LA GARDUÑA. XXXII EL PASO POR CHINCHILLA
Venta de la Parra
XXXII
EL PASO POR CHINCHILLA
Apenas una hora después de recibir el aviso apremiante, los cascos de las cabalgaduras resonaron contra las piedras de la entrada. Don Bernabé del Valleverde no era hombre de demoras cuando el deber apretaba. Apareció al frente de diez de sus mejores hombres de a caballo, una escolta selecta y letal. Todos vestían la impecable librea verde, el color del apellido de su vizcondado, que destacaba bajo el cielo encapotado de finales de septiembre, junto a la capa roja de su caballería. En el pecho, Bernabé portaba su escudo bordado con orgullo: un campo de sinople con un castillo de plata aclarado de gules, rodeado por una bordura de oro con ocho cruces de San Andrés, el blasón de los Valleverde que pregonaba su linaje guerrero.
Don Rigoberto, aguardaba luciendo las ricas y severas ropas del marquesado de Sampedro, asumiendo con porte regio la dignidad del título que cargaba sobre los hombros. La tensión de los días previos debía disolverse en la diligencia por partir. Sin perder un instante, se despidió de Juan de Tordesillas, de Sebastián el Pesquero y de Roi el Cebreiro, así como del resto del servicio de la casa y de los guapos y floreadores de la Garduña de la colación de Santa Justa que custodiaban el entorno.
—Guardad bien la casa, mantened los ojos abiertos y defender la verdadera fe —sentenció a modo de última orden.
La comitiva espoleó los caballos. Cruzó don Rigoberto por última vez la imponente puerta de Bisagra, dejando atrás Toledo e inició el camino del sur, deshaciendo paso a paso el viaje de ida, con la satisfacción de haber prestado un gran servicio a su rey.
El viaje avanzó a buen ritmo durante las primeras jornadas. Fue durante uno de los altos nocturnos, mientras los caballos pacían y el fuego de la hoguera chisporroteaba entre las sombras de un bosquecillo al borde del camino, cuando don Rigoberto no pudo contener más el tormento que le corroía las entrañas. Se acercó al vizconde y le confesó el nudo ciego que no sabía cómo desentrañar.
—Hay algo que me desvela, amigo Bernabé —admitió, con la voz baja—. ¿Cómo conciliar mi verdadera personalidad de Rigoberto de Majarazán con la de Alonso de Sampedro? El día en que la farsa se conozca, la cesión del título de Marqués de Sampedro será declarada nula por derecho. Toda esta sangre y engaño habrán sido en vano.
Para sorpresa del caballero, don Bernabé del Valleverde no mostró preocupación alguna. Al contrario, soltó una carcajada sonora y franca que espantó a las aves de las copas de los árboles.
—¡Ay, Rigoberto, qué poco conocéis el alcance de los hilos que mueve nuestro señor el valido! —exclamó el vizconde, limpiándose una lágrima de risa—. Eso ya estaba perfectamente previsto por don Beltrán de la Cueva. Él no deja cabos sueltos, y menos cuando la Corona está de por medio.
Bernabé metió la mano bajo su capa roja y extrajo un pliego de pergamino sellado que le entregó de inmediato.
—Don Beltrán hizo redactar un anexo a la autorización de la cesión hereditaria, firmado y validado por el propio rey. En él se aclara explícitamente, para los anales secretos del reino, que don Rigoberto de Majarazán es, a todos los efectos legales y dinásticos, Alonso de Sampedro. Vuestro título está blindado ante la ley, se descubra o no la farsa ante el mundo.
Desplegó el documento con manos temblorosas. Sus ojos repasaron, a los destellos de la fogata, la caligrafía oficial y el sello regio que deshacía de golpe su mayor temor.
—Esperaba a vos darlo cuando nos despidiésemos una vez que llegásemos a nuestro destino —añadió Bernabé con una sonrisa de complicidad—, pero dado que esta plática es venida y veo el peso que os quitaba el sueño, es mejor que lo guardéis ya junto a la confirmación real.
Aliviado y con el pecho liberado de una carga asfixiante, don Rigoberto se maravilló ante la astucia del valido. Guardando el pergamino junto a la bolsa con enriques de la silla, dio miles de gracias en su fuero interno a su verdadero mentor, don Beltrán de la Cueva, cuyo poder parecía extenderse como una sombra protectora incluso en mitad de los llanos del sur de Castilla.
Cruzaron la extensa e inhóspita llanura manchega hasta adentrarse en los dominios del Marquesado de Villena. Una de las paradas obligadas y más célebres para los viajeros que descendían hacia el Reino de Murcia era la Venta de la Parra, un enclave estratégico situado en las inmediaciones de la imponente villa fortificada de Chinchilla. Esta venta y las posadas a los pies del cerro de Chinchilla eran el nudo donde convergían los arrieros, correos regios y caballeros de la frontera.
Don Rigoberto y el vizconde de Valleverde se encontraron con un ambiente inusual y encendido. Lejos del habitual silencio de los caminos, la gran sala de la venta bullía con el tintineo de jarros de vino de la tierra y las voces alzadas de hidalgos locales, escuderos y partidarios de la casa de Pacheco.
La razón del alboroto era de una gravedad política absoluta: acababan de llegar las noticias del Manifiesto de quejas y agravios de Burgos, firmado apenas dos días antes. Aquello no era una simple protesta, sino una declaración formal de rebelión de la alta nobleza contra el rey Enrique IV. En la venta se brindaba por el desafío y se desgranaban a gritos los nombres de los poderosos señores que habían estampado su firma junto a los dos cabecillas principales.
El manifiesto estaba firmado por la flor y nata de la oposición nobiliaria. Los vítores a sus autores —como el influyente arzobispo de Toledo, Alfonso Carrillo de Acuña; Alfonso Fonseca, arzobispo de Sevilla; y los condes de Paredes, Benavente, Plasencia y Miranda del Castañar y, por supuesto, el todopoderoso marqués de Villena, don Juan Pacheco— se oían constantemente. Un capitán de las huestes de este último invitaba por doquier a azumbres de vino, animando a brindar por la Liga de Burgos y contra de Enrique IV y su valido.
El capitán de Pacheco, con las mejillas encendidas por el vino y la soberbia, se abrió paso entre el gentío. Se detuvo frente a la mesa de los recién llegados. Apoyó una mano en el pomo de su espada, clavó una mirada inquisitiva en los forasteros, y bramó con una voz que acalló el alboroto del recinto:
—¿Qué ocurre aquí? ¿Acaso no brindan vuesas mercedes a la salud de don Juan Pacheco y de los nobles que le secundan?
El silencio se adensó en la venta. El humo de las velas de sebo pareció congelarse en el aire mientras las miradas de los parroquianos se volvían hacia el grupo.
Don Rigoberto, midiendo cada segundo y manteniendo una calma gélida, esbozó una sonrisa de cortesía y alzó las manos en un gesto conciliador.
—No os llaméis a engaños ni a falsas apariencias, señor capitán —respondió don Rigoberto con voz templada—. Acabamos de llegar y apenas si nos ha dado tiempo a pedir viandas al tabernero. Pero tened por seguro que compartiremos vuestros buenos deseos con sumo gusto.
A su lado, los Valleverde tragaron saliva, sintiendo el frío del acero rozándoles el cuello. Comprendiendo de inmediato que un paso en falso los condenaría allí mismo, tragaron el orgullo para salvar el pellejo.
—Así es, señor capitán —intervino Bernabé, forzando una reverencia desde su banco con calculada modestia—. Somos gente de paso y nada queremos más que la paz en estas tierras. Nos unimos de buen grado a vuestro brindis.
La desconfianza en los ojos del capitán se disolvió en una ruidosa carcajada que retumbó en los toscos tablones de la estancia. Dio un fuerte puñetazo en la mesa, haciendo bailar los jarros de barro.
—¡Por Santiago! ¡Así me gusta! —exclamó el oficial, volviéndose hacia el mostrador—. ¡Tabernero! Trae acá más vino de lo mejor que guardes en el sótano. ¡Pues yo convido! ¡Que nadie en esta venta tenga la garganta seca mientras se alce el nombre del Marqués de Villena!
Cenaron entre vivas y alabanzas a la Liga de Burgos en aquel caserón fortificado de planta rectangular que era la Venta de la Parra. Sus muros gruesos, construidos con mampostería tosca, adobe y cal viva para soportar el raso, rodeaban un recinto cerrado por un corralón delantero con un portón de madera reforzado con herrajes de hierro, pensado para protegerse de bandoleros y lobos durante la noche.
La sala principal era el corazón de la venta. Carecía de chimenea y el fuego ardía directamente en un hogar central sobre el suelo de tierra batida; el humo escapaba torpemente por un boquete en el tejado, dejando las paredes completamente ennegrecidas de hollín. Grandes tinajas de barro para el agua y el vino se apoyaban en los rincones, junto a los toscos tablones que hacían de mesas, apoyados en caballetes.
Situadas en la planta baja, justo al cruzar el portón del corral, se encontraban las caballerizas. Era un espacio amplio, oscuro y de techo bajo, apuntalado por vigas de pino carcomidas. El suelo estaba cubierto de paja sucia, estiércol fresco y orines. A lo largo de las paredes de piedra vista se alineaban los pesebres de madera, donde los caballos de los forasteros habían sido acomodados y las mulas de los arrieros mascaban grano entre resoplidos, separados apenas por unos tabiques del jaleo de la taberna.
Los dos caballeros y sus soldados cenaron compartiendo el plato que el tabernero había servido en escudillas de madera común: un guiso espeso de tasajo de cabra recalentado, aderezado con manteca rancia, garbanzos duros y un puñado de ajos para camuflar la fatiga de la carne. Empujaron el recio alimento con mendrugos de pan moreno y los últimos tragos del vino que el capitán había pagado.
Al terminar, don Rigoberto y don Bernabé se pusieron en pie. Marcharon de la taberna hacia la escalera de madera que conducía a los dormitorios superiores, pero antes de ganar los peldaños, se volvieron hacia el gentío. Con una inclinación de cabeza perfectamente calibrada, desearon las buenas noches a la ruidosa concurrencia y alzaron la voz para desear una larga vida al marqués de Villena. Fue un brindis de cara a la galería, pues ambos caballeros hacían en ese mismo instante una estricta reserva mental; en el sagrario de sus conciencias, la larga vida y la gloria que pedían no eran para el rebelde don Juan Pacheco, sino para el legítimo rey de Castilla, Enrique IV.
Con el pellejo a salvo y el deber cumplido ante el enemigo, abandonaron el bullicio del piso inferior. Subieron por una crujiente escalera de madera hacia la penumbra del superior, donde dos grandes camas corridas flanqueaban los laterales bajo un tejado de carrizo. Allí los viajeros dormían hacinados sobre jergones de paja pulgosa, embozados en sus capas, mientras el aire denso de la taberna lograba filtrarse tenaz a través de las rendijas del suelo.
Turnaron la guardia y se recostaron como mejor pudieron. El griterío de las celebraciones no enmudecía, salvo cuando poco a poco, los hombres, ebrios y sin freno, quedaban vencidos por el sueño y caían inconscientes sobre los tablones de la taberna. A través de las anchas rendijas del suelo de madera, se colaban las voces aguardentosas y tardías de los soldados y parroquianos que sentenciaban el destino del reino: «¡Pronto no quedará corona en la cabeza de Enrique, sino una soga al cuello!» —dijo uno—. «¡Bebed y brindad, muchachos, que el Trastámara tiene los días contados!» —voceó otro.
Nada más amanecer, descendieron a la taberna. El ambiente estaba cargado del frío denso de primeros de octubre y el olor agrio de vómitos en la noche anterior. Tuvieron que apartar con las botas un par de cuerpos tendidos en el suelo de tierra batida, inmóviles en su inconsciente embriaguez.
Tras tomar un leve bocado de pan duro para engañar al estómago, se proveyeron de unas buenas piezas de queso, aceitunas negras, tocino rancio y un odre de vino. Don Rigoberto se acercó al mostrador de madera, donde Tomás Vera, el tabernero, arrastrando los pies y luciendo unas ojeras de moribundo por culpa del trasnocho, mantenía la compostura como buenamente podía.
Don Rigoberto hizo tintinear un enrique de la silla sobre el tosco tablón. El destello del oro y el sonido del metal noble parecieron taladrar los oídos del posadero, que clavó los ojos en la figura labrada del monarca entronizado.
El hostelero contempló la moneda de oro con los ojos entornados, cegado por la claridad grisácea que entraba por el portón. Aquello era una soldada más que generosa para una sola noche. Se llevó una mano sucia a las sienes, apretándoselas con fuerza.
—Dios os lo pague, señor —respondió con una voz arrastrada que parecía salir de una tumba—. Que la Virgen os guarde en el camino. Tomás Vera y los míos de este modesto mesón, siempre a vuestras órdenes. Si os topáis con más jinetes del marqués de Villena, decidles que en esta venta ya no queda vino ni para consagrar. Mi cabeza va a estallar.
Don Bernabé, que terminaba de ajustar las alforjas de su montura junto a la entrada, miró el aspecto mortecino del hombre y esbozó una media sonrisa de compasión.
—Para aliviar ese quebradero y asentar las tripas, buen hombre, haced caso a los viejos boticarios —le aconsejó—. Decidle a vuestra mujer que os prepare una infusión de hojas de col con menta y un buen chorro de vinagre. Tomadlo caliente antes de que el sol esté alto si queréis volver a ser cristiano.
—Si sobrevivo, al mediodía, lo haré —gimió el tabernero, derrumbándose sobre los codos.
Salieron al corralón delantero, donde el raso de la llanura de Chinchilla les azotó el rostro, despejándolos de golpe. Los diez soldados ya esperaban montados. Los dos caballeros tomaron las riendas de sus caballos, comprobaron las cinchas y cabalgaron de un salto.
Don Rigoberto espoleó suavemente a su montura, encabezando la marcha del grupo de doce jinetes. Al cruzar el portalón de herrajes, miró de reojo a Bernabé.
—Reanudemos la marcha —ordenó el caballero, clavando la vista en la inmensidad del horizonte manchego—. Dejemos atrás Chinchilla y sus rebeldes antes de que la borrachera se les pase y recuerden nuestras caras. Tenemos un rey al que servir y muchas leguas por delante.
(Continuará...)

Me encanta la literatura empleada para describir esos mesones, mesoneros, parroquianos, "bazofias"...
ResponderEliminarConchi.
Me alegra mucho que te gusten las descripciones.
ResponderEliminarMuchas gracias.
Gregorio Piñero.