devoraba el horizonte y el fresco de la meseta comenzaba a calar, divisaron las luces de un recio edificio de mampostería y tapial que se erguía solitario a la vera de la ruta. Era la Venta de la Torrecilla o de la Inés, el principal parador de la comarca y parada obligatoria para correos y arrieros.

    El patio de la venta bullía con el trasiego de carromatos, mozos de mulas y el penetrante olor a estiércol, guiso de cordero y vino de Esquivias. Mientras Roi el Cebreiro desmontaba con la mano apoyada en la empuñadura de su daga, escudriñando las caras de los soldados de fortuna y mercaderes que abarrotaban los soportales, don Rigoberto acarició el arzón donde reposaban sus armas de Majarazán. La primera jornada de su huida estaba cumplida, pero sabía que dentro de aquella posada, las lenguas de los viajeros traerían las primeras noticias reales del incendio político que consumía Valladolid.

   Roi el Cebreiro se adelantó para asegurar el establo y parlamentar con el mozo de mulas. Don Rigoberto aprovechó la penumbra del corral para desmontar. Sebastián el Pesquero se apresuró a sostener las riendas de su montura, manteniendo los ojos fijos en el suelo con el respeto que ahora exigía el nuevo heredero.

    Don Rigoberto, con movimientos rápidos y discretos, desató una de las correas del fardo que acababa de entregarle Nuño. Sus manos buscaron el acero que le había acompañado hasta entonces: su antigua espada de armas, la que portaba antes de que Bernabé le costeara la nueva pieza de Sahagún. El caballero extrajo el arma con su vaina y se volvió hacia su asistente. El Pesquero, que hasta ese momento solo lucía una modesta daga de montería en el cinto, lo miró estupefacto cuando don Rigoberto le tendió la empuñadura.

    —Tomad. Os la presto —le dijo don Rigoberto con una voz firme y un brillo de autoridad inapelable en los ojos—. Cuidad de ella. Un Sampedro no camina escoltado por hombres mal armados, y el camino a Valladolid va a exigir algo más que ese cuchillo que lleváis ahí. Y no hagáis preguntas.

    A Sebastián se le mudó el semblante. El asombro y la gratitud le atenazaron la garganta mientras sus manos toscas recibían el peso del buen acero. Una espada era una pequeña fortuna para un hombre de su condición, el símbolo de que pasaba de ser un mero criado a un hombre de armas de confianza del futuro marqués.

    —Señor... Dios os lo pague —consiguió articular el Pesquero, apretando el arma contra su pecho—. Mi brazo y este hierro os pertenecen. No habrá palabra que salga de mi boca que vos no ordenéis.

    —Cumplid vuestro deber, Sebastián. Con eso me basta —sentenció don Rigoberto, acomodándose la capa antes de enfilar el dintel de la posada.

    Al entrar en el gran salón de la venta, el calor del hogar y el estrépito de las voces los recibieron de golpe. Sentado a una de las recias mesas comunales, Roi el Cebreiro ya les había agenciado un sitio, pero sus ojos gallegos no miraban el jarrón de vino, sino a un grupo de tres hombres armados que cenaban en el rincón opuesto, cuyas capas mostraban sutiles remiendos que ocultaban las libreas de los Mendoza. La guerra civil de Valladolid ya proyectaba su sombra en las mesas de la Sagra.

    La cena en el Mesón de Inés fue un trámite de miradas bajas y masticar cansado. Don Rigoberto no se separó del fardo del arzón ni un solo instante, manteniéndolo pegado a su pierna bajo la mesa de madera mientras apuraban el rancho con prisa. En la taberna, los tres hombres de los Mendoza se emborrachaban ruidosamente, ajenos por completo a la presencia del hidalgo. Sin mediar palabra, los tres viajeros subieron de inmediato al aposento común del piso superior, buscando la seguridad de las cuatro paredes y el cerrojo echado.

    Después de pagar la cuenta del alojamiento, con el primer amanecer, los tres viajeros iniciaron su camino hacia Valladolid, tratando de pasar desapercibidos. Llevaba don Rigoberto los salvoconductos firmados para poder atravesar sin sobresaltos las tierras de don Diego Hurtado de Mendoza y Figueroa, el II marqués de Santillana. Mas el poder de los Mendoza era mucho y este era uno de los principales cabecillas alzados contra el rey. Pese a llevar licencia y firmas en regla, el recelo era constante: los hombres de armas señoriales podían retenerlos con la más mínima excusa en cualquier momento, lo que obligaría a don Rigoberto a desenvainar y estrenar la flamante espada de Sahagún que relucía nueva en su cinto. A su lado, Sebastián el Pesquero cabalgaba aferrando la vieja espada de Majarazán —aquella con la que el hidalgo fuera armado caballero tiempo atrás por don Alonso Fajardo—. Ante semejante peligro, la mente de Rigoberto trabajaba a contrarreloj; quizá lo más inteligente fuera simular ante los guardias que ellos también eran partidarios de los levantiscos.

    Detuvieron las caballerías a media mañana en un espeso encinar en las afueras de Illescas, evitando deliberadamente las puertas de la villa fortificada. Comieron pan algo duro con un pedazo de queso de oveja que habían provisto en el Mesón de Inés, bajo la sombra de una gran encina y junto a un riachuelo donde bebieron las caballerías.

    Tras rodear Madrid por los llanos del oeste mediante angostas veredas de pastores, ascendieron ya de noche por las escarpaduras del Puerto de Guadarrama. Pernoctaron en una humilde corrala de arrieros techada con paja y lodo, cerca de la vertiente segoviana, abrigados bajo las mantas por culpa del gélido viento de la sierra.

    Un buhonero que bajaba de Segovia con mulas cargadas de paños confirmó la peor de las sospechas: el rey Enrique IV se negaba en redondo a ceder a las capitulaciones de los nobles, provocando que los partidarios del príncipe Alfonso tomaran los puntos clave de Castilla. El ultimátum había sido rechazado.

    De nuevo madrugaron. La comitiva cruzó la inmensa meseta hacia el noroeste bajo un sol mortecino. Detuvieron las bestias en un descampado a las afueras de Villacastín, un cruce de cañadas ganaderas en las que había un abrevadero. Almorzaron un trozo de tocino y apuraron un trago de vino áspero guardado en las botas de cuero.

    Forzaron la marcha de las caballerías por caminos de herradura polvorientos y llanuras infinitas, alcanzando las imponentes murallas de ladrillo mudéjar de Arévalo justo cuando el sol comenzaba a ocultarse tras los torreones. Para evitar sospechas, se refugiaron en un bodegón subterráneo y húmedo del arrabal. Allí cenaron de lo que le dieron: una olla de legumbres y tocino rancio con buen vino, eso sí. Durmieron con la inquietud pegada a los párpados y se aseguraron de tomar provisiones para la comida del día siguiente. Sebastián el Pesquero durmió cruzado en el suelo de la celda común, usando su propio cuerpo para bloquear el acceso y abrazado a la espada de Majarazán.

    El último día de marcha los llevó a través de los sombríos pinares vallisoletanos. Hicieron un breve alto a las afueras de Olmedo para abrevar los cansados animales y dar buena cuenta del queso, tocino y pan que habían tomado la noche anterior en el bodegón de Arévalo. Fue precisamente allí, bajo la sombra de una vieja tapia mudéjar, donde se toparon de bruces con la cruda realidad de los levantiscos al ver los bandos nobiliarios y las patrullas armadas que controlaban los accesos.

    Al contemplar el perfil de la muralla de la villa, don Rigoberto, con voz queda, reveló un secreto de la sangre que ahora suplantaba: «escuchad bien, que en esta tierra nos va la vida. El marquesado de Sampedro que ahora heredo por perhijamiento, tiene su mismísimo origen en estos campos, en la gran batalla de Olmedo de hace casi veinte años. Fue otorgado por el rey Juan II, que Dios tenga en su Gloria, porque el abuelo de don Jorge salvó de una muerte segura al mismísimo don Álvaro de Luna, interponiendo su adarga y su espada ante las lanzas de los infantes de Aragón. Paradojas del destino: aquel blasón nació aquí para salvar a un valido del rey, y hoy pisamos este suelo maldito para intentar salvar a otro, don Beltrán.»

    En Olmedo ya no había espacio para los rumores: los pasquines y los pregoneros de los nobles anunciaban abiertamente que la Liga nobiliaria consideraba al rey Enrique IV despojado de su autoridad si no entregaba a Beltrán de la Cueva. Las huestes de los Mendoza y de la casa de Alba habían avanzado para cerrar el cerco sobre Valladolid.

    Al final del camino, la Puerta del Campo vallisoletana se alzaba como unas fauces de piedra flanqueadas por empalizadas provisionales, al estar parcialmente derruida, como muestra de la batalla acontecida. Las guardias del rey custodiaban el acceso. Hacía solo unas horas, el cerco nobiliario a la ciudad había sido impedido por Alfonso Niño, fortificado en aquél mismo sito y el escrutinio de cada carreta o jinete que pretendía cruzar el umbral resultaba asfixiante.

    Don Rigoberto tragó saliva, sintiendo el sudor frío resbalarle por la nuca. Apretó los muslos contra los flancos de su cabalgadura, asegurando la posición del fardo del arzón, y rozó disimuladamente con la mano izquierda el pomo de la espada de Sahagún. A su espalda, Roi el Cebreiro mantienía la vista baja pero los músculos tensos, mientras Sebastián el Pesquero aferraba las riendas con una calma artificial y la mano derecha cerca de su espada.

    Un caporal dio un paso al frente, cruzando una pica herrada frente a la nariz del caballo de don Rigoberto. «¡Alto en nombre del rey! ¿Quiénes sois y qué os trae al mercado de esta villa?», bramó el soldado, mientras otros tres hombres armados rodeaban los flancos de la comitiva.

    El caballero forzó una sonrisa arrogante, ensayada minuciosamente desde que dejaron Olmedo, y enderezó la espalda con la altivez que se esperaba de un noble. «Alonso de Sampedro es mi gracia, buen hombre —declaró con voz firme y clara, para que lo oyeran los arqueros de las almenas—. Vengo desde las tierras de la Sagra a sumarme al clamor de los justos. ¿Acaso los hombres de bien que apoyamos los legítimos derechos de nuestro rey Enrique no somos bienvenidos en esta plaza?»

    Otro de los guardias, un ballestero de mirada torva, dio un paso hacia el arzón de don Rigoberto, intrigado por el volumen del fardo. «Lleváis mucho equipaje para ser un hidalgo que viene solo a ofrecer su espada, señor de Sampedro. Veamos qué esconde este lienzo», dijo, alargando la mano.

    El Pesquero espoleó un palmo a su bestia, interponiéndose con brusquedad fingida por el cansancio del animal y dejando que el pomo de la espada de Fajardo chocara con la ballesta del soldado. Don Rigoberto, conteniendo el pánico de verse descubierto, alzó la voz con un tono de indignación caballeresca: «¡cuidado con lo que tocáis, villano! Lo que hay ahí son las mantas y provisiones de mis hombres, ganadas con el sudor de mi hacienda. Si los hombres del rey dudan de la palabra de un Sampedro, hacédmelo saber ahora mismo para dar media vuelta y llevar mis armas a otra frontera.»

    El soldado en jefe, temiendo contrariar a un noble, tiró del brazo de su subordinado apartándolo de las monturas. Escupió en el polvo y, tras devolver los salvoconductos, hizo una señal tosca con la pica. «Pasad, hidalgo. Pero no os separéis de vuestra fe si no queréis terminar colgado de las almenas antes de que acabe la semana. Valladolid ya no es lugar para tibios.»

    Atravesaron el arco de piedra sintiendo cómo la tensión les abandonaba el cuerpo en un escalofrío. El interior de Valladolid era un hervidero de rumores oscuros, calles patrulladas por soldados y un silencio sepulcral tras las ventanas cerradas de los vecinos. Don Rigoberto guió al grupo esquivando las arterias principales que conducían al alcázar real, donde creían que estaba el rey y Beltrán de la Cueva.

    Avanzaron por las callejuelas sombrías del barrio de San Martín, una zona de tejedores y pequeños comerciantes, hasta dar con una discreta posada de fachada de adobe y entramado de madera. Era un lugar apartado del bullicio militar, idóneo para ocultar la doble identidad del grupo.

    Tras abonar unas monedas al posadero por un aposento común en el piso superior y el establo para las bestias, don Rigoberto cerró la puerta de la celda con doble cerrojo. Dejó caer el fardo del arzón sobre el jergón de paja, respirando por primera vez en tres días sin el peso del miedo en la garganta. Ahora debían descubrir cómo contactar con el valido.

    La cena en el piso inferior de la posada de San Martín consistió en un caldo rancio de berzas y pan moreno que trasegaron en absoluto silencio. Ninguno de los tres viajeros quiso atraer las miradas de los escasos tejedores y arrieros que apuraban sus jarras en los tablones vecinos. En cuanto terminaron, subieron de inmediato a la habitación común del piso superior. Tras asegurar el cerrojo y revisar que las maderas de la ventana estuvieran bien encajadas, se sentaron sobre los jergones.

    Roi el Cebreiro, que no había quitado ojo al bulto que portaba don Rigoberto durante todo el viaje, se cruzó de brazos y clavó sus ojos en el hidalgo.

    —Señor de Sampedro... o como os plazca que os llamemos en esta plaza —murmuró con voz queda—. Hemos arriesgado el pellejo en la Puerta del Campo por defender ese fardo del arzón. ¿No es hora de que sepamos qué cargamos con tanto esmero?

    Don Rigoberto sonrió con sutil ironía y palmeó el lienzo grueso, diciéndole una verdad a medias: —no os desveléis por ello, Roi. No hay oro ni ponzoña ahí dentro. Son solo mis mejores galas heráldicas; las ropas necesarias para vestir decentemente y con el debido decoro cuando sea recibido en audiencia por nuestro señor el rey.

    Satisfecha la curiosidad del gallego, los tres hombres se recostaron sobre sus jergones. Bien temprano irían al alcázar a entrevistar se con el rey.

 (Continuará...) 

 

Comentarios

  1. De cuántas cosas interesantes y curiosas de aquella época me voy enterando por tu libro.
    No sé de qué fuentes has bebido para llevarnos con tanto tino por las costumbres, la vida y las andanzas de unos personajes tan variados: caballeros, posaderos, traidores y fieles, generosos y truhanes. Valientes y taimados... 👍👍👍

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