LA GARDUÑA. XXVII EL VACÍO

 

   Alfonso Niño, defendiendo la Puerta del Campo

 XXVII

EL VACÍO

    La niebla del Pisuerga no era aire, sino una mortaja húmeda que se pegaba a las barbas y enfriaba el acero en aquella temprana mañana de martes, 19 de septiembre de 1464. Don Rigoberto de Majarazán —bajo la identidad de Alonso de Sampedro— guiaba a sus hombres por los callejones del barrio de la Costanilla, aprovechando las últimas sombras antes de que el sol terminara de despuntar. Tras haber superado el riguroso control de la Puerta del Campo y pernoctar en la discreta posada de San Martín, el momento de la verdad había llegado. Su objetivo era el Alcázar Viejo de Valladolid, donde creían que se encontraban el rey Enrique IV y el valido Beltrán de la Cueva.

    Al doblar la última esquina, los tres jinetes flanquearon las empalizadas provisionales y se detuvieron en seco. No había guardias reales, ni ballesteros en tensión, ni el clamor propio de una fortaleza sitiada.

    El portón de madera herrada del alcazarejo se alzaba abierto de par en par, bostezando hacia la plaza como una boca desdentada. El silencio era absoluto, roto únicamente por el rumor de unos rezos monótonos que provenían del interior del recinto, donde los andamios denunciaban las obras para adecuar el alcázar mayor a convento benedictino.

    —Mala espina da esto, mi señor —susurró Sebastián el Pesquero, forzando una calma artificial mientras su mano derecha bajaba peligrosamente hacia la empuñadura de su espada.

    —Silencio, Sebastián —ordenó Rigoberto, sintiendo que un sudor frío le recorría la nuca. Sus propios dedos se cerraron sobre el pomo de la suya de Sahagún.

    Avanzaron al paso, con los cascos de las monturas resonando en las losas húmedas del patio. Entre los andamios y las piedras labradas que poblaban el recinto en obras, aparecieron varias siluetas oscuras. Eran tres frailes benedictinos que, con las manos ocultas en las amplias mangas de sus hábitos, contemplaban a los recién llegados con una mezcla de lástima y reproche.

    —Dios os guarde, hermanos —declaró Rigoberto, enderezando la espalda para mantener la altivez de un noble de la Sagra—. Buscamos la comandancia del alcázar. Traemos urgentes despachos para el señor valido o para el mismísimo monarca.

    El más anciano de los monjes, cuyo rostro parecía tallado en la misma piedra caliza del convento, dio un paso al frente y negó lentamente con la cabeza.

    —Llegáis tarde, caballero. Buscáis sombras en un sepulcro —dijo el benedictino con voz queda—. Aquí ya no queda rastro del valido, ni corona que defender. El rey Enrique y don Beltrán de la Cueva marcharon de incógnito hace unos días al amparo de la luna.

    A Rigoberto se le heló la sangre en las venas. El monumental chasco le golpeó el pecho como un ariete. Todo el plan trazado se desmoronaba en el acto. Rigoberto comprendió la magnitud de la catástrofe: el nido estaba vacío, el rey se había esfumado y su misión pendía de un hilo finísimo en medio de un ambiente hostil.

    El viejo monje, al notar el estupor del caballero, suavizó el tono y clavó la mirada en la dirección de la Puerta del Campo.

    —Si esta villa aún no ha sido entregada al saqueo de las huestes rebeldes —añadió el fraile, cruzando los brazos sobre el hábito—, y pese a la traición de Juan de Vivero en quien el rey tenía plena confianza, debéis agradecérselo al milagro que obró el merino don Alfonso Niño hace apenas cuatro días, el quince de este mes. La Liga noble se presentó con toda su soberbia ante la Puerta del Campo, dispuesta a derribar nuestras defensas. Trajeron consigo lombardas que escupían pesadas bolas de piedra contra el arco y serpentinas que barrían las almenas con ráfagas de metal y fuego. El estruendo era tal que la guarnición flaqueó y huyó en gran parte. Pero don Alfonso no dio un paso atrás. Sostuvo la torre en solitario, provisto apenas de un poco de pan y vino para guarecerse, apostado con una única ballesta entre las manos, armando y soltando sus saetas contra los rebeldes.

    Don Rigoberto y sus hombres, escuchaban con atención magnética, mientras el monje continuaba con fervor:

    —En mitad de aquella porfía infernal, un trozo de metralla de serpentina le alcanzó en el costado. Herido y sangrando, tiñendo el jubón de rubí, se negó a ceder. Fue su estampa heroica la que obró el prodigio: al ver que el merino no capitulaba ante la artillería, las gentes del común, los pecheros del concejo y los tejedores de San Martín se alzaron en masa. Con azadas, piedras y antorchas salieron a defender los muros, obligando a los barones a morder el polvo y retirarse. Por tal hazaña, antes de partir en la noche, el mismísimo rey Enrique se detuvo ante él y le prometió solemnemente nombrarle Merino Mayor de Valladolid a perpetuidad para él y sus descendientes. Una recompensa de sangre.

    Apenas se apagó el eco de las palabras del benedictino, un ruido de herrajes y pasos firmes resonó bajo el arco del portón. Por el vano del alcazarejo, disipando la niebla con su imponente planta, apareció un caballero de mediana edad. Llevaba la coraza abollada y marcada por los impactos de la metralla. Un vendaje tosco y ligeramente manchado de sangre asomaba por el costado de su jubón. Tras él, dos hombres de las milicias concejiles, armados con picas, le guardaban las espaldas.

    —Habláis de mí como si ya perteneciera a las crónicas de los muertos, buen fraile —tronó el recién llegado, clavando sus ojos acerados en la comitiva de don Rigoberto—. Sigo vivo, por la gracia de Dios. Soy Alfonso Niño.

    El héroe descabalgó y dio unos pasos cojeando levemente, apoyó una mano pesada y enguantada en el arzón de la montura de don Rigoberto y midió a los viajeros con una mirada inquisitiva que helaba la sangre.

    —Así que decidme, forasteros... ¿Quiénes sois y qué os trae al patio de un alcázar vacío cuando la sangre de la Puerta del Campo aún no se ha secado en el polvo?

    —Por Alonso de Sampedro se me conoce, señor —declaró don Rigoberto, manteniéndose firme sobre su montura y forzando la altivez que ensayó ya desde Olmedo—. Y estos que me guardan las espaldas son mis hombres.

    Alfonso Niño entornó los ojos, sin apartar la mano de la empuñadura de su daga, mientras examinaba los curtidos rostros de Sebastián el Pesquero y Roi el Cebreiro, quienes permanecían inmóviles, con los músculos tensos y la respiración contenida.

    —He cruzado las tierras de la Sagra y burlado no pocos peligros para llegar hasta aquí —continuó Rigoberto, midiendo cada palabra—. Portaba el encargo urgente de entrevistarme con el señor valido o, si la fortuna lo disponía, con el mismísimo monarca. El propósito que me trae a Valladolid es de tal gravedad que solo a ellos compete conocerlo.

    »Conocer que el rey marchó y que cabalgaron de incógnito me deja profundamente defraudado, no os lo ocultaré, señor Merino Mayor —añadió, otorgándole astutamente el título prometido por el monarca para halagar su orgullo—. Sin embargo, mi empeño no termina en estos muros baldíos. Si el rey y don Beltrán están fuera, debo buscarlos allí donde se hallen, sigan el rumbo que sigan. No daré la vuelta ahora que he cruzado media Castilla.

    Alfonso Niño templó su mirada recelosa, interpretando la firmeza del supuesto hidalgo como la terquedad propia de un negociador o un emisario de alta cuna, aunque una mueca de dolor cruzó su rostro al recordar su herida.

    —Vuestro empeño bien que os honra, señor de Sampedro —repuso el merino, apretándose el costado herido sobre la coraza con una mueca de dolor—. Pero salir de Valladolid ahora buscando la comitiva real es tentar a la horca. Los caminos del sur están tomados por los hombres del marqués de Villena. Según las últimas noticias que me han traído mis mensajeros concejiles, el rey Enrique y don Beltrán estuvieron a punto de caer en una celada en las cercanías de Villacastín, el mismo quince de septiembre, después de partir de estas tierras y mientras yo defendía la plaza.

    Don Rigoberto contuvo el aliento, manteniendo la fachada de noble rebelde, mientras Roi el Cebreiro y Sebastián el Pesquero daban un paso al frente de manera instintiva para escuchar mejor.

    —Los condes de Plasencia y de Alba le habían citado allí, en el Monasterio de San Pedro de las Dueñas, con falsas promesas de paz —explicó Alfonso Niño, escupiendo en el polvo del patio con rabia—. Una vil encerrona, señor de Sampedro. Mientras el monarca parlamentaba de buena fe, un ejército rebelde oculto en Turégano se disponía a caer sobre él para prenderlo. Por fortuna para la Corona, el obispo don Pedro González de Mendoza, que acompañaba al rey, desentrañó los hilos de la maldad en el último suspiro. Fue el obispo quien forzó al monarca a escapar a uña de caballo, mientras él mismo y sus hermanos, los condes de Tendilla y Coruña, con sus huestes, se quedaban atrás con sus aceros desenvainados para frenar a los traidores y cubrir la huida. Gracias a la sangre fría de los Mendoza leales, el rey y el de la Cueva salvaron el pellejo.

    Niño hizo una pausa, mirando fijamente a don Rigoberto a los ojos a través de la densa niebla vallisoletana.
    —Tras esa espantosa traición, el monarca no se detuvo. Mis informes dicen que salió a marchas forzadas hacia el Alcázar de Segovia, que es hoy su bastión más seguro y donde intenta levantar bandera por su causa. Si vuestros despachos son tan urgentes como decís, es allí, tras los muros segovianos, donde debéis buscarlo. Pero os advierto: cruzar la Tierra de Pinares en estos días os convertirá en caza mayor para la Liga.

    Pero Don Rigoberto de Majarazán no estaba dispuesto a perder un solo grano de arena en el reloj. Tras despedirse de Alfonso Niño, ordenó a sus hombres ganar los caballos. Había que abandonar Valladolid antes de que la niebla del Pisuerga se disipara del todo y dejara al descubierto sus fisonomías ante alguna patrulla rezagada de los Alba.

    El viaje hacia el sur se inició en un silencio espeso, roto únicamente por el rítmico tableteo de los cascos sobre la tierra húmeda. A la grupa de la montura de don Rigoberto, el fardo del arzón —que custodiaba sus verdaderas ropas heráldicas— se balanceaba pesadamente, como un recordatorio constante del peligro que corrían.

    —¿Segovia, mi señor? —inquirió  el Pesquero en voz baja, cuando las murallas vallisoletanas ya no eran más que un vago recuerdo gris a sus espaldas.

    —Allí es donde se junta la verdadera Corte, Sebastián —respondió Rigoberto—. Si el rey Enrique ha volado hacia el Alcázar segoviano, nuestro deber es en su alcance sin dilación.

    Se adentraron en la inmensidad de los pinares, donde la resina olía a peligro y cada tronco centenario podía ocultar una lanza enemiga.

    El suelo, cubierto de una alfombra de pinocha seca, amortiguaba el sonido de las herraduras, convirtiendo su avance en una marcha fantasmagórica.

    Hicieron noche en un claro oculto antes de avistar la silueta del castillo de Íscar. A la mañana siguiente, la comitiva avanzó bajo las copas de los pinos albares, un territorio donde la arboleda respiraba una hostilidad mortal. Al aproximarse a Coca, don Rigoberto se vio obligado a vadear los cauces del Voltoya y el Eresma. Fue un tramo de nervios templados, donde la mano de un solo relincho los descubriría a los arqueros enemigos.

    Comenzó a clarear el bosque, para dar paso a los llanos secos de la campiña segoviana. El grupo alcanzó las inmediaciones de Santa María la Real de Nieva con las cabalgaduras acusando la fatiga y el hambre. El terreno abierto los volvía vulnerables, obligándolos a dar costosos rodeos por cañadas secundarias y senderos de pastores para evitar los pueblos controlados por los partidarios del príncipe Alfonso. Comían donde estuvieran a cubierto y los caballos abrevaban el menor tiempo posible. Urgía llegar a Segovia.

     La última jornada amaneció con el aire frío de la meseta golpeándoles el rostro, mientras el perfil azul de la sierra de Guadarrama recortaba el fondo. El terreno comenzó a descender hacia el valle del Eresma entre dehesas y pinares. Tras sortear las últimas avanzadillas rebeldes, la silueta inconfundible del Alcázar de Segovia recortó el horizonte... Don Rigoberto y sus exhaustos acompañantes enfilaron el último repecho hacia las murallas, sabiendo que tras los rastrillos de la ciudad cortesana les esperaba el desenlace de su embajada. 

(Continuará...) 

 

(Continuará...) 


 

 

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