LA GARDUÑA. XXXI LAS DESPEDIDAS
Jinetes de Castroverde
XXXI
LAS DESPEDIDAS
Don Rigoberto no había pegado ojo en toda la noche; el peso del pacto con Torquemada y la inminente partida hacia el sur le mantenían en una vigilia tensa. Al romper el día, cuando tras rezarse laudes las campanas de Santa Justa llamaban a la primera misa, el nuevo marqués mandó reunir en la gran sala de recibir a los dos hombres que debían sostener el armazón de su farsa en la ciudad imperial.
Sebastián el Pesquero y Juan de Tordesillas entraron al unísono en la estancia, encontrando a don Rigoberto de pie junto a la recia mesa de nogal. Vestía con prestancia las solemnes galas del luto riguroso por el difunto marqués, una oscura estampa señorial que realzaba su condición de nuevo dueño y señor de la casa. El caballero los miró fijamente, midiendo la lealtad del curtido hombre de armas y la solvencia del fiel capataz.
—Los tiempos que se avecinan sobre Castilla no perdonan la vacilación —comenzó el caballero, y su voz resonó con un timbre imperioso que no admitía réplica—. La muerte de mi padre nos obliga a redoblar la guardia y yo no puedo demorarme en estos muros. He de partir hacia la frontera en una misión secreta de la mayor urgencia, una empresa que compromete el porvenir de nuestras tierras y que no puede aguardar. Por ello, antes de mi marcha, dejo en vuestras manos el gobierno de este enclave.
Don Rigoberto dio un paso al frente, fijando sus ojos en el hombre de los muelles.
—Sebastián, os nombro formalmente mi delegado de armas en Toledo. Vuestra mano gobernará los aceros de esta casa y vuestro ojo vigilará las calles de la colación de Santa Justa.
Acto seguido, se volvió hacia Tordesillas.
—Juan, vos asumiréis desde este instante la administración de todos los bienes de los Sampedro en Santa Justa y en el marquesado. Ningún maravedí se moverá sin vuestra firma y vuestro orden mantendrá la hacienda a salvo.
Ambos hombres asintieron con gravedad, asimilando la gran responsabilidad que caía sobre sus hombros simultáneamente. Don Rigoberto endureció el tono para fijar las directrices sagradas que había jurado a don Jorge y Torquemada le había impuesto en la víspera.
—Vuestras funciones quedan determinadas desde este instante, pero hay una ley suprema que rige sobre vuestros nuevos cargos: vuestro deber principal será la defensa de la fe católica y del rey Enrique, contra todo y contra todos. No me importa si quien desafía el orden de Dios o de la corona viste seda arzobispal, capa de noble o harapos de mendigo. Si los heréticos o los rebeldes alzan la mano en Toledo, vuestro acero y vuestro oro deben cortarla sin miramientos. ¿Nos entendemos?
—Por la Cruz y por el rey, señor. Vuestra voluntad se cumplirá en cada rincón de la colación y del marquesado —respondió el Pesquero, apretando el pomo de la espada con una determinación feroz.
—Las cuentas y los hombres de la casa servirán a ese propósito, don Alonso —asintió Tordesillas con una reverencia formal.
Satisfecho con la fortaleza de sus delegados, el joven marqués hizo un leve gesto para despedir al administrador, pero retuvo al hombre de armas por el brazo un instante más antes de que cruzara el umbral.
—Sebastián, un último encargo antes de que os ocupéis de la guardia —le susurró con voz queda—. Os ruego que deis aviso inmediato a la Trujilla para que se llegue desde el Mesón del Lino con la mayor urgencia. Que nadie la vea. Que entre por la puerta trasera. Traedla a mis aposentos privados.
El Pesquero asintió en silencio, con esa complicidad muda que solo los hombres que comparten secretos entienden, y partió a cumplir el mandato.
Al cabo de una hora, la puerta del dormitorio señorial de los Sampedro se abrió con suavidad. María, la Trujilla, entró en la estancia con el aliento entrecortado por la prisa del camino y los ojos encendidos por el deseo. Don Rigoberto cerró el recio pestillo de roble tras ella, aislando el rincón más íntimo del palacio de los ruidos del servicio y de las guardias del patio.
No hicieron falta las palabras. En la penumbra de la alcoba, el caballero se despojó de la altivez del mando, aunque llevaba aún puestas las solemnes galas del luto, convirtiendo el terciopelo oscuro y la severidad de su indumentaria en el marco de una entrega desesperada. María se acercó despacio, con las manos temblorosas, ayudándolo a desatar los cordones del jubón negro, mientras él buscaba la calidez de su cuello con una sed que no entendía de linajes ni de farsas. El contraste entre la seda fúnebre del noble y la piel encendida de la moza prendió la estancia en un instante.
Entre las pesadas colgaduras de la cama señorial, los dos cuerpos se buscaron con una urgencia salvaje. Hicieron el amor con un desenfreno ciego, ardiente y desgarrado, una comunión de carne que nacía de la oscura intuición que compartían sus almas: ambos sabían, en lo más hondo de sus entrañas, que aquella era probablemente la segunda y última vez que sus cuerpos gozarían entre sí en esta vida. Cada caricia era un zarpazo contra el tiempo que se les escapaba; cada gemido ahogado entre las sábanas de hilo, un desafío a las sombras que aguardaban tras la puerta. El caballero se desató en ella con la furia de quien se sabe acorralado por el destino, buscando el olvido en el temblor de sus muslos y en el calor de un vientre que lo acogía sin reservas. María, entregada por entero, arqueaba el cuerpo bajo el peso del caballero, arañando la espalda de su amante, fundiendo sus lágrimas de placer y despedida con el sudor de la batalla carnal.
Mientras el calor de la piel desafiaba el frío de la piedra toledana, el eco del pasado cercano flotó en el aire. La memoria los devolvió por un instante a la anterior ocasión en la Casa de la Jineta, donde tuvo lugar su primer encuentro, el mismo en el que María había perdido la virtud en sus brazos. Aquel primer pacto los había encadenado; este segundo, envuelto en el aroma a cera fúnebre del palacio noble y la inminencia de una travesía peligrosa, sabía a una despedida definitiva. Se devoraron con la lentitud agónica de los condenados, prolongando el espasmo final como si, al detener la marcha de sus cuerpos, pudieran detener también el avance del día que obligaba al marqués a cabalgar hacia la frontera.
Entre los estertores del placer que se extinguía y el silencio denso que volvió a ocupar la alcoba, María se incorporó despacio. Miró sus manos vacías y luego el rostro cansado de don Rigoberto, que permanecía tendido entre las sábanas de hilo noble.
—Ahora que habéis llegado tan alto, señor de San Pedro... sé que no me querréis —murmuró María, apartando la mirada mientras se cubría el pecho—. Perdida mi virtud en vuestros brazos y abandonada a mi suerte en este nido de veneno, no me queda remedio en el mundo. Creo que una vez que muera mi madre, no tendré más refugio que vivir recogida en un beaterio, emparedarme en una celda o tomar los hábitos en una clausura.
Aquel trío de caminos resumía el destino forzoso de las mujeres descarriadas o solas en el Toledo de la época, más allá de las mancebías. Podía elegir la libertad vigilada de las beatas, hilando y rezando en casas comunitarias sin clausura; podía buscar el prestigio y la seguridad de un gran convento si lograba una dote; o podía, en el peor de los desvaríos, elegir el voto de tinieblas: dejarse tapiar viva en un habitáculo pegado a una parroquia, viviendo de la limosna y renunciando para siempre a la luz del sol.
El caballero extendió la mano, tomándola firmemente por la barbilla para obligarla a mirarle a los ojos. En su pecho latía la certeza absoluta de que no la despreciaba, pero también la negra sospecha de que aquella era, en verdad, la última vez que se verían en esta vida antes de que la frontera del sur lo engullera.
—No volváis a mentar el encierro ni la dote, María. No os he abandonado —sentenció el amante con una voz honda y categórica—. Pero si las sombras de este reino me impiden regresar, no os quedaréis desamparada. Todo lo que necesitéis, sea oro, cobijo o sustento, pedídselo directamente a Juan de Tordesillas. Él es el Capataz de la Sombra y queda como administrador del marquesado en este enclave, y yo mismo le dejaré instrucciones firmes y selladas antes de que mis espuelas toquen los estribos. Vuestra vida estará a salvo bajo su custodia.
María asintió despacio, buscando por última vez el calor de su pecho, aliviada por la promesa pero con el corazón encogido ante la inminencia de un viaje que rompería para siempre su idilio toledano. Se despidió de don Rigoberto con un beso enorme, cargado de desesperación y de la amarga certeza de que aquel sabor a terciopelo sería el último que guardaría en los labios. Con los ojos encendidos y el corazón en un puño, la moza se arregló las ropas y abandonó la casona por la puerta trasera del palacio, emprendiendo el regreso en solitario hacia el Mesón del Lino antes de que el trajín de la servidumbre delatara su presencia.
Una vez a solas, don Rigoberto se ajustó de nuevo las ricas vestiduras, que apuntalaban ante los ojos de la ciudad su condición de heredero y doliente. Fue a la casa de Nuño, con el único propósito de despedirse de aquel hombre fiel y advertirle que partía de inmediato con rumbo a Tarragoya.
Al entrar en el hogar del cartero real bajo la mirada de los vecinos, Rigoberto encontró a toda la familia reunida en la estancia principal.
—Me marcho al sur, Nuño. Mi tiempo en Toledo ha expirado y los deberes de la frontera me reclaman en Tarragoya —anunció el suplantador, cuya imponente figura vestida de luto contrastaba con la humildad del recinto.
—Que la Virgen de la Sagra abra vuestros caminos, señor —respondió Nuño con una inclinación de cabeza—. Vuestros despachos columbares vuelan ya hacia Caravaca y llevarán vuestras noticias antes que lleguéis vos. Sabed que esta casa seguirá siendo vuestro refugio seguro.
Don Rigoberto dio un paso al frente, conmovido por la lealtad desinteresada del hombre.
—Os agradezco vuestros servicios desde lo más hondo de mi alma, Nuño. Habéis custodiado mis secretos cuando la soga me rozaba el cuello —dijo el caballero. Al tiempo, metió la mano bajo los ropajes de terciopelo, extrajo la bolsa que le entregara Enrique IV y se empeñó en darle cuatro enriques de oro de la silla.
El cartero real contempló las pesadas piezas doradas con el cuño del monarca y dio un paso atrás, alzando las manos curtidas en señal de negativa.
—No puedo aceptar tal fortuna, don Rigoberto —rechazó Nuño inicialmente, manteniendo la dignidad de su oficio—. Lo que hice por vos no se paga con metal, por muy noble que sea, sino con la palabra dada a un caballero. Guardad vuestro tesoro para los peligros de la frontera.
—Insisto, Nuño —repuso el joven, cerrando la distancia con firmeza y forzando las monedas en la palma del funcionario—. La lealtad no tiene precio, pero el oro de la corona debe servir para asegurar el pan de los vuestros en estos tiempos de mudanza. No me hagáis marchar con el agravio de vuestro rechazo.
Ante la insistencia imperiosa y sincera del de Majarazán, el cartero real terminó aceptando las cuatro piezas de oro con un suspiro de gratitud. Acto seguido, despojados de las distancias que marcaban los blasones y las farsas, ambos hombres se dieron un fuerte y sincero abrazo de despedida.
Don Rigoberto se volvió entonces hacia el resto de la familia, que presenciaba la emotiva escena desde la penumbra de la estancia. Se despidió también de Margarita, del hijo de la casa y del anciano suegro de Nuño, rindiéndoles una sobria cortesía y agradeciéndoles el cobijo brindado en los días más oscuros de su embajada cortesana, mientras le alcanzaba Nuño las riendas de su caballo.
Con los cabos de la Bajada de San Miguel firmemente atados y las últimas despedidas selladas en el corazón de Toledo, don Rigoberto se acercó a caballo a la espadería de Sahagún. Recogió y pagó la daga encargada.
—Me habéis despejado las dudas y me honráis al haber elegido mi taller, don Rigoberto. Mis condolencias y enhorabuena por el marquesado heredado. En Toledo todo se sabe al fin y a la postre —le dijo el espadero con indisimulado orgullo.
—Os doy gracias, y muchas, por la hechura de esta daga, hermana menor de este espléndido acero —respondió el caballero, apoyando su puño en el pomo de la espada—. ¡Quedad con Dios!
Los lutos que vestía se recortaron contra las fachadas de Toledo. El caballero estaba ya listo para regresar al caserón señorial, dar aviso a don Bernabé del Valleverde, mudarse finalmente sus ropas por las de camino y dirigir su montura hacia el sur.
(Continuará...)

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